viernes, 6 de marzo de 2020

Cofradía anónima

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Pedro Martín

Jesús Rescatado es venerado por los salmantinos en el tradicional besapiés del primer viernes de marzo | Foto: CJR

06 de marzo de 2020

Ya viene la cofradía, ya viene. Ya se ve la fila, larga, a veces larguísima, serpentea, tarda en pasar horas y horas, no termina. Qué bonita la cofradía, donde los hermanos no se conocen, pero hacen hermandad por unos minutos. Niños, desde su más tierna infancia, jóvenes, adultos, mayores, muy mayores, con muletas, con sillas de ruedas, todos participan.

Cada uno lleva en la procesión lo más íntimo de su ser, sus preocupaciones, sus peticiones, sus deseos, sus tristezas, sus alegrías, sus acciones de gracias.

Va en la procesión una madre que pide trabajo para sus hijos, en paro desde hace años; una hija que pide salud para su madre, enferma; una joven que va a ofrecer sus estudios, y pide ayuda; un anciano en silla de ruedas que no sabe si este será el último año, que sea lo que Dios quiera; un bebe en brazos de su madre que lo mira todo con ojos de asombro, está descubriendo la vida; un señor que este año acude solo, le falta su compañía de tantos años que ya inició la procesión definitiva al Padre; un grupo de religiosas, que acuden en comunidad; un par de turistas curiosos, que se han sumado sin saber muy bien a qué; otra mujer que va a dar gracias porque la operación salió bien, y lo había ofrecido; y tantas y tantas personas que componen esta procesión anónima, auténtica, espontanea, viva, emotiva, preciosa y sincera.

Avanza la procesión y se introduce por el largo pasillo, ya queda menos, ya llegamos, la meta está cerca. Y al traspasar la puerta de la iglesia ahí está él, esperando, maniatado y coronado de espinas, manso, sereno, entregado, como cordero llevado al matadero, con mirada de ternura, de misericordia y la boca entreabierta que parece decirnos: "acércate, no tengas miedo".

Toda su divinidad y majestad hecha humanidad, humildad y servicio, bajo a ti, me ofrezco a ti, para llevar tus pecados por ti, para morir por ti.

La mirada, fija en él, mirada compartida que nos hace ya a todos uno con él. Unos lo miran, una y otra vez, otros no son capaces de aguantarle la mirada, mirada que nos interroga, pero mirada siempre de amor. Quizá alguno lo mire por última vez en este mundo y otros por primera vez en brazos de sus padres o abuelos. Se acercan, la proximidad da esa confianza en esos escasos segundos para contarle nuestras cosas, esas que hemos ido rumiando en la procesión, y la intimidad del momento se cristaliza en ese beso de amor que ponemos a sus pies, nos fundimos en él y con él. Hay quién lo acaricia con la ternura de una madre, la Madre observa todo esto en la distancia del crucero y lo guarda en su corazón.

Cada mirada, cada gesto, cada beso, cada caricia, cada ofrenda es una oración del pueblo a su Señor en esta preciosa cofradía anónima.

¡Jesús Rescatado, me postro a tus pies!


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