miércoles, 4 de febrero de 2026

La Magna Procesión y una nueva cofradía

| | 0 comments

J. M. Ferreira Cunquero

Fotografía: F. Cunquero

04-02-2026


No sé a qué junta de Semana Santa competente podría dirigir esta elucubración mañanera que me incita a imaginar una procesión magna recorriendo estas calles, intentando poner el dedo en la fístula más aguda de cualquier indiferencia.

Sé que es imposible este propósito de trastocar la caverna de los sentimientos, cuando afirme que son innecesarias juntas o cuadrillas para llevar a cabo tal proyecto, que surge con las primerizas horas de este día, que nace, como tantos otros, bautizado sin gracia alguna por la insistente monotonía.

De entrada, sé que organizar ese magno desfile irá perdiendo peso al descubrirse que son innecesarios dirigente, jefes de paso, consejeros y capillitas. Peor se cocerá la manteca en el cazuelo, al afirmarse que sobrarían costaleros y portadores de pasos, mesas y resto de artilugios.

Fíjate tú, organizar una procesión sin directores generales ni tramos para lucir el hábito de lucir más lucido. Ya digo, una locura de planteamiento que, aunque difícil de asimilar, alimenta en lo más dentro de mis intenciones, la quimera precisa para seguir tirando por estos vericuetos tan discordantes de la religiosidad popular y de ese cristianismo de andar por casa, que regamos a veces con la machacona lluvia de los disparates.

La nueva cofradía

De ahí nace mi propósito de fundar una nueva cofradía.  Una cofradía ajena a cualquier diócesis que pueda señalar a un solo hermano mío por asuntos de divorcio, separación o arrejuntamiento, mientras se mira hacia otro lado, no vaya a derramarse el aguacero en la finca de la propia remolacha. Una cofradía ajena a los caprichos de quienes dejan desde el poder religioso la injusta marca (algunos la hemos vivido) de la falacia en forma de contradicciones, como cosa propia de caprichos y pueriles banalidades. Una cofradía alejada de cualquier junta o directriz que maneje un solo céntimo de euro que surja de las arcas de la componenda política, que suele lubricar vínculos a base subvenciones y postureos.

Esta desvariada y desatinada propuesta, no admite cofrades al uso, ni precisa convertir el ciruelo (tan mencionado por Antonio Lucas Verdú) en cualquier tipo de imagen.

Será innecesario vestir hábito o adquirir complementos que exalten cualquier tipo de ocurrencia. Todos los penitentes necesarios ya han solicitado su inscripción desde diversos lugares del mundo y sobran ayuntamientos y organizadores que asignen horarios, callejuelas y vallajes

La procesión

Ausentes y cadavéricos rostros iban llegando de todos los lugares cual si fueran penitentes de verdad y cercanía.

El calvario lo merodeaban millones de cruces portadas en hombros magullados por una desazón parida por el olvido, mientras se estiraban sus sombras por los cabellos mugrientos del hambre, la violencia y la guerra. El Cristo de los adentros se acunaba en el interior de aquellos seres humanos que procesionaban como fantasmales mendigos, por las plazuelas más solitarias de la memoria y el tiempo.

La injusticia más vil que pudiera imaginarse fue cincelando los cristos humanos que procesionaban sobre los inmensos pasos de la mala suerte, mientras al otro lado de las horas, seguía creciendo un descomunal cosmos consumista.

Después de aquellos días, un silencio institucional llenaba de apariencia las balconadas y se nutrían los altavoces de gritos sobre derechos humanos y arduas defensas de privilegios, para los privilegiados paraísos de la individualidad y la prisa.

Pero al fin llegaron los haraposos cofrades sin dignidad alguna, en la hora procesional más exacta de la anochecida, a las calles despobladas de la Semana Santa más sorda, indiferente y banal de la historia. Junto a todos los desheredados de la tierra, cuatro millones de cristianos perseguidos se preguntaron entonces, dónde estábamos nosotros.

No hubo gente para recibirlos. No se cortaron cintas ni se agitaron banderas. Tal como llegaron, se fueron hacia los focos de la nada, mientras un musculoso abanico de tinieblas les cubrió la frente y cuanto eran. Soñé que un Cristo demasiado herido huyó con ellos hacia la más lejana de las lejanías buscando un nuevo lugar para el aliento.

 

Son vísperas y el viento no ha bajado

a soplar en los óleos amarillos

de los tréboles secos la tristeza.

No ha decorado nadie los carteles

ni de los olmos cuelgan las pancartas.

¿Qué lumbre haremos con las jaras secas

para que aquí se pare el Esperado?

¿Qué cantos brotarán de nuestras voces

al sentir su llegada cuando el fuego?

Son vísperas y oscuras las ventanas

palidecen los cercos del jardín

batidos en un bol como la noche.

No habremos decorado cuando llegue

con los adornos del alma la alameda

y estaremos en vísperas mañana,

como ayer preparando otro festejo.

 

                       (Fragmento del libro Retablo interior)



0 comments:

¿Qué buscas?

Twitter YouTube Facebook
Proyecto editado por la Tertulia Cofrade Pasión