martes, 10 de febrero de 2026

Los tercios de Flandes

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Félix Torres

Fotografía: Archivo Cofradía de la Vera Cruz

10-02-2026

Imagino que aquellos parroquianos de la sevillanísima San Gil, cuando, allá por el XVII, decidieron vestirse a la romana para dar escolta al también sevillanísimo Señor de la Sentencia, nunca llegaron a imaginar la trascendencia de aquella decisión que, tras más de un altibajo en forma de desapariciones y vuelta a aparecer, no solo ha perdurado hasta nuestros días, sino que se ha consolidado y, en su parafernalia, nadie entendería hoy en día la procesión de la Hermandad Macarena sin la escolta de los armaos de su Centuria Romana.

Seguro que más de uno, entonces –y digo entonces pensando en los inicios del XVII y en las reorganizaciones y reapariciones del XVIII y del XIX–, cuando se consolida finalmente en la década de 1890, puso el grito en el cielo y vio en todo aquello más patochada, incluso herejía, que ingenua bondad intentando dar realce a lo que para ellos, los cofrades macarenos, era el momento culmen de su vida de hermandad, cual era poner la procesión en la calle. La mejor procesión. La mejor de las procesiones.

También he imaginado a los villalpandinos que, en su ardor festivo llegan a olvidar su férrea defensa del voto inmaculista mientras se desbordan en su gurrumbada entre orujos y sopas de ajo, y cómo son vistos desde fuera, desde lo ajeno y escéptico, como poco adecuados de actitud en ese momento en que de lo que se está tratando es del dogma de la Inmaculada Concepción de María y de su defensa. Claro, que también hay quienes ven como raros fantoches a los amortajados cofrades de Bercianos, cuando verdaderamente deben ser considerados como un ejemplo único de fervor y tradición.

Pues, no sé si todo eso que se me ha venido a la mente ha sido conjunción astral o el resultado de que estaba viendo el programa de viajes del Club de los 60 –que uno ya se va haciendo de estos clubes de gente mayor– y me llamó la atención el que tenía como destino Flandes. Sí, ese Flandes de los Tercios, de Empel, del milagro inmaculista... y me vi junto a estos nuevos Tercios que, desde hace un tiempo, rememoran en nuestra ciudad aquellos tiempos imperiales, dando escolta a la Inmaculada de Fernández en la dorada capilla de la cofradía decana. Y me imaginé esa escolta en una cualquiera de nuestras procesiones de Semana Santa, ¿por qué no? Y me vi en el lugar de aquellos que se soliviantaron cuando lo de los armaos o en el de aquellos otros que ven casi sacrílego lo de las sopas de ajo en mitad de la procesión de Jesús Nazareno en nuestra hermana Zamora.

Y pensé, desde mi ignorancia de espectador externo, que aquello de los Tercios salmantinos en nuestros templos, visto como esa teatralización que hacen, era algo fuera de lugar, precisamente por ese carácter artificial que parece tener todo lo representado. Pero, ¿y si esto es algo que, como lo de los armaos, nace de la verdadera devoción? ¿Y si esa forma de hacerlo parte más de la fe que del espectáculo, de una verdadera forma de entender la defensa del dogma inmaculista más allá de trajes de época u otras parafernalias?

Tengo claro que, en ninguna circunstancia, se deben mezclar actos casi paganos con los sentimientos y la liturgia por más bien intencionados que sean. Pero si lo que se está poniendo a la vista es una manifestación de fe, tan válida como la de los villalpandinos, la de los armaos macarenos o, voy más allá, la de cofrades vestidos de hábito y capirote o zapatilla y costal, no estoy ya tan seguro de que esos comportamientos, escenificados pero sentidos, sean merecedores de críticas ni deban ser contemplados como fuera de lugar, si su lugar es la oración. Quizá con el tiempo, cuando la costumbre nos hiciera ver lo ahora excéntrico como natural, veamos esos actos de escolta y homenaje como algo propio, natural y encajado en los actos religiosos sin apreciar nada criticable ni, mucho menos, sacrílego.

Y en estas ando, que no sé si las gentes de los Tercios deben escoltar a la Inmaculada en el día de su festividad, de la misma forma que no sé si el tamborilero debe hacer sonar su gaita frente al altar en el momento de la consagración el día de la fiesta del pueblo. Por más que lo del tamborilero sea cosa de toda la vida y lo de esta gente añorante de las glorias imperiales, seguro que con la mejor de las intenciones, sea de ayer como quien dice. Vamos, que, si la fe mueve montañas, los veo escoltando el Pilatos de la Seráfica como si de la Centuria se tratase.



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