¿No escuchas
ese ruido?, ¿no escuchas el soniquete? Aún está lejano, pero llega. Vibra el
viento, vibra el tiempo, vibra el alma. Porque es diferente lo que trae,
susurra, aun tempestuoso, susurra.
Corre la
novia tras su amado, que lo ha oído, y se le va. Y hay un aviso, con sonido.
Estamos a
las puertas de un tiempo especial, hemos de prepararnos para los días santos, «¡ábreme, hermana, amiga
mía…!», dice el novio a la novia en el Cantar de los cantares,
porque el novio llega. La novia se demora, abre, y el novio no está, se fue.
Nos habla el hagiógrafo, leemos, hemos de leer el pasaje y nos ha de
interpelar. Sabemos qué viene después, pero ¿escucharemos el susurro a su
paso?, ¿será su presencia elusiva? La novia tuvo que salir tras su amado,
porque se había ido. Por qué vino el novio, por qué va la novia tras él.
Hoy ese amor
nos es extraño, porque vivimos más de amores centrados en el ego, centrados en
el agrado, en la búsqueda de una satisfacción espuria que no calma el alma,
porque no es su naturaleza, porque la hemos confundido. No es un novio al uso.
Viene con la Pasión. Y exige pasar por ella, porque evitarla no es una opción.
Porque no
corre, porque pasa, porque se para… ese ruido.
Suena el paso,
los tambores lo marcan, sólo suenan los tambores. Una corneta. Como una daga la
corneta penetra en el alma. La para, detiene el tiempo, y la pone ante el
umbral, tiene que decidir, tenemos que decidir, ¿es o no es?, él pasa, está
ante mí, bajo ese olivo orando, en esa columna atado, en esa cruz… sufriente,
muerto en los brazos de su madre. El tambor me avisa, los palillos me
despiertan, la corneta se me clava. Canta la corneta y dice: «¿Por qué ha muerto?». No lo pregunta porque
sí, te lo pregunta a ti. ¿Estás listo para responder al aviso de la corneta?,
¿qué respondes? Cuidado, no es una respuesta inocua la que se da. La respuesta
es seguir, asumir el camino que marca, y llevarla al extremo, ensanchando su
camino porque decimos que continuamos con la tradición, y no es solo
prolongarla, perdurarla. Somos en la tradición y no de otro modo, porque seguimos.
¿Qué
respondes?, ¿con qué respondes? No es cualquier respuesta la que se espera, la
que puedes dar, busca con tu respuesta la Verdad, y
Dios sabe la verdad de todo […] y pues Dios nos echó en el mundo, Él sabe para qué, y a su misericordia me atengo, y no a las barbas de nadie (El Quijote, II, 40).
¿Se aproxima
tu respuesta a su misericordia?
El viento es
viento, igual que otros vientos; el tiempo se cuenta igual.
Pero el
viento, este viento, y el tiempo, este tiempo, al entrar y tocar el alma, se
vuelven singulares.
Y el alma no
para, se inquieta, se sabe en su quicio. Empieza.




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