domingo, 17 de mayo de 2020

Abrazos en la nueva normalidad

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Félix Torres

Simbólico abrazo durante el acto de indulto de un preso en la procesión del Cristo del Perdón | Foto: Pablo de la Peña

18 de mayo de 2020

Hace apenas un par de días fallecía casi nonagenario, Juan Genovés, quizá el último de los pintores de la Transición Española.

Al enterarme de su muerte dos imágenes se formaron al tiempo en mi imaginación. Una, la primera, lógica. Ese El Abrazo del pintor que ahora cuelga en las paredes de uno de los salones de nuestro Congreso de los Diputados y que es todo un símbolo de esa unificación de las dos Españas que siempre parece avanzar un par de pasos por delante de nuestras intenciones.

La otra, mucho más personal, ha sido "ese abrazo" que siempre nos damos al final de una procesión. En esta otra imagen veo, en cámara lenta, a los nazarenos desenfundándose sus capirotes, húmedos de sudor, mientras resoplan al verse libres de impedimento; a los hermanos de carga contorsionándose para abandonar ese espacio bajo el paso que solo a ellos les está reservado. Empapados y enrojecidos tras el esfuerzo, masajeándose los hombros como queriendo echar fuera ese dolor que les acompañará, agradablemente, durante unos días. Idas y venidas. Revuelo. Incluso voces… y abrazos. Muchos abrazos de unos con otras, de otras con unos, ellos con ellos y ellas con ellas. Que olvidamos nuestra educación de rosas y azules y nos plantamos besos en las mejillas mientras nos palmeamos las espaldas como si el encuentro fuera debido a una larguísima ausencia. Es la esencia, nuestra forma de ser cofrade, la que nos lleva a esa intimidad que fuera de este plano quizá no seríamos capaces de mostrar tan en público. Es una tradición y como tal la mantenemos.

¿Y ahora?

Ahora, cuando la nueva normalidad se asiente entre nosotros, ¿qué vamos a hacer con nuestros abrazos?

Porque ‒y cómo quisiera equivocarme‒, vamos a seguir en modo pandemia durante mucho mucho tiempo.

Busco una respuesta y veo cómo desde el primer momento, salvo normas contradictorias e imposiciones más o menos acertadas (según cada quién) de nuestros gobernantes, hemos sabido qué es lo que hay que hacer pues en ello nos han insistido machaconamente. Llevar mascarilla en espacios cerrados es recomendable, usar guantes está desaconsejado, lavarse las manos es poco más que obligatorio… y así todas aquellas recomendaciones que, día sí y día también, nos han ido llegando por cuantos canales tenemos a nuestra disposición.

También desde el principio, hemos tenido claro que la Semana Santa modificaba sus tiempos y que son muchas las cosas que tendrán que cambiar siguiendo las recomendaciones y las normas.

Las salidas penitenciales van a estar restringidas durante más tiempo del que quisiéramos, pero, seguramente, esta nueva normalidad nos va a afectar mucho más en nuestro día a día cofrade ya que, como el común de nuestras vidas, se verá alterado sin una vislumbrable marcha atrás.

¿Veremos limitados nuestros cultos cofrades? Pues… en la teoría sí, pero en la práctica, de no ser que a la mayoría se nos despierte, por amor propio o nueva inspiración, el interés por asistir a celebraciones cultuales de nuestras hermandades y cofradías, no creo que se note en demasía la falta de asistencia de la mayoría de nosotros. Aquí, la nueva normalidad seguirá siendo la misma que hemos demostrado antes del tiempo de las mascarillas.

Si nos planteamos otras actividades, más profanas, valga la expresión, ciertamente deberemos tener en cuenta las limitaciones que según los expertos nos van a condicionar durante mucho tiempo, incluso después de retomar una vida como mucho parecida a la que hemos llevado siempre. Nuestra vida social cofrade se va a ver limitada hasta en los más mínimos detalles… Que hay que mantener los enseres y ajuares, pues enfundados en guantes y mascarilla; que visitamos la casa de nuestra hermandad, pues siempre midiendo las distancias… "sociales"; que queremos un besapié… pues eso no. ¡Eso sí que no!

Y lo entenderemos, lo superaremos y nos acostumbraremos a los nuevos tiempos y las nuevas reglas.

¿Y los abrazos? ¡Ay, los abrazos!

Se acabaron los abrazos. A eso sí que no vamos a acostumbrarnos nunca y nos va a costar renunciar con todo dolor. Porque esos abrazos, adornados de lágrimas en tantas ocasiones, son, al final, lo más importante de nuestra vida cofrade.

¡Ay, los abrazos en la nueva normalidad!

Eso sí, siempre nos quedará desear… ¡Salud para otro año, hermanos!


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