lunes, 14 de diciembre de 2020

Tan - Credo

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 Álex J. García Montero

Procesión en Salamanca | Foto Pablo de la Peña
14-12-2020

Vamos a realizar un viaje a esa España partida por la mitad de principios del siglo XIX. La invasión francesa, la dejadez absoluta de las instituciones (particularmente la Monarquía y la Iglesia), la última picaresca, el atisbe de los primeros caciques urbanos y el ocaso de la placidez rural…

Y si tuviéramos que acudir a un relator del final del siglo anterior y de los primeros lustros de éste, habría uno por encima de todos, Francisco de Goya y Lucientes, genial aragonés de hispanidad universal.

Goya, que plasmó como nadie las contradicciones del ser humano, fue, entre otras cosas, con obras pictóricas como El tres de mayo de 1808 en Madrid, precursor del cine por el ingente dinamismo y autenticidad de la trasmisión emocional. También fue cronista de guerra, precursor de los reporteros bélicos actuales con los desastres de la guerra. Pero una faceta de Goya a veces intencionalmente olvidada es la pasión que mantuvo por la fiesta, por los toros. Famosos son sus grabados taurinos donde reflejó la pasión del pueblo por su principal divertimento, la tauromaquia.

Si bien Goya no hizo alusión a la suerte de «Don Tancredo», pues su protagonista fue posterior al maño, es fácil que esta suerte se practicara entre los mozos del populacho que acudía a las corridas de toros, máxime cuando el espectáculo era altamente burlesco. Nos podría venir a la memoria un chulo con su montera, subido a un estante, quieto e impertérrito ante el bullicio causado por el temido bravo bóvido en derredor.

En la España descosida por el absolutismo del felón Fernando VII, el casposo ante-carlismo incipiente de buena parte del agro, el desnortado liberalismo en pañales de los urbanitas, la miseria del común y los Cien mil hijos de San Luis (tres conceptos, tres falacias), la Iglesia hizo del tancredismo su evangelio más prolífico.

Pues bien, en estos convulsos tiempos, observamos con preocupación cómo, a pesar de no haber para todo ni para todos, se siguen fundando cofradías, hermandades, asociaciones, peñas, agrupaciones, con los mismos de siempre.

Ya vimos la gran aportación litúrgica de crear una cofradía a partir de unos débiles cimientos muy píos, cuya titularidad del ágape fraterno se anticipó al Sábado de Pasión. Previamente la caridad terminó despojada de cualquier intención fraterna. Y es que la cosa, sin ser rosario, va de cuentas.

Personalmente, no me salen.

Un montón de cofradías en una ciudad donde hace tiempo la demografía y la egolatría acabaron con las ilusiones de muchos de los que, año tras año, querían (queríamos) revivir la Pasión de Cristo en las pétreas rúas salmantinas. Un montón de obras con ricos brocados, palios, pasos impensables, cortijos de hermandad (perdón, casas), donde el dinero ha corrido por doquier.

Hermandades de albinegra raigambre hundidas en el propio pozo del ansia de un costal que nunca llegará, pero que a ocio de terciaria barra de carretera secundaria nadie la ganaba. Pasos (en el platónico Mundo de las Ideas) de doscientos mil «cucos» a juego con los estultos sueños de cuadrillas convertidos en pesadillas de bandoleros huyendo por el Arrabal hacia la Sierra.

Y así, en medio de todo esto, tenemos a los responsables últimos del buen andar de la Semana Santa, haciendo el «Don Tancredo». Y aquí no hablo del último en llegar a la Junta de Cofradías, sino de todos aquellos que, supuestamente con mando en plaza o en cátedra, quedaron como Simón el Estagirita ante tanta ignominia.

Nuestro paisano, el arribeño Basilio Martín Patino, en su conocida obra maestra Queridísimos verdugos, muestra cómo uno de estos administradores de justicia aplicaba el torniquete del garrote tras comenzar a recitar el Credo junto al desdichado reo. El Credo hacía de anestesia ante la inminente rotura de pescuezo.

A lo mejor es que hemos creído mucho en todas las (buenas) intenciones del Maestro Chalina, del Risi (añorada sonrisa de aperitivo infantil) o de priores conventuales que han ejercido de malogrados priostes y, a más a más, son muchos los denominados «hermanos mayores» que no llegan ni a benjamines por mucha vara barroca que luzcan en sus enguantadas manos.

Las barras, atestadas de alcohol en las casas de hermandad o de la Iglesia, han sido las consejas, cual celestinas, que han hecho que comience, como la irrupción del tardeo frente a la noche, el declive de las penitenciales. Esas mismas barras que dejaron de ser banzos para trocar en trabajaderas, son palos de trinquete donde poco a poco iremos viendo como recitando el credo de don Tancredo (Tan - Credo), caerá lo que estos últimos años ha mostrado la quimera de martillo y arpillera. La Semana Santa es Calixto y Melibea, pero todos los que quisieron llevarla al huerto, han terminado abonando de vacuidad gradas y tendidos. Y así, con el Credo, nos tocará a otros hacer el Don Tancredo, pues son muchas las cornadas anunciadas y sufridas.

Al final, resultará que la culpa de tanto ejecutado por los «hierros», será del Martín Patino de turno, no de los sucesivos códigos penales que, con democracias y dictaduras han ido viniendo. No asusten a los ministros de cultura; aunque no les gusten ni los toros ni la Semana Santa, librarán de cualquier mota de polvo la culpabilidad hecha albero.

Mientras, siempre habrá capataces, muñidores, palmeros… que, ante el crujido del gaznate, sacarán los rastrillos para alisar la arena y tapar la sangre. Pero, con todo lo que digan, terminará asomando la boca de riego en el centro del piso, como la verdad hecha sed que alumbra la búsqueda de la fuente en la noche oscura de san Juan de la Cruz.

Lo curioso es que en nuestra tormesina urbe se quiera seguir la chorrada frente a la charrada. Sea cerca del Arroyo de Santo Domingo, en la Plaza de Anaya o «picaíno» a la Plaza de Toros.

Gusta ser esclavo de modas efímeras frente a la eterna intemporalidad del Evangelio.

Gracias a Dios, el toro seguirá siendo toro en la dehesa, en el chiquero, en el ruedo y en el desolladero. Porque la cabeza de un cornúpeta inspira terror en un torero o en un taxidermista. El miedo es evidentemente distinto, pero guarda la misma esencia, una esencia de muerte. Igual que el ser de los actos penitenciales.

 

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