domingo, 4 de abril de 2021

La tarde del Domingo de Pascua

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P. José Anido Rodríguez, O. de M.

La Semana Santa de Salamanca culmina con el acto del Encuentro | Foto: Pablo de la Peña

04-04-2021

 

«Lo que [los amigos de Cristo] contemplaban era el primer día de una nueva creación, un cielo nuevo y una tierra nueva. Y con aspecto de labrador, Dios caminó otra vez por el huerto, no bajo el frío de la noche, sino del amanecer»

G. K. Chesterton, El hombre eterno

 

Hemos pasado una nueva Semana Santa extraña. Seguimos con miedo, separados, y, aunque podemos salir a las calles y encontrarnos los unos con los otros, la normalidad está todavía lejos de alcanzarse. Este año, por lo menos, hemos acudido a la iglesia y celebrado juntos los misterios centrales de nuestra fe. Sin embargo, la pandemia que no cesa ha impedido, una vez más, que realicemos nuestras procesiones, que proclamemos en las calles el Evangelio de la redención de Cristo por medio de las imágenes de nuestros sagrados titulares. Y en esta situación, la mente y el corazón cofrade no cesan de darle vueltas a las cosas, de pensar posibilidades... ¿Una nueva cofradía? ¿Una nueva procesión? ¿Por qué no? Imaginemos...

Tras el amanecer que renueva la creación entera, yo quiero una procesión en la tarde del domingo de Resurrección. Con tres pasos, nada menos, hay que tener un poco de ambición. El primero lo forman tres peregrinos. Dos parecen tristes, sus esperanzan han sido frustradas, el Reino que esperaban, como lo esperaban, no ha llegado. Y a su lado un tercer caminante, con brillo en la mirada y fuego en el corazón, que explica las Escrituras, que conoce a la Ley y a los Profetas porque hablaban de Él. Es el camino de Emaús, es Cristo resucitado que sale a nuestro encuentro, es la Eucaristía que nos trae la vida misma de Dios. El segundo paso muestra a once hombres desconcertados (sí, ya sé que será difícil encontrar quien los talle y quien los cargue). Once hombres entre el miedo, la sorpresa y la alegría. Que intentan expresar lo que no comprenden. Han contemplado a su amigo y maestro, clavado y muerto en la cruz, resucitado. No saben si salir a caminos y plazas a anunciarlo, no saben si volver a Galilea, a sus trabajos. No saben si ha llegado el tiempo del Reino o cómo proclamarlo. Y, sin embargo, un gozo profundo inunda sus temerosos corazones. El tercer y último paso es un abrazo (esos abrazos que tanto echamos de menos), un abrazo entre dos mujeres. La una ha caído a los pies del Cristo labrador que en el huerto le anuncia el mundo nuevo; la otra, Madre Inmaculada, ha visto sus esperanzas confirmadas y, tras la espada ardiente atravesando su alma, ahora la llena la misma alegría profunda del día de la Encarnación. Un baile de corazones que ilumina y destruye la oscuridad de nuestros miedos y temores, que destruye el pecado y la muerte, porque surge del amor entregado por el Resucitado para nuestra salvación.

No sé. Quizás mi mente cofrade en ausencia de procesiones me juegue malas pasadas, pero sueño con una cofradía de la tarde del Domingo de Pascua. Una hermandad de gloria, la primera. Una hermandad que sea la más joven, siempre la más joven porque se forma en un mundo siempre nuevo. Una hermandad de la que formemos parte todos, y entre todos pongamos esos pasos en la calle. Quizás, mientras los tallan, podamos llevar esas imágenes en nuestros corazones, en nuestros rostros; quizás, mientras los vamos preparando, seamos nosotros quienes debamos hacerlos presentes cuando, al sol de la tarde de día grande de la Resurrección, nos saludemos con alegría, diciendo,

–«¡Cristo ha resucitado!»

–«¡En verdad ha resucitado!»


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