07-01-2026
Enero es buen momento para hacer propósitos. De todos son
conocidos los relacionados con la salud (dejar de…), apuntarse al gimnasio
(todo un reto), incluso ir. Siempre que uno hace propósitos pretende enmendar o
borrar parte de su vida anterior.
Recientemente han acaecido en los toros dos parones o
finales. Uno por conocido, el del Maestro de la Puebla del Río decidió cortarse
la coleta en Madrid, y también la de Florito el sempiterno mayoral de Las
Ventas. En ambos casos han sido de una manera u otra sus hijos los que han
tenido un protagonismo, posiblemente inesperado. En el caso de Morante, su hijo
le cortó la coleta. En el caso de Florito, será su vástago el que continúe su
labor en el coso venteño.
Los dos expresaron situaciones muy comunes en nuestras
vidas. Morante paró tras un cúmulo de éxitos por un «no puedo más». Florito al
ver que su hora mágica llegaba a un final. Ambos en la cumbre. Morante en el
hito de la aclamación popular (su carrera ha sido meteórica). Florito en el
hastío de los silencios de los muecos. Sillares y troneras han gritado por
aclamación a los dos maestros del manejo de reses en los ruedos. Uno, el
hispalense (más madrilano, pues
decidió plantarse en la capital), el otro, criado entre las bambalinas
venteñas, avezado en el manejo de mansos y bueyes.
En las cofradías y hermandades todos hemos pasado por los
éxitos y los fracasos. Hemos dado lo mejor de nosotros con la mejor de las
intenciones. Sin buscar medrar socialmente pues tenemos nuestra vida más o
menos resuelta. Hemos luchado por hacer de la Semana Santa un mundo mejor.
Mejor en la ética y en la estética. Mejor en cuidar a los hermanos, a los más
jóvenes y niños. Mejor en lograr «cartas de pago», incluso ofreciéndolas por
doquier con la más estulta de las excusas. Reunirnos hasta la saciedad para
consensuar y sacar proyectos adelante, a pesar de muros eclesiásticos, civiles
(no militares, pero casi). Tratar de resucitar proyectos cuasi inhumados como
publicaciones, revistas, boletines… que poco o nada tienen de visualización
exterior (no conozco a nadie que vocee «¡a ésta es!» cuando esté escribiendo un
artículo, maquetando o pergeñando en la soledad de un despacho o una
habitación, el diseño de lo que será la revista de su hermandad la próxima
Cuaresma. Mirando y remirando precios y presupuestos, y poniendo pecunia de su
faltriquera para adquirir enseres sin que suponga un coste alguno a su
penitencial. Y todo forma parte de esos cofrades del silencio, o lo que es peor
acallados por sus juntas y priostías. Porque ahora quienes mandan en todo son
esos chicos guapos o guapas de impecables vestimentas, trajes y albas y
dalmáticas, que visten y desvisten imágenes y juntas a su antojo. Y no ven más
allá de sus egos (cuánto capirote haría falta para tapar los ombligos de
priostes y capataces).
Y, la ilusión inicial medrada con oración y ponderada con
sacrificios y renuncias, se ve mermada con cada desprecio, falta de
reconocimiento básico, un simple agradecimiento o una mirada comprensiva ante
la equivocación humana de quien trabaja y se le rompen los platos (y los
esquemas).
Y así, día tras día, bufido tras bufido, desplante tras
desplante, uno se va alejando de la génesis de lo que supuso entrar o colaborar
con más ahínco en su hermandad. Y tras largos periodos de silencio, al final
abandona por la puerta de atrás lo que otrora fueron suspiros y desvelos,
ilusiones, esperanzas en sus respectivas corporaciones. Y, mirando a su
familia, a la que tantas veces olvidamos, en mi caso a mi hijo Yago, a quien
trato de trasmitir día a día mi vida cofrade más allá de la Semana Santa, nos
damos cuenta de que hemos dejado pasar muchas noches de ilusiones, semejantes a
las de Reyes de esta misma semana, por mor de llenar egos de otros sin atender
los nuestros (también legítimos, por qué no).
Ahí, llega el momento. Tenemos avisos. Podemos
enunciarlos y ponerlos voz (como dicen ahora con las emociones): cabreos,
silencios, lágrimas, incomprensiones… y por más que nos resistamos, surge la
duda: ¿debo seguir?, ¿debemos continuar? Y, la respuesta ante el espejo de la
nebulosa de la realidad es ¡NO! Es necesario parar. Puede ser una parada
temporal (suspensión temporal de la convivencia decían en la Casa Real antaño,
cuando aparecían elefantes y corinas entre lechos y escopetas), o definitiva.
Es como dejar de fumar. Desde mi punto de vista es mejor dejarlo ipso facto,
pero hay gente que prefiere reducir el consumo para fumar el doble o el triple
tras ese parón.
Hay vida más allá de la Semana Santa. Hay vida más allá
de San Esteban, de San Pablo, de San Martín, de la Clerecía, de San Sebastián,
de Jesús Obrero, de las Úrsulas, también de mi Santa Nonia querida en León. Y
esa vida es necesaria porque si no seríamos cómplices de seguir alimentando
egos ajenos y cabreos propios.
Las decepciones muchas veces son nuestras porque
confiamos expectativas a personas que buscan likes y proyecciones sociales en cada respiración. Lo nuestro es
asintótico. Rozamos la perfección para nunca lograrla. Nos deslizamos en los
límites del silencio sin callar las injusticias. Gritamos en el vacío de la
nada ante la sordera egocéntrica de manos que portan varas y galletas roídas de
tradición y traición.
Y cuando un día te sientas ante el teclado de tu correo
electrónico, abrazas a tus cercanos, miras tu retrovisor y caminas hacia
delante, comienzas a redactar tu comunicación con un único asunto: «Baja» o «Cambio».
Y escribes en pocas palabras lo mucho callado durante amplios periodos de
tiempo.
Simplemente te cortas la coleta. Da igual lo que hayas
hecho, sido o vivido. Te vas. Y, como un palio cimbreante tras el incienso de
los egos, tú te quedas atrás viendo pasar tu vida cofrade. Te cambias de acera,
de calle, de plaza. Sabes que seguirás en este mundo. Pero formando parte del
que realmente importa, tu vida, tu familia, tus amigos, tu gente. También tus devociones.
Porque seguirán siendo tu Cristo, tu Virgen… mi Nazareno, mis Angustias, mis
Ánimas, mi Pasión…
Lo dicho. Cortase la coleta. Tres palabras. Tres términos.
Un solo concepto: «catarsis».
Feliz año 2025. Felices Reyes. Feliz vuelta a la rutina.




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