viernes, 4 de noviembre de 2016

Carne de identidad

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Andrés Alén

Grupo de Semana Santa ante el Gran Hotel. Albacete. 1926 | Fotografía: Luis Escobar

De un tiempo a esta parte me hostigan con esa cuestión de las identidades, que viene a ser un reclamo para que me defina, sospecho que en una dirección determinada (por otros), en razón de pertenencia a una tierra, a unas tradiciones, costumbres, modos, devociones y otras historias, que suelen ser también las de los otros, muy propensos a puntualizar de dónde venimos, dónde estamos y por dónde deberíamos seguir, y hasta amenazan con multarnos si nos salimos de esa cerca cultural. Esa gente, no confundir con lo que el nuevo san Pablo llama "la gente", que no está para interpretar sino para ser interpretada, "esa", digo, tiende a ponerse de modelo sin pudor y con cierta autoridad sobrevenida para que caminemos por la pasarela de su glamuroso desfile. Tanta insistencia me retrotrae a tiempos en que, por menos de una corta melena, unos señores grisáceos te paraban, templaban y mandaban a la voz de: "¡Identifíquese!".

Pongo la tele de nuestra castellano-leonesa autonomía, sobrevenida igualmente, y no paro de gaitas, dulzainas, bandurrias, tamboriles y panderos, redondos o cuadrados, interpretando jotas, ¡que viva!, mostrándome a carne abierta la nervadura de lo que suponen mis raíces. Y a mí que me emociona mucho más un señor de color negro cantando un blues, o unas bulerías al golpe traídas de Utrera por Fernanda, no puedo por menos que sumirme en cierto desasosiego fruto del desarraigo.

Uno a estas alturas ya creía que debido a tanto avance tecnológico, real y virtual, por fin, cada cual podía ubicarse donde quisiera, ser prácticamente contemporáneo de quien le viniera en gana, elegir maestros de diferentes siglos, ideologías, pero, claro, entiendo que no es todo tan fácil: si yo me identifico con Napoleón lo normal es, o era, que me encierren en un manicomio. Como si salgo al trabajo vestido de romano. Si me entrego a rescribir concienzudamente y letra a letra El Quijote, aun cambiando la Mancha por la Armuña, no pasaré por un gran literato y hasta dirán que copio en vez que reinterpreto… y así.

He de confesar, tras este intencionado preámbulo, que no se me dibuja nítidamente una Semana Santa salmantina con la que identificarme. Más claro tengo esas cuestiones que por excesivamente espurias, insulsas, lasas o llanamente cutres, me desagradan. No es fácil el diseño de una Semana Santa acorde con la ciudad. Si apelamos a las tradiciones, no quedan muchas, aunque ciertamente valiosas (túnicas nazarenas de rescatados o sanjulianes, sabor cofrade en Vera Cruz, unos formidables templos como nidos…).  Con mucho menos se han levantado algunas y con mucho más han decaído otras. No me atrevo a dar nombres, apelo a la sabiduría de mis lectores aunque tema los sobreentendidos. Pero la idiosincrasia salmantina encierra contradicciones. Quien nombra como guía la austeridad castellana, que algunas veces se confunde con una pobreza endémica, aspereza propia de sus gentes, dicen, quizás se olvidan de que la arquitectura salmantina traiciona los románicos con góticos altísimos, filigranas platerescas, se hace barroca hasta todos los excesos churriguerescos, con lo que ciertos diseños más rústicos que funcionan perfectamente y con verdad en otros lares, aquí parecerían fuera de sitio si pasan por Plaza, Clerecía, Catedral, Universidad o San Esteban. Más que austero, yo diría más solemne. Quienes apelan a tradiciones propias del terruño solo decir que el implante secular de la Universidad la distancia del sencillo provincianismo y la configura más abierta y cosmopolita.

De otra parte, quienes se fijan en la Semana Santa más genuina, tradicional y  aparentemente consolidada del mundo para importar de ese Hollywood semanasantero todos sus rituales (clase turista), sin más originalidad que ese cierto look cost y unas formas impostadas que llegan en su medular escalofrío hasta la séptima vértebra cervical, puede que también algo chirríen. A uno le hubiera gustado, ya de puestos, que empezaran por el rigor escueto de esas cofradías hispalenses de negro que ejemplarizan el silencio y la ausencia de cualquier clase de protagonismo de sus miembros. Pero en fin, no mucho que objetar.

Más descalabro, o no, hubiera supuesto importar las cuadrigas lorquianas, los rostrillos bíblicos de Puente Genil, empalados de Valverde de la Vera  o el mismísimo Santo Potajero bañezano. De todas formas, nunca hubiéramos podido presumir de genuinos, ay, ya lo decía don Eugenio D’Ors, "todo lo que no es tradición es plagio".

No obstante, la difícil cuestión identitaria, no va solo ligada a concordancias del diseño, al uso y las buenas costumbres. Aquí se puede inventar hasta cansarse aun las propias y oscuras usanzas, reinterpretar, mentir, folclorizar o ceñirse a la historia, cristianizar o paganizar más o menos. No seríamos los primeros .Lo importante es tener éxito, conseguir que la muchedumbre (algo parecido a la gente pero más tumultuosa) se identifique con el Santo evento Semanal (pero anual), que callen sepulcrales al paso de las procesiones, o que griten como posesos, lágrimas a raudales, que se postren genuflexos o se alcen altivos, identificarse como decían los de gris, que se hagan uno en esa identidad (los que no, que se vayan a la playa como en otros lugares). Perdón, creo que me estoy viniendo arriba, sigo y acabo, lo importante es llegar a ser "carne de identidad".


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