lunes, 31 de octubre de 2016

Señor, ¿dónde me quieres?

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José Anido

Nuestro Padre Jesús Despojado, obra de Francisco Romero Zafra | Foto: ssantasalamanca.com


Dios Padre nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo
para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor
Ef 1,4

En estas palabras del apóstol Pablo se resume la historia entera de toda vocación, religiosa o laica. Toda persona es elegida por Dios, para cada una tiene un plan de vida que, de seguirlo, lleva a la felicidad profunda, a la santidad. Cada uno tiene un camino que recorrer de la mano del Señor: a unos los elige para ser médicos, otros abogados; a estos padres y madres de familia, a aquellos frailes o sacerdotes. Las formas en el seguimiento de Jesús son muchas, y para aquellos que nos identificamos como cofrades la vida en la hermandad, la oración delante de las imágenes de nuestros titulares, la pequeña peregrinación que es la estación de penitencia constituyen indicadores, señales, que nos ayudan en el discernimiento de esa voluntad de Dios para nuestra vida. ¿Cuántas veces hemos rezado en nuestras iglesias y capillas o con el rostro bajo el capuz poniendo ante el Señor y su Madre los problemas, dudas e inquietudes que asaltan nuestra existencia? No es esta la única instancia de reflexión posible. Hay más y de importancia capital: la escucha atenta de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos son básicos para construir una vida cristiana sana. Sin embargo, entre todos estos elementos no debería haber contradicción alguna. Ellos se articulan de un modo ordenado, jerárquico, para construir en diversa medida nuestra relación con Dios.

El gran equívoco que rompió el equilibrio fue una identificación entre la religiosidad popular y un cristianismo inmaduro. Este error nace de una mala comprensión de la renovación propuesta por el Concilio Vaticano II, un error que llevó en algunos lugares a la sistemática destrucción de la piedad popular. Esta ya no era vista en su importancia como hace el Papa Francisco, para quien esas manifestaciones son el ejemplo de una verdadera encarnación de la fe en el pueblo. Este abandono produjo en animadores vocacionales, en los formadores, una gran suspicacia. En los casos más graves se intentó inculcar en los formandos un cristianismo de laboratorio ajeno al sentir creyente que late en el corazón del pueblo. Sin embargo, es ahí, cuando el alma se conmueve al contemplar la imagen bajo la que se ha descubierto la fe, en camino con nuestros padres, con el pueblo que reza unido, donde la pregunta por la vocación religiosa, por dejarlo todo para seguir a quien la talla representa, nace de un modo natural.

Toda vocación religiosa es un encuentro personal con el Señor fundada en el amor. Un amor que va creciendo con el pasar de los años. Me consta que en muchos compañeros sacerdotes, religiosos, seminaristas, esa historia de amor pasa por la vida, trabajo y oración, en una hermandad. Dentro del panorama de mi propia vocación sí quisiera destacar un par de pasajes, a modo de ejemplo. Estos no agotan, ni mucho menos, el recorrido de mi respuesta a la llamada del Señor; pero sí muestran cómo puede influir una cofradía en el sí grande al seguimiento. La primera vez que hice estación de penitencia lo hice en la sección de san Juan Evangelista de la Cofradía de Dolores de Ferrol. Una sección infantil en la se proponía como modelo al Discípulo Amado, aquel que estuvo al pie de la cruz de la mano de María. Año tras año, ese niño cofrade al ponerse el hábito se identificaba con el discípulo en camino hacia el Calvario, para contemplar al Señor crucificado. Se identificaba con la llamada que Jesús realiza a todos sus discípulos. A los dieciséis años, me trasladaron a la sección del Santísimo Cristo de la Misericordia. La identificación con el discípulo desemboca en la identificación con el Maestro. Acompañar su imagen crucificada me ponía de lleno ante el misterio profundo de la redención. La devoción al Cristo de la Misericordia no concluía al finalizar la procesión, el corazón siente que ser instrumento de la misericordia divina es una tarea para toda una vida. En la madrugada del Jueves al Viernes Santo, ante la imagen de Jesús crucificado, algo se rompe en el corazón. En el desasosiego uno quisiera abrazar el cuerpo exánime y bajarlo de la cruz. Quisiera hacer algo por mi Salvador que muere por mí. Y ese deseo se transforma en una pregunta, muy concreta: "Señor, ¿dónde me quieres?".

Así se puede ver cómo la identificación con un titular va configurando el corazón de tal modo que contribuye, en unión con otros factores, a dejarlo todo para seguir al Señor. En ese proceso, la via pulchritudinis, la vía de la belleza, el partir de los sentidos juega un papel fundamental. La imagen se convierte en verdadero icono que nos pone en contacto con aquel de quien nos hemos enamorado. Abundando en esto, puedo añadir otros ejemplos más: cómo la mirada de Nuestro Padre Jesús Despojado de Salamanca, talla y modela el corazón de quien se pone en su presencia, o las manos extendidas de Nuestra Señora de la Merced de Ferrol que hace que nosotros también queramos extender nuestras manos a nuestros hermanos cautivos y despojados.

El camino de la belleza que he querido privilegiar en este artículo es solo una de las dimensiones del fenómeno cofrade que contribuye al discernimiento vocacional. Hay otras, además de la citada, están las vías de la caridad y de la fraternidad y, articulándolas todas, en el centro, la vivencia de la eucaristía. Campo amplio este, para el que esté llamado a labrarlo. Solo cuando los responsables de la pastoral se den cuenta del valor evangelizador y vocacional de las cofradías y hermandades, estas podrán desplegar todo su potencial para crear un discipulado del Señor capaz de abrirse a su llamada, dejarlo todo y seguirlo.


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