jueves, 3 de enero de 2019

Prefiguraciones

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Tomás González Blázquez

Niño Jesús dormido con san Juanito (1772), obra de Nicolás Enríquez, que sigue el modelo de los niños pasionarios de Martínez Montañés. Musée de la Crèche, en Chaumont. Francia

04 de enero de 2019

"El Barroco relacionó iconográficamente la niñez de Cristo con su muerte y muerte de cruz. Niños Jesús que lloran amargamente, que portan los clavos en un cestito o unidos a la corona de espinas, que cargan ya con la cruz o anuncian la Pasión, durmiendo en una camita muy bien almidonada por las monjas y reposando en una almohada que no lo es tal, sino una calavera. En todos ellos, los símbolos de la Pasión se convierten en elementos de juego, de premonición del martirio y de la salvación futura e incluso, de triunfo y victoria sobre la muerte, integrándose los elementos dramáticos en juegos infantiles".
Javier Burrieza Sánchez. Varón de Dolores. Valladolid, 2005. 


Si el Barroco subrayó la humanidad de Cristo, además de reflejar la agonía que sufrió para la salvación de los hombres también puso el acento sobre la ternura que inspiran su nacimiento y su vida oculta en la Sagrada Familia de Nazaret. Los misterios de la Pasión y los de la Infancia convergen en algún modo, pero no sólo en celdas conventuales o en capillas para la devoción particular, sino que nos encontramos la imagen del Niño Jesús en cortejos penitenciales de la Semana Santa.

Se explican estas presencias gracias a algunas cofradías dedicadas a dar culto al Santo Nombre de Jesús, del que la liturgia de la Iglesia hace memoria el 3 de enero. Varias de estas hermandades, orientadas a recordar el misterio de la circuncisión del Señor ocho días después del nacimiento, han terminado por integrarse en la Semana Santa. Un ejemplo de ellas es la que, en la localidad sevillana de Estepa, procesiona un paso dedicado al encuentro de Jesús con los doctores en el templo de Jerusalén, que por significar la pérdida del Niño es el tercer dolor de la Virgen y por seguirse de su hallazgo es quinto misterio gozoso del Rosario. Dolor y gozo, gozo y dolor, aunados y unidos como la figura infantil de Cristo es presentada en el Miércoles Santo estepeño.

Más frecuentes en las procesiones son las iconografías a las que alude Burrieza, de Niño Jesús portando la cruz cual Nazareno o incluso extendiendo los brazos como el Crucificado. En Daimiel es el Divino Niño de la Pasión el que, recién nacido, dormita plácidamente en pleno Calvario como si estuviera en el establo de Belén, mientras que en otro pueblo de la provincia de Ciudad Real, Villarrubia de los Ojos, la hermandad de la Esperanza ha integrado un paso infantil en el que el Niño Jesús Carpintero, ya más crecido, moldea su propia cruz. En algunos lugares donde no hay talla de Cristo Resucitado, ni costumbre de procesionar el Santísimo Sacramento para el acto del encuentro en la mañana de Pascua, se recurre a imágenes del Niño Jesús, de modo que se vincula la Resurrección al renacimiento de la vida, representado en la infancia.

Precisamente esa vertiente bautismal de la Pascua justifica que un momento de la vida de Jesús que la Iglesia ha ubicado litúrgicamente en el tiempo de Navidad, culminándolo, tenga cabida en una procesión de Semana Santa. Es el paso del Bautismo del Señor que desfila por las calles de Cuenca el Martes Santo. La cofradía de San Juan Bautista, fundada en torno a una hermosa imagen de Luis Salvador Carmona, sufrió su destrucción ignorante por odio a la fe durante la Guerra Civil. Después se hizo con una talla de Luis Marco Pérez, que quedó incluida en la procesión del Perdón, de modo que el Precursor que había preparado el camino al "Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" se mostraba en un paso procesional días antes de celebrar esa salvación por él anunciada. En sintonía con el Bautista, varios conquenses fundaron en 1987 una nueva cofradía dedicada al Bautismo del Señor, y desde el año 2000 acompañan un grupo escultórico de Antonio Dubé de Luque. La representación en un paso del Hijo señalado por el Padre en la orilla del Jordán mientras Juan lo bautiza con agua, propia del ciclo de Navidad, se armoniza bien con la antesala de la Pascua, en la que el Resucitado bautizará ya con el fuego del Espíritu Santo.


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