lunes, 7 de junio de 2021

Miradas desde la fe

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 P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Fotógrafos al paso de una procesión en Cuenca | Foto Ágreda
07-06-2021

 

 A mis amigos fotógrafos,
verdaderos creyentes
 

Reconozco que en mi ministerio sacerdotal he tenido mucha suerte, o, más bien, he contado con la ayuda de la providencia divina. Esto es evidente en general, si no, nada podría hacer, pero en este caso me refiero a un aspecto particular: a los buenos fotógrafos que me han acompañado en tantas celebraciones. Una foto adecuada en el momento preciso prolonga la oración: la estampa que llevamos en la cartera, el cuadro que adorna nuestra habitación u oratorio particular, todo eso nos devuelve al día en el que estábamos delante de nuestras imágenes titulares orando en persona. También las fotografías de bodas, bautizos y comuniones nos recuerdan la recepción de esos sacramentos y, además, las acercan a aquellos que no han podido asistir. Los fotógrafos realizan así un verdadero ministerio eclesial y cofrade. Su tarea es dejar testimonio de lo celebrado y orado. Y se nota a distancia aquellos que así lo viven y sienten. Aquellos que no son mercenarios, sino trabajadores en la viña del Señor. Aquellos que llegan y actúan con discreción, que disparan la cámara y se echan a un lado para que la mirada y presencia del Señor llegue a sus fieles.

Recuerdo un fotógrafo habitual en las celebraciones en la parroquia en la que estaba, exquisito siempre en el trato y el obrar. En unas confirmaciones cruzó por donde no debía y el Obispo que presidía le hizo un gesto. No hizo falta más, de inmediato se apartó a un lado y, al final, vino a pedir disculpas todo azorado. No era necesario tanto, es un profesional excelente y todos podemos tropezar alguna vez. Pero lo que demostraba esto es cómo vivía su trabajo al servicio del sacramento. Era consciente de que lo importante era lo que estaba sucediendo y de que su labor era una labor vicaria, de prolongación, nunca de sustitución o protagonista. Alrededor de nuestras hermandades y cofradías, y no alrededor, sino dentro de ellas, abundan los creyentes fotógrafos. Y al lado de tantos otros (priostes, camareras, floristas...) contribuyen de forma esencial a la evangelización a través de la imagen y del arte, contribuyen a los fines de nuestras hermandades y cofradías.

Sin embargo, si esa es la experiencia mayoritaria, todavía quedan mercenarios para los que sacar una foto a la imagen de nuestros sagrados titulares o al Santísimo Sacramento no es distinto de cubrir un concierto, una rueda de prensa o perseguir a un famoso de la prensa rosa. No entienden la diferencia fundamental, ni saben dónde están trabajando. Se agolpan formando bulla, queriendo una falsa exclusiva, interponiéndose entre la imagen y los devotos, entre el Santísimo y los fieles que de rodillas quieren recibir su bendición. Pelean por tener la fotografía más cercana, de cada segundo, se empujan, rompen el silencio, intentan robar un protagonismo que no les corresponde. Y es muy injusto que se vea en ellos a los representantes de la profesión, cuando son solo una negativa excepción.

Por esto, sigue siendo necesario el diálogo y la colaboración entre sacerdotes y cofradías y los fotógrafos que comprenden que su tarea es prolongación de la mirada de fe de los fieles. Debemos encontrar modos de realizar pedagogía, de establecer los límites necesarios, de armonizar los distintos ministerios al servicio de nuestras celebraciones y estaciones de penitencia. Las imágenes son necesarias, imprescindibles me atrevo a decir. Mientras escribo, sobre la mesa, me acompañan diversas fotografías de mis devociones y solo puedo estar agradecido a las personas que las tomaron. Ellos me permiten estar y orar delante de mis titulares, aunque esté a cientos de kilómetros de distancia. Pongamos en valor su trabajo y démosles las gracias de corazón.



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