viernes, 16 de abril de 2021

Veneración

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 Félix Torres

Altar de veneración de Ntra. Sra. de la Caridad y el Consuelo | Foto: Hdad. de Jesús Despojado
16-04-2021

Otro año sin procesiones… y no pasó nada.

Cuando al inicio de la cuaresma algunos nos planteábamos las posibilidades que se abrían en este tiempo de cara a la Semana Santa, la ilusión nos hizo verlo como copa medio llena. Lo del año pasado fue sobrevenido, urgente y sin dejar tiempo de reacción, pero este año ya sí. Este año ya se podía organizar una Semana Santa como Dios manda aun sin procesiones, que no todo era posible.

Dicho y hecho, manos a la obra para comenzar a preparar altares, no sé si barrocos, neoclásicos o costumbristas –que nunca se me dio bien la historia del arte–, en los que volcar todo lo que no se puede poner en la calle. Exposición pública de nuestras imágenes, con todo el ornato a que alcanzasen las arcas, para veneración de fieles y curiosos.

Porque sí. Porque todos hemos echado los restos para poner a nuestros Sagrados Titulares en VENERACIÓN. Y como las modas juveniles, que aparecen sin que se sepa dónde ni quiénes son los promotores primigenios de la ocurrencia, toda la península, sin que Salamanca haya quedado marginada (esta vez, al menos, no), ha «venerado» imágenes procesionales como si se hubiera estado haciendo toda la vida. Que así son las modas, una vez aparecen se acostumbra uno a ellas como si hubiera nacido en su seno.

Excelentes altares como máxima expresión de cariño devoto hacia las imágenes. Recreaciones de escenas pasionales, flores y molduras para acompañar a brocados y organzas en arquitectónicos equilibrios, sayas de salida y túnicas bordadas sacadas de las arcas donde, si no, habrían de dormir entre papeles de seda, se han convertido en retablos temporales en los que priostes y custodios han echado sus restos para facilitar la veneración de Cristos y Vírgenes como alternativa a ese caminar por calles y plazas que les caracteriza estos días santos.

Y claro, para admirar ese trabajo, sensible y dedicado, al tiempo que poder entonar una silenciosa jaculatoria mientras hacían o se hacían fotografías de recuerdo junto a las sagradas imágenes, los fieles no tenían inconveniente en formar largas, larguísimas colas, en los alrededores de los templos. De todos y cada uno de los templos, cada cual en su modestia. Propios y visitantes, cofrades anónimos y de medalla al pecho, de centro y de barrio, de cirio o de costal, se han dedicado a realizar visitas a las imágenes como han hecho toda la vida, salvo que este año no estaban en sus pasos de salida sino en veneración pública.

Y como el tiempo había que repartirlo entre las esperas en las diferentes colas, pues siempre son muchas las imágenes a venerar, apenas quedaba tiempo para otras actividades. Por eso, quienes han hecho de las celebraciones litúrgicas –léase Triduo Pascual– el centro de su actividad cristiana y cofrade en estos días, han sido los menos; y decir los menos es decir los de siempre. Ni la Cena del Señor, ni la celebración de su Pasión, ni la más alegre Vigilia Pascual con la que comenzar una Pascua que, como siempre decimos los cofrades, es el culmen de nuestras celebraciones, pues es la Resurrección y la Vida, han llamado nuestra atención a falta de procesiones y estaciones de penitencia. Como si la oración ante el Santísimo expuesto en esos días no fuese la mejor, por no decir la única, estación de penitencia posible.

Lo dicho. Que este año, que sabíamos que no habría procesiones con toda la antelación del mundo, que podíamos haber preparado una Semana Santa de comunión entre la liturgia y nuestra piedad popular, que podíamos haber celebrado lo que otros años no nos dejan nuestras obligaciones penitenciales, hemos preferido hacer colas, muchas colas, y «venerar» durante unos segundos. Y no pasó nada.

Somos de costumbres, aunque las modas sean efímeras.

Vaya con mi abrazo… ¡Hasta otro año, hermanos!

 
 

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