lunes, 20 de mayo de 2019

Mi propia experiencia

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José Fernando Santos Barrueco

"Yo calificaría Proyecto Hombre como un túnel del tiempo que, si se atraviesa y se llega al final, uno encuentra la luz que le permita reinsertarse en la sociedad con toda su dignidad", reflexiona el articulista | Fotografía: Manuel López Martín

20 de mayo de 2019

El pasado 13 de mayo y bajo el título En la orilla del Perdón se publicó en esta página un valiente y acertado artículo en relación con la polémica que rodea a la ubicación de Proyecto Hombre en las Bernardas. Se hace eco de algunas alusiones vertidas en una asamblea ¿informativa?, tales como la consiguiente aparición de atracos y jeringuillas en las calles del barrio. Este tipo de "perlas", como se apunta en el artículo, han aparecido también en prensa local aludiendo a manifestaciones de vecinos que hablan de acogida a adictos a las drogas, al sexo e, incluso, a presos en tercer grado que no han finalizado su condena, que traerían problemas de seguridad en la zona, con traficantes merodeando la misma esperando hacer negocio con los usuarios del proyecto. Algunas opiniones en la red van incluso más allá, aludiendo a violadores que entren y salgan de las instalaciones al tener su pena computable en un taller rehabilitador.

Es evidente que cada vecino puede tener sus opiniones y sus miedos y manifestarse en libertad. Pero es necesario que esas opiniones estén basadas en una información veraz y contrastada, de manera que cada uno pueda actuar en conciencia, con conocimiento de causa y sin miedos infundados, basados en la rumorología y en un vocerío asambleario, en el que no parece posible argumentación alguna y, como se apunta en el citado artículo, reina ese drama de nuestro tiempo, de no querer escuchar. Por eso me parece importante que en dicho artículo se desmonten las falsedades y se argumente acerca de la labor de Proyecto Hombre.

En esta línea, me gustaría aportar mi experiencia como voluntario en el centro de Proyecto Hombre. Me apunté con una idea un tanto caduca del mundo de la droga y sin conocimiento de la labor que se realiza en el centro. Mis dudas se desvanecieron con las primeras charlas que nos dieron y desaparecieron en el primer momento que pisé las instalaciones y tuve contacto con las personas residentes.

Lo primero que se aprende es que nadie que se acerque a Proyecto Hombre puede estar "consumiendo" (por lo tanto, mala zona para encontrar jeringuillas ni para que los traficantes "puedan hacer negocio"). En Proyecto Hombre no verás ni droga, ni alcohol (solo se bebe agua y refrescos, incluso en las fiestas) y tampoco móviles, "tablets" o cualquier tipo de dispositivo que permita el acceso a internet (posiblemente la mayor adicción que hoy nos rodea, por muy blanda que nos parezca). El contacto con el exterior está dirigido y controlado por el equipo de terapeutas y médicos que diariamente realizan allí su labor. Los residentes tampoco pueden salir libremente de las instalaciones. Las salidas, tanto en su objetivo, duración y acompañamiento, están también controladas. Aquellos que puedan tener penas pendientes están como residentes y no en un taller rehabilitador, de donde puedan salir y entrar a su antojo.

Pero lo que me resulta más significativo es la actitud de las personas. Cuando uno se encuentra en una situación insostenible y se da cuenta de que ha tirado una parte de su vida "por la borda" (y, posiblemente, la de su familia), se necesita mucho valor y mucha decisión para entrar en Proyecto Hombre buscando una ayuda que permita encontrar una luz al final del túnel. Y es que yo calificaría esa comunidad terapéutica como un túnel del tiempo que, si se atraviesa y se llega al final, uno encuentra la luz que le permita reinsertarse en la sociedad con toda su dignidad. Un auténtico túnel del tiempo, de unos dos años de duración, en el que hay que poner muchas ganas y una visión de futuro muy clara para poder atravesarlo. Allí se trata de  inculcar valores, conductas y normas de convivencia que no se han respetado en el periodo de adicción y que lamentablemente también van desapareciendo en nuestra sociedad independientemente de la adicción, tales como el compromiso y la responsabilidad en las labores que cada uno tiene que realizar hasta en los más ínfimos detalles, el respeto y la ausencia de gritos y discusiones, confrontando las diferencias por escrito y en presencia de los terapeutas, la reflexión para racionalizar las actuaciones, el pedir perdón y la amistad y el afecto en las relaciones.

Cuando se tiene la suerte de vivir la experiencia de un alta terapéutica (la salida del túnel a la luz) se da uno cuenta del testimonio y la humanización que se da entre los residentes.

Es mi experiencia personal. La labor de Proyecto Hombre me parece extraordinaria y la sociedad debería hacerse sensible hacia las instituciones que realizan labores humanitarias y hacia las personas que ponen toda su vida en salir de una situación desgarradora. Por eso no deberían sentirse alejados de la colectividad, como si fueran unos "apestados", sino integrados en la misma, como ya ocurre en otros Centros de Proyecto Hombre en los que no se presenta ninguno de los problemas "que se anuncian". Cada uno debería informarse y actuar en consecuencia.


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