Mira, he dejado delante de
ti una puerta abierta que nadie puede cerrar, porque, aun teniendo poca fuerza,
has guardado mi palabra y no has renegado de mi nombre. (…) Porque has guardado
mi consigna de perseverancia, yo también te guardaré de la hora de la tentación
que va a venir sobre todo el mundo, para tentar a los habitantes de la tierra. Mira,
vengo pronto. Mantén lo que tienes, para que nadie se lleve tu corona. (Apocalipsis 3,8.10-11)
En
este 6 de noviembre la liturgia nos invita a celebrar a san Pedro Poveda, san
Inocencio de la Inmaculada y tantos compañeros mártires, ya más de dos mil
beatos, que dieron gloria a Dios en España entre 1934 y 1939, víctimas de la
persecución contra los cristianos.
Junto
a la acción de gracias por su testimonio, ya coronado en el Cielo, es justo
reconocer a todos aquellos, en muchos casos cofrades, camareras, sacristanes,
párrocos, incluso alcaldes o dirigentes políticos o militares, que también se
arriesgaron para poner a salvo otros objetivos del odio, las imágenes sagradas
que, por miles, fueron destruidas.
Así
lo hizo la mujer del presidente de la junta parroquial de La Paloma, en Madrid.
Con astucia y prudencia, habían logrado sacar el devotísimo cuadro de la Virgen
y sustituirlo por una copia, para guardarlo en su domicilio. Tuvieron que
evacuarlo por la proximidad del frente, pero argumentando que se había quedado
sin cama, la señora de Labiaga pudo volver a por él, y marchó rauda y veloz con
su tablero, pero sin colchón, para sorpresa de los milicianos. Salía así La
Paloma para su nuevo refugio, en una farmacia de la Glorieta de San Bernardo.
Encajonada
estuvo también la Virgen de la Esperanza por espacio de cuatro meses, en el
convulso 1932, y aunque pudo regresar a San Gil, la Macarena volvió a un cajón,
esta vez en casa de Antonio Román Villa, en la calle Orfila. De Sevilla a
Málaga, sin cambiar de advocación, por poco se salvó la imagen de María, que
junto a otras terminó en la Catedral en agosto de 1936. Parecía un lugar más
seguro, pero no. Hasta que un maestro republicano, no creyente, de nombre
Vicente Andrade Fernández, miembro de la Junta del Tesoro Artístico, consiguió
tapiar la sacristía y el coro para proteger allí lo que pudo salvarse, como la cabeza
de la Virgen de la Esperanza.
Fue
otro el albergue de la Mare de Déu de los Desamparados. El 21 de julio de 1936
ya llevaba tres días ardiendo la iglesia de los Santos Juanes en Valencia, y un
día entero la Catedral. Los milicianos no se detuvieron ante la patrona, a la
que tras robarle corona y alhajas dispararon a la cabeza. El alcalde José Cano
Coloma, masón, de Izquierda Republicana, con ayuda del rector Juan Peset
Aleixandre, ataja la barbarie y finalmente dispone emparedar la sagrada imagen
de la Geperudeta en la casa consistorial, con ayuda de Juan Boix Vila,
archivero mayor de Valencia.
De
otro patrono tan querido, el de la villa capital del reino (entonces de la
república), también se ocultaron sus venerados restos con la suficiente pericia
como para impedir su hallazgo por los que querían profanarlos, de modo que se
libró San Isidro Labrador gracias a la habilidad de los canónigos de su
colegiata. No fue así con Jesús de Medinaceli. Los capuchinos lo guardaron en
un cajón, pero en su convento se estableció el regimiento «Margarita Nelken».
Buscando los soldados maderas que quemar para calentarse dieron con el
Rescatado. El jefe del batallón, Juan Manuel Oliva, sensible ante el hallazgo,
lo entregó a la Junta del Tesoro Artístico. Tras pasar por Valencia y
Barcelona, terminó en Ginebra, donde volvería a ser rescatado y devuelto a la
proximidad de los fieles en Madrid.
Si
en las grandes ciudades y con las grandes devociones ocurrieron tan tristes
sucesos, no fue menor el impacto en localidades más pequeñas, y nos encontramos
ante actitudes heroicas como la de Juan Pedro Martínez Cano, «el Negrito»,
cofrade de la Vera Cruz de Bailén, que custodió en su pajar el gallardete y los
cetros de la hermandad, lo único que se logró conservar tras la persecución
religiosa. O la de la camarera de la patrona de Puente Genil, que sacó de la
iglesia a la Virgen de la Concepción envuelta en un mantón como si fuera un
bebé, y la escondió en el colchón de su madre enferma. O la de los cofrades del
Nazareno de Pozoblanco, que se las ingeniaron para tabicar y disimular la
hornacina, y que la ira pasara de largo sin saciarse con la destrucción de la
imagen de Cristo.
Hoy
también la ira debe pasar de largo. Pero no el recuerdo de quienes se
esforzaron con fe y mucho arrojo para transmitirnos el legado recibido, que no
consistía solamente en meras obras de arte sino en una herencia espiritual que
nos ha edificado como sociedad española además de como pueblo cristiano. Nunca
de largo, ni de puntillas, ni con complejos, celebremos la memoria de quienes en
nuestra España murieron perdonando y unieron su sangre a la derramada por
Cristo en la cruz.




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