lunes, 16 de febrero de 2026

¿«Todos los caminos van a Roma»?

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Enrique Mora González OdM

Fotografía: Pablo de la Peña

16-02-2026


En toda la Iglesia católica existe un clamor unánime que procede de un dolor compartido. El dolor procede del despego (y desafecto) de la fe y de la Iglesia (secularización y laización) del Occidente —y con el llamado Occidente el resto de las latitudes de la globalización cultural a otro ritmo, pero que va encaminado en la misma dirección—. Y este dolor se hace clamor o se convierte en desafío, como dicen los optimistas, de lo que se ha dado en llamar la tarea o misión de la «nueva evangelización» para revertir tal situación. Todos en la Iglesia queremos el mismo fin, «el ir a Roma», pero la pregunta está en «si todos los caminos valen». Por decirla a la breve y que se me entienda, da la sensación, cambiando la ciudad del dicho, que todos queremos y deseamos, llenos de buena voluntad, «ir a Madrid», pero a Madrid no sé si se puede llegar en barco tan fácilmente. Los medios, el ir en barco o en carreta, no son lo mismo, pues parten de dos lecturas distintas de la realidad (causas del problema o mera lectura orográfica) y, por ello y con ello, las 'respuestas terapéuticas' (pastoral, espiritualidad, formas y maneras) se distancian. Los medios retratan, por tanto, la lectura de la causa del 'problema'. Así como, la interpretación y/o lectura del 'problema' deriva necesariamente de la concepción (distinta) que se tenga de la fe, de la verdad, de la Iglesia y del mundo. ¡Ahí es nada!

El diagnóstico de las causas de la 'enfermedad' (el que la gente no vaya a misa ni se le espere) es distinto. Para la gran mayoría (eclesiástica) el problema radica en la 'falta de lenguaje apropiado', en la 'rigidez', en el 'clericalismo', y en haber 'estructuras y formas obsoletas', pues la Iglesia debería 'aprender de la historia', 'enriquecerse con el mundo moderno' y 'dialogar en pie de igualdad'. Mientras que para un pequeño resto de Israel el problema radica en la 'pérdida de fe', en la 'infiltración de errores doctrinales' y en el 'abandono del principio de verdad objetiva', pues la Iglesia, aunque esto suene a una reacción alternativa intolerable, es una 'societas perfecta', 'depositaria de una verdad superior a toda época' y es y debería ser 'correctora de las culturas cuando se desvían'.

La cuestión, sin bajar al terreno pastoral concreto, se ve caer por su propio peso y es el hecho de que no se puede combatir eficazmente un efecto (la laización y abandono de la Iglesia) manteniendo intactas sus causas (las causas que lo provocan). Pero si la lectura de las causas es inapropiada... pues, ¡apaga y vámonos! o ¡brindemos con la embriaguez de un optimismo ingenuo! Lo que dice el salmo, «si fallan los cimientos, ¿qué podrá hacer el hombre justo?».

La clave radica (o piedra de choque), perdónenme la osadía, en la misma noción de verdad. La noción de la 'Verdad Revelada' como dialógica, histórica, formulable de múltiples maneras equivalentes y subordinada a la recepción cultural llevará por el camino pastoral de la no confrontación, de la minimización del pecado, del uso de un lenguaje inclusivo y ambiguo y de la adaptación al hombre moderno, pues el mundo, se entiende, no está radicalmente herido por el pecado, y entonces no necesita de conversión, sino solo de acompañamiento. Mientras que el concepto clásico (y lo «clásico» como dijo aquel sabio torero «es aquello que no se puede hacer mejor») comprende humildemente que la 'Verdad Revelada' es objetiva, inmutable en su contenido, que puede desarrollarse de manera acumulativa, aditiva y depurativa, pero no puede interpretarse contra su sentido previo y que esta es norma de juicio sobre la cultura y no al revés. Lo que hará, para esos pocos y no muy bien vistos y menos aún comprendidos clásicos, el hecho de proponer que el camino de la nueva evangelización solo es posible si se predica el pecado, el juicio, la gracia, la conversión y se acepta, con realismo y humildad, el conflicto con el mundo y se rechaza la neutralidad religiosa.

La realidad, por otra parte, además, se impone y, aunque es muy romántico diseñar en los escritorios teoréticos pastorales el viaje por barco a Madrid, la cuestión es que el resultado (aunque no caemos en el pragmatismo) de los 'medios oficiales eclesiales' de estos últimos decenios (fruto de la cuestión señalada) es y ha sido la aceleración del desplome de la práctica sacramental, el colapso vocacional, la ignorancia (o confusión) doctrinal masiva y lo que es más, la inquietante secularización interna del clero y de los fieles. En fin, nada que no sea sabido, aunque cueste ser admitido.

Pero, dejo aquí la pregunta al aire: ¿se pueden revertir los efectos con los medios que no responden a las verdaderas causas de fondo? ¿Basta con 'moderar la revolución para asentarla' o se necesita una 'reacción' que conlleve el humilde reconocimiento de los errores hondos que no de meras voluntades? Hasta aquí puedo leer y «el que pueda entender que entienda» que tampoco es cuestión de buscar martirios... ni para los 'unos', ni para los 'romanos'.

Y, en fin, las hermandades, cofradías y congregaciones en medio de este guisado, como no podría ser de otra manera. Pues para los Unos (pocos y mal comprendidos) y para los Romanos, esto es, insisto, para los unos y los otros, estas constituyen unos brazos de la «nueva evangelización» de la Iglesia católica y por esto y por ende todos los 'problemas' (de sus modos, fines, maneras, pactos, 'espiritualidades' de estas asociaciones de fieles laicos) radican y proceden de este problema mayor o causa común. ¡Menuda tarea! ¡Vaya losa! Aplico aquí el dicho de Tirso de Molina con respecto al puente de Toledo sobre el río Manzanares, «mucho ojo para tan poca lágrima», pues esto es lo que a las hermandades desborda y arrastra. Yo en esto digo, como dijo el sabio gitano de mi pueblo cuando lo fueron a alistar, por la fuerza, para ir al frente en la guerra civil, que se resistía diciendo: «los payos la han 'liao', los payos la deslíen». El problema es que, en medio de los tiros y de la riada, estamos todos y ya no sabe uno para qué lado vendimiar o remar o si quedarse sentado «viéndolas venir, dejándolas pasar y matándolas callando». En fin, parafraseando a Fernando VII, pues parce que no queda otra, «naveguemos, todos juntos —aunque sin esperanza alguna de llegar a Madrid, añado— por la senda de la revolución».

«Detente (bala), el Corazón de Jesús está conmigo. Venga a nosotros tu reino». Amén.


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