Las hermandades y cofradías representan una de las manifestaciones más
vigorosas de la piedad popular. Sin embargo, su relevancia no reside solo en su
valor estético o histórico, sino en su capacidad de ser «pulmones de fe» dentro
de la Iglesia. El Magisterio de los últimos Papas —desde Benedicto XVI hasta
Francisco— ha subrayado que la gestión de estas corporaciones debe alejarse de
la lógica del poder civil para abrazar la lógica del Evangelio.
Para el papa Benedicto XVI, la autoridad en la Iglesia nunca puede
entenderse como dominio. En sus encíclicas, recordó que la naturaleza íntima de
la Iglesia se expresa en el servicio (diakonía). En el contexto de una
cofradía, el hermano mayor o los miembros de una junta de gobierno no son «directivos»
de una asociación secular, sino servidores de una comunidad de fe.
La autoridad, según el Magisterio, tiene un doble propósito: por una parte,
custodiar la fe, asegurar que los cultos y la vida de la hermandad no se
desvíen hacia el folklore vacío y, por otra parte, fomentar la caridad, o lo
que es lo mismo, convertir la estructura de la hermandad en una herramienta
para llegar a los más necesitados.
Por su parte, si hay un mensaje que el papa Francisco enfatizó, es la lucha
contra el clericalismo y el protagonismo dentro de las hermandades. Francisco
ha sido contundente: «El verdadero poder es el servicio». En sus encuentros con
cofrades, advirtió sobre el riesgo de convertir la gestión de las hermandades
en una carrera de honores o en una búsqueda de estatus social. Y así dijo: «No
seáis “cristianos de escaparate”. Que vuestras hermandades sean laboratorios de
caridad y escuelas de humildad». No se olvide que el modelo propuesto es el de
la pirámide invertida: quien está en la cima (la autoridad) debe ser quien
sostiene y sirve a todos los demás, emulando el gesto de Cristo en el lavatorio
de los pies.
Basándonos en las exhortaciones apostólicas como Evangelii Gaudium,
podemos resumir el perfil del dirigente cofrade en tres pilares:
● Humildad frente al cargo: El cargo es temporal y
es una carga de responsabilidad, no un privilegio.
● Espiritualidad profunda: No se puede dirigir una
comunidad religiosa sin una vida de oración coherente. La autoridad nace del
testimonio, no del decreto.
● Apertura y comunión: La hermandad no es un ente
aislado; debe estar en plena comunión con el obispo y la parroquia, evitando el
aislamiento elitista.
En definitiva, el Magisterio más reciente invita a las cofradías a
redescubrir su sentido original. La autoridad en una hermandad solo es legítima
cuando se ejerce como una misión evangelizadora. Cuando un cofrade sirve a su
hermandad con humildad, no solo gestiona un patrimonio, sino que se convierte
en un puente entre Dios y los hombres a través de la piedad popular.
En definitiva, mandar en una cofradía es, esencialmente, aprender servir a
los hermanos.




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