Imagino que aquellos parroquianos de la sevillanísima San
Gil, cuando, allá por el XVII, decidieron vestirse a la romana para dar escolta
al también sevillanísimo Señor de la Sentencia, nunca llegaron a imaginar la
trascendencia de aquella decisión que, tras más de un altibajo en forma de
desapariciones y vuelta a aparecer, no solo ha perdurado hasta nuestros días,
sino que se ha consolidado y, en su parafernalia, nadie entendería hoy en día
la procesión de la Hermandad Macarena sin la escolta de los armaos de su
Centuria Romana.
Seguro que más de uno, entonces –y digo entonces pensando
en los inicios del XVII y en las reorganizaciones y reapariciones del XVIII y
del XIX–, cuando se consolida finalmente en la década de 1890, puso el grito en
el cielo y vio en todo aquello más patochada, incluso herejía, que ingenua
bondad intentando dar realce a lo que para ellos, los cofrades macarenos, era
el momento culmen de su vida de hermandad, cual era poner la procesión en la
calle. La mejor procesión. La mejor de las procesiones.
También he imaginado a los villalpandinos que, en su ardor
festivo llegan a olvidar su férrea defensa del voto inmaculista mientras se
desbordan en su gurrumbada entre orujos y sopas de ajo, y cómo son vistos desde
fuera, desde lo ajeno y escéptico, como poco adecuados de actitud en ese
momento en que de lo que se está tratando es del dogma de la Inmaculada
Concepción de María y de su defensa. Claro, que también hay quienes ven como
raros fantoches a los amortajados cofrades de Bercianos, cuando verdaderamente
deben ser considerados como un ejemplo único de fervor y tradición.
Pues, no sé si todo eso que se me ha venido a la mente ha
sido conjunción astral o el resultado de que estaba viendo el programa de
viajes del Club de los 60 –que uno ya se va haciendo de estos clubes de gente
mayor– y me llamó la atención el que tenía como destino Flandes. Sí, ese
Flandes de los Tercios, de Empel, del milagro inmaculista... y me vi junto a
estos nuevos Tercios que, desde hace un tiempo, rememoran en nuestra ciudad
aquellos tiempos imperiales, dando escolta a la Inmaculada de Fernández en la
dorada capilla de la cofradía decana. Y me imaginé esa escolta en una
cualquiera de nuestras procesiones de Semana Santa, ¿por qué no? Y me vi en el
lugar de aquellos que se soliviantaron cuando lo de los armaos o en el de
aquellos otros que ven casi sacrílego lo de las sopas de ajo en mitad de la
procesión de Jesús Nazareno en nuestra hermana Zamora.
Y pensé, desde mi ignorancia de espectador externo, que aquello
de los Tercios salmantinos en nuestros templos, visto como esa teatralización
que hacen, era algo fuera de lugar, precisamente por ese carácter artificial
que parece tener todo lo representado. Pero, ¿y si esto es algo que, como lo de
los armaos, nace de la verdadera devoción? ¿Y si esa forma de hacerlo parte más
de la fe que del espectáculo, de una verdadera forma de entender la defensa del
dogma inmaculista más allá de trajes de época u otras parafernalias?
Tengo claro que, en ninguna circunstancia, se deben mezclar
actos casi paganos con los sentimientos y la liturgia por más bien
intencionados que sean. Pero si lo que se está poniendo a la vista es una
manifestación de fe, tan válida como la de los villalpandinos, la de los armaos
macarenos o, voy más allá, la de cofrades vestidos de hábito y capirote o
zapatilla y costal, no estoy ya tan seguro de que esos comportamientos,
escenificados pero sentidos, sean merecedores de críticas ni deban ser contemplados
como fuera de lugar, si su lugar es la oración. Quizá con el tiempo, cuando la
costumbre nos hiciera ver lo ahora excéntrico como natural, veamos esos actos
de escolta y homenaje como algo propio, natural y encajado en los actos
religiosos sin apreciar nada criticable ni, mucho menos, sacrílego.
Y en estas ando, que no sé si las gentes de los Tercios
deben escoltar a la Inmaculada en el día de su festividad, de la misma forma
que no sé si el tamborilero debe hacer sonar su gaita frente al altar en el
momento de la consagración el día de la fiesta del pueblo. Por más que lo del
tamborilero sea cosa de toda la vida y lo de esta gente añorante de las glorias
imperiales, seguro que con la mejor de las intenciones, sea de ayer como quien
dice. Vamos, que, si la fe mueve montañas, los veo escoltando el Pilatos de la
Seráfica como si de la Centuria se tratase.




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