«Yo confieso ante Dios todopoderoso, y
ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho [...]».
Sí, sin duda, pecadores todos, el
primero uno mismo y, aunque tengamos propensión a la pedrada rápida e
inmisericorde, haciendo caso al Maestro ninguno de nosotros es digno de lanzar
primero. Pero esta vez, por desesperación (o desesperanza, que lo mismo da) me
atrevo a, en este aparte que como imaginará el lector no va de nuestra
identidad perdida, apuntar con dedo firme hacia arriba, no tanto para acusar
como para señalar lo que, no obstante la jerarquía y su correcta obediencia, no
hemos de consentir.
Circula, es viral, que se dice, y lo
habrá visto el lector o su entorno, un triste vídeo de nuestro obispo, que
nuestro es tanto como de nuestros mirobrigenses vecinos, litúrgicamente
pertrechado, más en lo que a todas luces parece una caseta de verbena, o bar de
campaña, con colorido fondo de lo que tan a las claras representa el mayor o
más ostensible mal de nuestro clero diocesano, y redondeando la estampa por el
hecho de que con despreocupada afabilidad ríe las blasfemas gracias al poco
ejemplar símbolo patrio que en el Mariquelo tenemos los salmantinos.
Al hilo de tan desafortunado marco y
entrando, en fin, en el mejunje cofrade, por ser la parte que aquí a los
católicos nos atañe, comparto al aire mi aflicción (ciertamente dolorosa) por
lo que considero un grave deterioro de la viabilidad de las cofradías como
asociaciones de eso, de fieles católicos: la falta, descuido, u omisión
consciente de pastores que guíen a este rebaño que somos por el sinuoso camino
de la fe.
Sorprendente es, por inapropiado, que la
decana azul no tenga en su casa un rector reconocido y reconocible desde que
faltase don Pedro, como así se hace saber (de poco suaves maneras, por cierto,
como pude comprobar hace unos días) a quien por él entra preguntando en tan
barroco museo.
Sorprendente es, por inaceptable, que
para dos celebraciones de la Eucaristía que algunos tienen al año, faltando por
imprevisión las Especies para consagrar, el principal encargado de la piedad
comunitaria se limite a encoger los hombros con un chascarrillo y a proseguir
celebraciones oscuras y desangeladas que, no viéndose en campestres
campamentos, las vemos en el más suntuoso templo de nuestra estudiantil ciudad.
Sorprendente es, por intempestivo, que
no se trate de corregir fraternalmente el hecho de que haya quien medite
públicamente las catorce estaciones de la vía dolorosa en la tarde que,
reluciendo más que el Sol, la Iglesia dedica por entero y en exclusiva a la
Eucaristía.
Sorprendente es, por impensable, que se
aprovechen homilías y fervorines de actos cofrades para públicamente atacar a
vena hinchada a la misma «población cofrade», cual martillo inquisitorial ante
herejes al borde de su relajación, cuando no existe ni ha existido con
anterioridad un correcto acompañamiento, ni fingimiento siquiera, de paternal
escucha.
Sorprendente es, por infame, que de
entre nuestros capellanes, consiliarios, directores espirituales, etc. haya
quien se dedique a mofarse y despellejar a cofrades y cofradías ante otros
compañeros de sotana (bueno, de sotana ya no, ojalá, de camisa y vaqueros) que
no tienen la suerte o la desgracia de ejercer su ministerio para con nosotros,
y por tanto de conocernos en nuestros defectos y virtudes.
Sorprendente es, por extraordinario, que
se den oasis de agua abundante entre tanta sed como es fray Enrique Mora, que
conjugando campechanía y decoro en la parla y en la pluma nos sabe acercar,
Despojado mediante, la sabia Teología y la acogedora Pastoral. ¡Deo gratias!
No sorprende, por todo ello, que en este
prado del asociacionismo piadoso se den casos, alarmantes y preocupantes, como
los vividos y escuchados por un servidor, de cofrades que aseguran ver en
Cristo «un personaje que pasó a la Historia por ser revolucionario como el Ché»,
o de cofrades (este caso hace apenas unas horas) que se declaran budistas «porque
es mejor la reencarnación que eso del morir y ya veremos si resucitas». Y así
con lo que cada lector quiera añadir, que seguro que hay más.
Esto no quiere ser vacía acusación, sino
encendida solicitud de un acompañamiento continuado, más allá de obligatorios
cursillos para directivos y normativas a medio cumplir; de un esfuerzo por
acercarnos, ya que alejada periferia se nos considera, a nuestra católica
familia diocesana, que para ello pertenecemos a una Delegación con un magnífico
delegado; de una paternidad firme y convencida que nos sostenga y nos empuje;
porque de no ser así las cosas, sin que nadie nos anime a dar importancia a lo
importante; a ansiar formarnos cada día más en nuestra maravillosa fe, virtud
primada; a pretender ser espiritualmente más correctos y a cuidar el debido culto
y alabanza al Bien Supremo, que es de donde nos viene y a quien debemos la caridad
que tanto promulgamos... el rebaño nunca será de dóciles ovejas, sino de tercas
cabras y, por ende, quien las gobierne no será pastor, sino cabrero.
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