06-01-2025
Hace dos años estaba aguardando en el
Alcaraván, aquel agradable café de la calle Compañía, y por aliviarme la espera
me puse a curiosear ciertos libros que se hallaban en un rinconcito, casi
desechos y desechados, y de suerte que hallé una Biblia. En una de las primeras
páginas se ofrecía a modo de exergo una definición del mal:
¿El mal? Es fundamentalmente el rechazo
de la condición de criatura y la pretensión de apropiarse un dios en que se
sueña «para no morir». Es querer tener todo y en seguida, querer ser todo sin
admitir el proceso del tiempo.
Recuerdo que estas palabras me
impactaron profundamente y me hicieron reflexionar. Pienso en ellas a menudo.
En la mayoría de mis lecturas reafirmo la sabiduría que contienen. Por ejemplo,
leo Theodoros de Cartarescu y pienso que habría que haber sido Abraham
para cumplir con un destino semejante mediante el camino de la beatitud. Un
hombre normal solo conoce los caminos terribles de la acción. Su deseo conduce
a su mano y entonces el hombre mata y roba. Pero en el fondo de ello, ¿qué hay?
Normalmente solo un deseo superior. Theodoros tenía un destino demasiado
grande para él. Intentó alcanzarlo mediante el pecado y la perdición. En su
lugar, un santo habría confiado en Dios, y mediante la paciencia y la fe
infinitas, habría obtenido el milagro, si es que acaso le correspondía ese
destino realmente. El mal es querer ser todo y enseguida, querer ser todo
sin admitir el proceso del tiempo.
O el otro día releyendo un párrafo de
DeLillo:
Nos aproximamos a Dios a través de su
carácter no creado. Nos hacen, nos crean. Dios no está hecho. ¿Cómo podemos
pretender el conocimiento de un ser semejante? No le conocemos. No le
afirmamos. Por el contrario, veneramos su negación. Miserables piltrafas que
somos, entiendes.
El mal es fundamentalmente el rechazo de
la condición de criatura y la pretensión de apropiarse un dios en que se sueña
«para no morir». ¿Cuál
es ese dios? El poder. Poder sobre el tiempo, sobre los hombres, sobre la
memoria. Poder de cualquier clase, que en el fondo no es más que influencia
indebida sobre órdenes que nos son ajenos. Poder para no depender de los
procesos del tiempo, poder para imponer nuestra voluntad y ser todo y
enseguida. Vanidad de vanidades. Pretendemos apropiarnos del destino. Forjar
nuestra suerte. Conjugar el fuego de las estrellas y labrar en oro celestial
nuestro nombre. Decimos: «El Destino es un azar que no conocemos. Yo lo crearé
mediante mi voluntad». Como si
pudiéramos nombrar lo desconocido. Como si el orden caótico del mundo, la
infinita complejidad de las interrelaciones cuánticas, fuese determinable por
nuestro capricho. Ante esta actitud habría que contraponer la célebre cita de
Dumas: Hasta el día en que Dios se digne revelar el futuro al hombre, toda
la sabiduría humana está contenida en estas dos palabras: «Espera y confía»
Cristo era un hombre infinitamente
poderoso, es decir, infinitamente tentado de ejercer su poder para imponer su
voluntad. Un hombre corriente, en el lugar de Jesús, hubiese usado su poder
para escapar de su destino, pero aquello no habría sido acorde a la voluntad de
Dios. Por ello, Jesús, aun pudiendo hacerlo, se dejó capturar y matar, sabiendo
desde el primer instante que aquel era su destino, pero no por ello renunciando
a la dicha de vivir. La principal diferencia entre un mártir y un suicida, como
apuntó agudamente Chesterton, es que el mártir muere deseando la vida y el
suicida muere deseando la muerte. Imaginemos para Cristo qué difícil debió haber
sido disfrutar de sus días en la tierra sabiendo que se proyectaba sobre cada
uno de sus pasos la sombra trágica de su destino y que todos y cada uno de sus
gestos lo llevaban a morir crucificado. Un hombre común no conoce los caminos
que conducen a su muerte. Si lo hiciese, bien se cuidaría de transitarlos. Pero
Cristo los recorrió a sabiendas pues tal era la divina voluntad. El demonio lo
tentó en el desierto, quiso que Cristo aceptase el camino del mal, pero Cristo
confió y esperó. «No solo de pan vive el hombre», fue su respuesta. Dudó, como cualquier hombre, pero su fe se
impuso. Con ello abrió las puertas del cielo para los hombres.
Cristo nos enseñó con esto que el camino
de un cristiano es el camino de la paciencia, de la fe en los designios del Señor,
y que un buen cristiano debe repetirse el lema de Dumas: confía y espera. No
incurras en el mal, no escapes de tu destino o te apresures a él mediante las
sendas del pecado, no quieras ser todo y enseguida y acepta los procesos del
tiempo. Confía y espera.
Me gustaría terminar compartiendo una
especie de parábola que leí hace poco por casualidad. En ella se cuenta la
historia de un hombre rico que está golpeando a un hombre pobre. Esto es
observado por un monje, el cual interviene y entonces el hombre rico comienza a
su vez a golpearle furiosamente. Tras unos instantes otros monjes se acercan y
logran contener al hombre rico, aunque para entonces el monje primero había
resultado gravemente herido. Sus compañeros le llevan al monasterio y allí le
curan y le cuidan. Un monje le atiende personalmente y se encarga de
alimentarle y asearle todos los días, cambiándole las vendas y las sábanas
ensangrentadas. Con el tiempo el monje se recupera y es capaz de abrir los ojos
y pronunciar palabras por primera vez, por lo que un grupo de monjes se reúne a
su alrededor para preguntarle si recuerda algo, si sabe la identidad de quien
le está ofreciendo comida para ver si es capaz de reconocer a sus amigos.
A lo que el monje contesta: Hermano,
aquel que me pegó me está alimentando.
La interpretación de esta parábola no
tiene mucha dificultad. Quiere enseñarnos que Dios está en todo. El hombre rico
que había pegado al monje, arrepentido, se metió al monasterio a cuidar a quien
había lastimado. Su mensaje es hermoso: nos dice que incluso a través del mal
Dios es capaz de sacar un bien mayor. De igual modo, todo el mal que sufrió
Cristo fue por un bien mayor: la salvación de nuestras almas. Esta parábola nos
remite a lo anterior: Dios está en todo, por ello, confía y espera.




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