jueves, 4 de mayo de 2017

La dignidad de la veleta

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Félix Torres

Veleta de la Torre del Gallo de la Catedral Vieja de Salamanca | Foto: TCP

Hay veces, más de las que quisiéramos, que la suma no nos cuadra por más que demos vueltas a los sumandos. Veces en que vemos cómo algunos, escudados tras espurios argumentos victimistas y de democracia medida según el rasero de quien opina, acaban en el "todo vale", se ciegan con el continente dejando de ver el contenido y dejan aflorar su yo verdadero. No deja de ser una manera de enfocar vida y vivencias que, cuando se ejerce desde la integridad –si es que estos comportamientos pueden decirse íntegros–, al menos muestra la cara de quien así ejerce.

Pero hay quienes, a esta forma de entender la vida, y en ello incluyo nuestra Semana Santa pues es parte importante de nuestras vidas, le sobreponen una máscara que impide a los demás reconocer el detalle de fondo. Quienes, estando al plato y a la tajada, sacan provecho de cualquier situación, ponen buena cara en cualquier circunstancia y siempre flotan en cualquier balsa. Esos que se comportan como veletas girando a favor del viento dominante, que siempre será el más favorable, asomando su cabeza cuando se ven seguros y, quizá inconscientemente, intentando cantar siendo gallina, que no gallo. Así, es difícil navegar en un mismo sentido a pesar de los intentos. Eso sí, quienes agarran el remo por la pala, dificultando la boga, serán siempre otros no ellos, aunque quien mire desde la orilla vea con claridad que son estos, los de sonrisa permanentemente impostada, quienes lo mismo dicen digo que Diego o so que arre, los responsables de la deriva al tiempo que "víctimas" de la misma.

Nuestra Semana Santa, representada en cuantos nos sentimos cofrades, es orgullosa y le cuesta reconocer sus propios errores. Por eso no es sencillo pedir respeto. No es fácil pedir ser respetado mientras actuamos de manera ofensiva, incluso desde el desconocimiento, y somos capaces de ser reos y verdugos a un tiempo. Porque el respeto exige correspondencia y la fidelidad, a personas e ideales, va de la mano con el respeto demandado.

Nuestra Semana Santa puede ser pobre y austera o cargada de dorada voluptuosidad, pero siempre debe ser fiel y digna. Porque manteniendo fidelidad y dignidad como valores entre los más preciados, podremos alcanzar el respeto exigido. Quienes, en su lugar, alcanzan a morder la mano que los acaricia, nunca llegarán a ver satisfecha esta demanda. Quid pro quo.

En todos está aprender a separar grano de paja y distinguir dignidad de indignidad, cobardía de valentía o liderazgo de dictadura para respetar, siempre respetar, a quienes se hacen acreedores de ello, no a quienes nos lo exijan sin más argumento que sentirse mayoría.


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