Hasta el mes de marzo, el Archivo Histórico Provincial de
Salamanca acoge una interesante exposición sobre el patrimonio de Cepeda. No es
habitual que un municipio sea tan generoso como para separarse varios meses de
sus imágenes de mayor devoción, pero este es el caso y en la muestra nos
encontramos a San Bartolomé, el patrón del pueblo, y a la que quizá sea su
imagen más querida, su Ecce Homo.
La presencia de este busto es, a la vez que una oportunidad de
acercarse a la fe de uno de los lugares con más magia y personalidad de la
Sierra de Francia, todo un acontecimiento para la Semana Santa salmantina, ya
que el trabajo de restauración desarrollado por Alejandra del Barrio y Alberto
Martín y la labor de documentación realizada por Tomás Gil han permitido adscribir
esta obra singular y delicada a la gubia de Bernardo Pérez de Robles, quizá el
más importante de los escultores salmantinos.
De Bernardo Pérez de Robles disfrutamos en la Semana Santa del
Cristo del Perdón de las madres Bernardas, sin que se haya podido precisar su
fecha de realización. También la Semana Santa salmantina contó con el
excepcional Cristo de la Agonía que se venera actualmente en la iglesia de los
Capuchinos, uno de los mejores crucificados del entorno, realizado por todo un
especialista en este tipo de imágenes.
De este crucificado sí sabemos a ciencia cierta su adscripción al
maestro y la fecha de su donación, 1672. Pérez de Robles se formó en el taller
de su padre, de marcada influencia de Gregorio Fernández, y con apenas veinte
años se marchó a Sevilla, donde tomó contacto con el influyente círculo de Juan
de Mesa, especialmente con Sebastián Rodríguez, autor del conocido Cristo del
Buen Fin sevillano.
Con la caída del mercado hispalense, Bernardo se marchó en su
treintena a Perú, donde consiguió importantes encargos tanto en Lima como en
Arequipa y desde donde regresó unos veinte años después con una relativa
fortuna a Salamanca, donde siguió realizando algunos trabajos, al menos así se
contempla en las dotes de sus hijas. Concretamente, el Cristo de la Agonía es
entregado a cambio del rezo diario al anochecer de dos credos por el bien morir
de los necesitados, tal y como era costumbre en los conventos franciscanos del
virreinato del Perú.
Es con esta pieza sensacional con la que ha podido compararse el
Ecce Homo de Cepeda durante su restauración. Alejandra del Barrio explica que «la
imagen se encontraba en muy buen estado, porque siempre ha sido muy querida por
el pueblo» y su principal problema era la oxidación y el ennegrecimiento del
barniz, que era el original del siglo XVII.
«La retirada de este barniz ha permitido corroborar que el Ecce
Homo tiene una técnica de policromía maravillosa, con un óleo mate y con
técnica de cera y de postizos, exactamente como se puede comprobar en el Cristo
de la Agonía de los Capuchinos», señala del Barrio, que subraya particularmente
las similitudes en el tratamiento de la mirada: «la forma de abordar los ojos,
el resalte de la pupila y los párpados es idéntica».
La restauradora también explica que en la parte inferior del busto
se puede comprobar igualmente el trabajo de azuela, compatible con el gran
crucificado de la cuesta de Ramón y Cajal. «Aunque estemos ante un busto, el
canon de proporción es el mismo que el Cristo de la Agonía y de hecho el
tratamiento de paño de pureza también es muy similar», un paño de pureza que
asimismo recuerda absolutamente al del Cristo del Perdón.
Como con otras grandes imágenes de la Semana Santa de Salamanca,
las adscritas a Pérez de Robles siguen envueltas en alguna nebulosa a falta de
más datos concretos sobre fechas, motivos o comitentes. Por eso, que pueda
adscribirse una nueva obra magnífica al catálogo de este gran artista siempre
es una buena noticia.




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