lunes, 4 de mayo de 2015

Aplausos

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Eva Cañas
Público, durante el acto del Descendimiento e inicio de la Procesión del Santo Entierro | Fotografía: Pablo de la Peña

La Semana Santa tiene una finalidad: representar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Esto es posible gracias a las hermandades y a las tallas que aportan para sacar a las calles. Siempre se habla de una catequesis popular, en la que se enseña al pueblo las duras vivencias de Jesús en sus últimos días en la Tierra. Basta recordar la dureza de las imágenes de la película "La Pasión", de Mel Gibson, fiel reflejo de lo que pudo vivir Cristo en su camino al Calvario.

Cada Semana Santa, Salamanca se convierte en el escenario de la Pasión, cada cofradía, a su modo, pero sobre los pasos vemos y sentimos imágenes de un Jesús despojado de sus vestiduras, azotado, cargando con una pesada cruz o crucificado. En esta escenografía, en mi opinión, sobran los aplausos. Tan sólo en dos casos se pueden permitir: la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén, el Domingo de Ramos, donde los más pequeños de las hermandades agitan sus palmas para recibir al Señor, y el Domingo de Resurrección, en el Encuentro de una Madre con su Hijo, que resucita para la salvación de los hombres.

Pero desde la tarde del Domingo de Ramos y hasta el Sábado Santo se experimenta en la calle el sufrimiento de Jesús en las diferentes formas antes mencionadas. En la acera se debería de vivir con más respeto y silencio. De este modo, se haría con más intensidad, y nadie se dejaría llevar por esos aplausos que a veces llevan al murmullo. Porque el silencio llama al silencio y al respeto. La ciudad tendría que enmudecer a cada paso de un crucificado o de un yacente, entre otras imágenes de sufrimiento.

Sobran los aplausos a los hermanos de paso. Ellos cargan con las imágenes porque hacen penitencia de esa manera; no son actores que esperen ese reconocimiento por lo que hacen. Eso es la penitencia y el anonimato de los cofrades. Penitencia que hacen quienes van descalzos y no por ello tienen que recibir un aplauso, o los que cargan una cruz o un farol.

Acompañan a sus imágenes y sufren junto a ellas cada uno a su manera. Los aplausos se están convirtiendo en algo cotidiano a las salidas de los templos, e incluso, en las hermandades de silencio, como por ejemplo la del Lunes Santo. El mayor regalo para un cofrade, por lo menos en mi caso, es que el público viva la procesión en silencio, con la mirada y la devoción puesta en la imagen. Así debería ser el acompañamiento desde la acera, donde muchas personas se santiguan al paso de esa imagen que les remueve algo en su interior. Ese recogimiento es necesario para vivir la semana de Pasión.

Un silencio que sí se manifiesta en algunos casos, como en la marcha penitencial del Santísimo Cristo de la Liberación. Nada de aplausos, ni a la salida ni durante todo el recorrido. Un Cristo muerto recorre Salamanca y a su paso la gente enmudece. Así debería de ser en el resto de la Semana Santa de Salamanca.


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