No sé a qué junta de Semana Santa competente
podría dirigir esta elucubración mañanera que me incita a imaginar una
procesión magna recorriendo estas calles, intentando poner el dedo en la fístula
más aguda de cualquier indiferencia.
Sé que es imposible este propósito de trastocar
la caverna de los sentimientos, cuando afirme que son innecesarias juntas o
cuadrillas para llevar a cabo tal proyecto, que surge con las primerizas horas
de este día, que nace, como tantos otros, bautizado sin gracia alguna por la
insistente monotonía.
De entrada, sé que organizar ese magno
desfile irá perdiendo peso al descubrirse que son innecesarios dirigente, jefes
de paso, consejeros y capillitas. Peor se cocerá la manteca en el cazuelo,
al afirmarse que sobrarían costaleros y portadores de pasos, mesas y resto de
artilugios.
Fíjate tú, organizar una procesión sin directores
generales ni tramos para lucir el hábito de lucir más lucido. Ya digo, una
locura de planteamiento que, aunque difícil de asimilar, alimenta en lo más
dentro de mis intenciones, la quimera precisa para seguir tirando por estos
vericuetos tan discordantes de la religiosidad popular y de ese cristianismo de
andar por casa, que regamos a veces con la machacona lluvia de los disparates.
La nueva cofradía
De ahí nace mi propósito de fundar una
nueva cofradía. Una cofradía ajena a
cualquier diócesis que pueda señalar a un solo hermano mío por asuntos de
divorcio, separación o arrejuntamiento, mientras se mira hacia otro lado, no
vaya a derramarse el aguacero en la finca de la propia remolacha. Una cofradía
ajena a los caprichos de quienes dejan desde el poder religioso la injusta
marca (algunos la hemos vivido) de la falacia en forma de contradicciones, como
cosa propia de caprichos y pueriles banalidades. Una cofradía alejada de
cualquier junta o directriz que maneje un solo céntimo de euro que surja de las
arcas de la componenda política, que suele lubricar vínculos a base subvenciones
y postureos.
Esta desvariada y desatinada propuesta,
no admite cofrades al uso, ni precisa convertir el ciruelo (tan mencionado por
Antonio Lucas Verdú) en cualquier tipo de imagen.
Será innecesario vestir hábito o adquirir
complementos que exalten cualquier tipo de ocurrencia. Todos los penitentes
necesarios ya han solicitado su inscripción desde diversos lugares del mundo y
sobran ayuntamientos y organizadores que asignen horarios, callejuelas y vallajes…
La procesión
Ausentes y cadavéricos rostros iban llegando
de todos los lugares cual si fueran penitentes de verdad y cercanía.
El calvario lo merodeaban millones de
cruces portadas en hombros magullados por una desazón parida por el olvido, mientras
se estiraban sus sombras por los cabellos mugrientos del hambre, la violencia y
la guerra. El Cristo de los adentros se acunaba en el interior de aquellos
seres humanos que procesionaban como fantasmales mendigos, por las plazuelas más
solitarias de la memoria y el tiempo.
La injusticia más vil que pudiera
imaginarse fue cincelando los cristos humanos que procesionaban sobre los inmensos
pasos de la mala suerte, mientras al otro lado de las horas, seguía creciendo un
descomunal cosmos consumista.
Después de aquellos días, un silencio
institucional llenaba de apariencia las balconadas y se nutrían los altavoces de
gritos sobre derechos humanos y arduas defensas de privilegios, para los privilegiados
paraísos de la individualidad y la prisa.
Pero al fin llegaron los haraposos cofrades
sin dignidad alguna, en la hora procesional más exacta de la anochecida, a las
calles despobladas de la Semana Santa más sorda, indiferente y banal de la
historia. Junto a todos los desheredados de la tierra, cuatro millones de
cristianos perseguidos se preguntaron entonces, dónde estábamos nosotros.
No hubo gente para recibirlos. No se
cortaron cintas ni se agitaron banderas. Tal como llegaron, se fueron hacia los
focos de la nada, mientras un musculoso abanico de tinieblas les cubrió la
frente y cuanto eran. Soñé que un Cristo demasiado herido huyó con ellos hacia
la más lejana de las lejanías buscando un nuevo lugar para el aliento.
Son vísperas y el viento no ha bajado
a soplar en los óleos amarillos
de
los tréboles secos la tristeza.
No
ha decorado nadie los carteles
ni de los olmos cuelgan las pancartas.
¿Qué lumbre haremos con las jaras secas
para que aquí se pare el Esperado?
¿Qué cantos brotarán de nuestras voces
al sentir su llegada cuando el fuego?
Son vísperas y oscuras las ventanas
palidecen los cercos del jardín
batidos en un bol como la noche.
No habremos decorado cuando llegue
con los adornos del alma la alameda
y estaremos en vísperas mañana,
como ayer preparando otro festejo.
(Fragmento del libro Retablo interior)




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