viernes, 19 de octubre de 2018

Hermanos de carga

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Andrés Alén

Fotografía de Misha Gordin (Tomas #3, 2002.)

19 de octubre de 2018

Sabemos del auge de este oficio semanasantero, en muchas de tantas ciudades donde permanece esta longeva tradición. Cargadores, banceros, hombres de trono, portapasos, horquilleros, hermanacos, braceros, cuadrilleros, hermanos de paso, son nombres que se van disolviendo en el sevillanismo de costaleros, que es otra modalidad de carga con vocación hegemónica, que en Salamanca está pitando como luminosos Sánchez.

Mi tema de hoy no defiende "purezas" idiosincrasias, estilos formales ni otros bailes; simplemente me refiero al colectivo en sí, a su peso creciente en la mayoría de hermandades, a su aparente o cierta presión en los cabildos, que pudieran llegar a ser imposiciones al resto de la comunidad, para derivar su gusto especifico, que incluye el propio lucimiento, al diseño de desfile procesional, calendario de cultos, salidas extraordinarias (tan ordinarias ahora), todo eso que podríamos denominar como aparato.

Yo sé, después de tantos años, que cargar un paso estrecha una unión entre los hermanos; que ese contacto es más difícil encontrar en el anonimato y soledad encapuchada del que ilumina con su farol o vela la marcha penitencial. Es como si al ritmo de un solo latido caminaran juntos, si es que el oficio se toma con un máximo de seriedad. Siempre recordaré a Genaro de No, nazareno de San Julián, cómo saludaba a sus compañeros de cuadrilla (turno de altos) a la voz de  "A la paz de Dios, hermano", casi como coletilla de exclusividad. Es bello y es bueno. Como saber qué simboliza lo que se lleva encima.

Claro que a veces la cosa se desmadra, y estos fornidos atlantes se lo toman tan a pecho que llegan a creerse que encarnan literalmente al titán al que Zeus condenó a cargar sobre sus hombros los pilares de la tierra, aquí pues, de la Iglesia, del mismo Dios y de su desconsolada Madre. Vamos que si no fuera por nosotros… que somos los que soportamos el peso. Y claro contra esto, ni consiliarios, ni obispos ni concilios que no estén de acuerdo con lo que yo digo.

Si es solo por peso se le pueden añadir 50 kilos de más a cada uno, o sustituir los banzos por esas vigas que muestra la magnífica fotografía de Misha Gordin, hasta comprobar el alcance real de la proeza. Si es por llevar el peso real de la Iglesia, y eso sí, añadiría más de mil kilos de solidaridad sobre cada hombro, de humildad, de hermandad.

A ver si alguna vez nos vamos deshaciendo del colesterol malo, que obstruye la circulación sanguínea hasta el infarto, superficiales folclores tomados como esencias de religiosidad, protagonismos innecesarios, vestimentas de "fardar"*, y empezamos a hacer Iglesia como Dios manda.

*Fardar: antiguo verbo, y desusado, que solo manifiesta la longevidad del escribiente.


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