miércoles, 27 de junio de 2018

Florentino

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Tomás González Blázquez

Florentino Gutiérrez, vicario general de la diócesis de Salamanca, durante una eucaristía en la Catedral Vieja | Foto: MCS

27 de junio de 2018

Como le pasa a los futbolistas y le pasaba a los profesores interinos (ojalá la reciente y suprema sentencia ataje este agravio), el final de junio depara extinciones de contrato, conclusiones de etapa, despedidas… El último Lunes Cofrade del curso, como apuntaba Félix Torres en este espacio, fue aprovechado por don Florentino Gutiérrez Sánchez para despedirse como delegado de apostolado laical. Esta condición, según el organigrama diocesano, le encargaba a su vez de las cofradías y hermandades, para las que hace ya casi dos décadas ideó una fórmula de integración y evangelización, la Coordinadora, que ha tenido más de hecho que de derecho. Florentino comenzó su tarea en el episcopado de don Braulio y entrega el relevo, todavía por conocerse a quién, siendo obispo don Carlos, al que continuará auxiliando como vicario general, lo que asegura su cercanía con las hermandades (sin ir más lejos, es desde no hace mucho capellán de Ntra. Sra. de la Soledad).

No es la pretensión de estas líneas hacer un exhaustivo balance de la labor de Florentino como delegado, ni tampoco valorar la situación actual de la Coordinadora, necesitada sin duda de que el marco normativo-pastoral para las cofradías que dispuso la Asamblea Diocesana sea pronto aprobado y acogido con el firme propósito de llevarlo a la práctica. Para eso habrá ocasión y analistas mejor capacitados con perspectiva más alejada y neutral. Trato ahora, desde el afecto personal que no ha impedido la sana discrepancia, de dejar constancia del paso de este sacerdote albense por el mundo de las cofradías, en cuyo día a día se ha hecho presente como delegado y, en muchas ocasiones, como vicario general. Ha sido habitual verle presidir cultos de hermandades de gloria y penitencia, ha frecuentado las procesiones y ha sido el destinatario, como no podía ser de otra manera, de docenas de fías, porfías y cuestiones con cofradías. Algunas habrán quedado resueltas, en otras no daría con la mejor solución, y asuntos hay sobre la mesa pendientes de abordaje y respuesta, pero sin entrar a comentar ningún caso concreto es posible afirmar que, en Florentino, las cofradías han tenido a un defensor. No podemos ignorar que la actitud de una mayoría del presbiterio diocesano hacia las hermandades y la religiosidad popular es de escepticismo, y aún existen ejemplos de cierta hostilidad o beligerancia. Florentino, con sus aciertos y errores, no ha dejado de reclamar que los cofrades seamos tenidos en cuenta, al tiempo que nos ha pedido comprometernos y hacernos visibles, y se ha felicitado cuando hemos cooperado activamente en algunas iniciativas diocesanas o incluso las hemos encabezado.

Es momento de señalar el Curso de Formación Cofrade surgido en 2002 y ofrecido anualmente durante más de una década, la Oración Cofrade que ya lleva casi ocho años de existencia o, en la última época, la constitución de un pequeño grupo de trabajo en la Coordinadora que ha aspirado a ensayar en la diócesis una pastoral cofrade que muchos creemos no sólo necesaria sino prioritaria. Es posible que haya faltado un empujón más decidido a esta siembra, pero no se le puede negar constancia ni fidelidad a los programas propuestos cada año, algo en lo que siempre ha insistido Florentino pese a que la respuesta a las convocatorias en algunas ocasiones ha sido muy escasa. Su ya clásico "¡Adelante!" se me antoja la mejor forma de despedir y agradecer su servicio en la delegación de los laicos y, por tanto, de los cofrades.


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