jueves, 19 de diciembre de 2019

Pelos, pelajes y camadas

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Álex J. García Montero

Procesión de María Santísima Madre de Dios del Rosario en la Rúa Mayor

16 de diciembre de 2019

De cierto es sabido que, en el frío de las dehesas del antiguo Reino de León, tenemos una diferencia con el toro meridional: el pelo (fundamentalmente presente en el morrillo, pero también en múltiples partes del cuerpo), que surge cual capa protectora contra los rigores del invierno.

Esta capa profiláctica supone un mecanismo sin parangón en la evolución más primitiva del ser más mágico de la Iberia vieja.

Ese pelo, cuando llega la primavera tardía, la temporada de la lidia, desaparece, pues poco a poco, cual alopecia de verdad, se va cayendo o enganchando en los cercados de los hábitats mágicos de las encinas.

Podríamos decir que el pelo aparece con el final de temporada y desaparece cuando se empiezan a embelesar alberos y toriles para recibir los correspondientes apartados de las corridas que, tras la solemnidad del padre putativo, serán lidiadas en los palenques circulares o elipsoidales (todo ello con la excepción primigenia del serrano Valero).

De la misma manera que ese pelo cuando se cae, aparece la verdad de la lidia y el morrillo hará de muro de contención en las diversas suertes, empezando por medir al toro en el caballo en la suerte de varas; hay personas, más bien personajes, personajillos que llevan pelo de la dehesa. Pelo que nos podría indicar bravura, entrega, raciocinio, sensatez, callada labor, servicio… en las múltiples tareas que conlleva la Semana Santa.

Pero, cuando llega la primavera, esa primera luna llena del mes de Nisán, sacan a relucir su mansedumbre por doquier en las lidias cotidianas de hermandades y cofradías.

Todos sabemos de aquellos que se metieron a ebanistas y propusieron (e impusieron) pasos que valen potosís en hermandades hechas solares. Conocemos a otros que, bajo el paraguas de la obra social (interna) se quedaron con pequeños (pero ingentes) emolumentos de diversos favores realizados gratuitamente a sus penitenciales (vender lotería, transportar algo, encargarse de bares, barras, paellas y sobre todo "paellos"…). Qué decir de ese grupo de cofrades repeinados, como cuentas de rosario, que están en todos los saraos con la seriedad de un entierro y la alegría de un reparto de herencia. O esos mesetarios meridionales, que tan pronto están fundando una cofradía, cambiando de sede o encabezando con pancartas (cual cruz de guía) manifestaciones de civiles cofradías carmesíes.

Tenemos en este pelaje diversos ejemplos de ganaderías poco bravas, pero con una apariencia basada en fundas más que en navajas, de trajes de negro zaíno, insignias barrocas en solapas como divisas de cintas de capa de tuno, los muy tunantes dan más consejas que consejos.

Y son como el pelo, ante la menor dificultad, desaparecen de la lidia ordinaria para engrosar las filas de grupos de WhatsApp hábilmente creados para manipular y zaherir con sus pitones ampliamente escobillados.

Si alguien busca su mugido, es fácil. Siempre van por la vida con ganas de dimitir, de retirarse; de cortarse la coleta, vamos. Por ello siempre les verás con unas tijeras para seccionar el moño. Pero terminarán por seccionar faltriquera, paciencia, certezas, ilusiones, esperanzas y dineros, que en eso son más certeros que el descabello de Roberto Domínguez.

Y siempre, siempre, siempre, tiran para el sur. Son trianeros de toda la vida. Más hispalenses que el Guadalquivir, aunque el crotal marque su nacencia en el Huebra o en el Tormes. Son llamador, costal, faja… pero el pelo, su pelo, ensabanado de brillantina de casino decimonónico, delata que vienen del frío. Y por mucho que busquen el calor, un haz de sol de Castilla siempre helará más que el atardecer de Sevilla. No es lo mismo pastar en Castilla que pacer en la calle Castilla.

Porque les delata el pelo y su rojo no es el de la sangre. Es pórfido senatus más populusque que romanus. Son toros, mansos, muy mansos, de las dehesas charras. Se avergonzaron de esta tierra en su día. Pero quieren seguir teniendo mando en plaza y vara en el campo. Y con las primeras heladas de la primavera, tras el primer puyazo, sea este episcopal o laico, huyen, buscan las tablas y rehúyen a la pelea. Porque en los corrales de trajes, corbatas, varas, martillos y pelajes se conspira mejor. No hay sangre (salvo la que hacen ellos), y mayormente no hay ni estoques ni rehiletes. Porque para puyas y rejones, ya tendremos sus afeitados pitones.

Es conveniente a cualquier aventura cofradiera pasarla por el tentadero de la verdad. De la calle hecha cofradía. Sólo con exigentes tentaderos, con análisis certeros, tendremos desecho de tienta. Porque si no, entre ellos forman camadas que retroalimentan sus pelos. Y mayormente sus pelajes.

Puya, puya y más puya. Brazo y fresno. A veces, peto. Mucho estribo, brida y venda. Nada más. Nunca entrar (les) al trapo.


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