lunes, 2 de febrero de 2026

Valero

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Álex J. García Montero

Fotografía: Pablo de la Peña

02-02-2026

Hay que tener ganas para ir en invierno a un pueblo. Los que hemos vivido en pueblos sabemos realmente lo que la realidad rural esconde. Vamos a enumerar vivencias de lo rural y de la llamada España Vaciada, más bien España despoblada.

En un pueblo, por regla general si es pequeño, se acumulan los odios cainitas hasta la saciedad. Familias enfrentadas desde los siglos de partidas de bautismo teñidas de la tinta del odio y la venganza hasta la actualidad.

En un pueblo la propiedad privada es la excusa perfecta para acabar con la vida de alguien. Envenenar mascotas y animales de compañía, incluso sacar la escopeta y atravesar la vida de alguien con la excusa de haber atravesado una linde escasos milímetros.

En un pueblo no hay nada como la paz y la tranquilidad. Eso sí. Tienes, además del berrido de los gallos al temprano amanecer del estío, campanas aparte, las obras sin licencia que el vecino de al lado lleva a cabo con maquinaria del tres al cuarto, cuyo liviano sonido trastocado en ruido infernal te despierta de cualquier letargo celestial.

Qué decir de mosquitos, avispas, avispones, moscas, garrapatas, moscardones, tábanos, cínifes… que amplían su ámbito de jodienda justo cuando se confunden comidas, almuerzos y cenas. Ya es casualidad que la avispa asiática prolifere cuando se pretende etiquetar bien la miel autóctona.

Y sí. Vas a un pueblo y tienes que aguantar, día sí, día también que los cuatro que viven todo el año en la comarca te restriegan que apenas pagan impuestos, pero que quieren servicios de primera, las conversaciones recurrentes del bar (si lo hubiere) que giran en torno al tedioso fútbol, los coches (a ver quién la tiene más grande) y todo lo que gire en torno a la DGT (Guardia Civil de Tráfico, multas, velocidades…). En esas estamos.

Claro que lo mejor del pueblo es disfrutar de la gastronomía local. No hay nada como productos que son de cercanía, dicen. Y sí. Son del supermercado más cercano a veinte o treinta kilómetros que te cobran la cinta de lomo a precio de solomillo de ternera. Que se hace imposible reservar en un restaurante porque está copado y tardan la intemerata en servirte. Y que, en dicha fonda con encanto rural (encanto dícese del estiércol hecho plato tradicional de denominación de origen), todo se tapa con vinagre de Módena, típico charro donde se precie. A ver cuándo inventan el vinagre de Tiriñuelo, que seguro tiene más éxito.

Ya no digo ir en invierno, donde el frío y la humedad hacen florecer las escarolas y el lumbago junto con los procesos catarrales habituales que hacen que cuando vuelves al ajetreo de la ciudad estás a punto de visitar como inquilino el cementerio de Tejares.

Finalmente, sí. Toda la tranquilidad del pueblo se resume en trabajar, trabajar, trabajar y trabajar. En los pueblos, el lema nobiliario del agro es… «Hay que…». Hay que subir la leña, hay que reunirse para preparar las fiestas, hay que poner la calefacción dos lustros antes, hay que arreglar el tejado, hay que preparar el huerto, hay que regar, hay que limpiar las malas hierbas, hay que poner los relojes en hora… El caso es finiquitar cualquier atisbo de ilusión de descanso, desconexión y placer de holganza.

En todo hay algo que salva al pueblo. Pensemos en la Sierra. Pensemos en Valero. Sierra pura, panales, abejas… y sí, toros. Toros con mayúscula. Porque Valero es el prolegómeno de lo que debe ser la tauromaquia. Un festival popular con un figura o asíntota de figura que torea para al son de la gaita y el tamboril, posiblemente de El Mariquelo, se enfrenta bajo el frío del invierno más duro a dos morlacos en un reducido laberinto de Minotauro rural.

En Valero los trajes de luces se tornan en tarde campera de chaquetas gruesas que protegen más del frío que del miedo, en un festejo más cercano a los Sanjuanes caurienses o a lo popular del futuro ya cercano Carnaval del Toro de Miróbriga, que a grandes ferias como la próxima primaveral de Fallas en Valencia o la Magdalena de Castellón.

En Valero, se huele a esencia. A brasa de leña de encina y quejigo. Al abrigo del frío hecho estameña. Al toro que viene a morir directo desde la dehesa sin alharacas. A toreo del puro. A lleno en plaza pequeña de vacío existencial orteguiano.

Valero es lo que es a la Semana Santa la apuesta de algunas hermandades por hacer lo contrario a lo que otras han cogido la delantera.

Valero es Franciscana Humildad de vuelta a San Martín. Es Liberación en soledad de madrugada en las cercanías de una calle Compañía ausente de sombras y penitentes. Valero son los banzos ya vacíos de pasos entre arrabales y Trento. Valero es un sábado de Silencio en la penumbra de Pizarrales. Valero es el raseo de los pies que llevan a un Doctrinos desde Sorias hasta los silencios de las «Abuelas de Dios». Valero es una Dolorosa de Felipe del Corral transitando por una ancha henchida de agónicas meretrices. Valero es el grito silencioso de Munch ante la injusticia hecha presente en el patíbulo de una Agonía Redentora catedralicia. Valero es la tosquedad de los surcos de madera de Malmierca hecha Trinidad por San Bernardo. Valero es Gaudeamus ante batracios. Valero es manto rojo muleta recogida tras la cornada de una flagelación infame en Clerecía. Valero es Dolorosa de Montagut gritando a un cielo que no escucha. Valero es urna vacía y mortaja llena cualquier tarde de Viernes Santo o mañana de Resurrección. Valero es sacristía dominica de Promesa cumplida. Valero es Huerto jerosolimitano de fotosíntesis de luna. Valero es esencia. Es lo que siempre se dio en esta tierra: austeridad, sobriedad, interioridad y espiritualidad ceñida de carámbano y espiga.

No busquéis bullicio ni algarada ni tormenta a pesar de la fiesta, que en Valero cualquier enero un torero se la juega.

No pidáis costal y os travistáis de penitencia, que se anuncia muerte de Dios entre cantos y piedras.

No implores al turismo; que cada euro de subvención llena las arcas de las treinta monedas de Judas derramadas en atrio infame de soga y traición.

Implora a Valero que siendo pueblo es del pueblo, porque siempre será popular lo que se gesta en dehesa, siendo el único sitio donde el frío se hace toro y el serano se hace torero entre quejigos, charcas y encinas en una gélida tarde de enero.

Áspero albero a finales de enero. Eso es Valero. Es la esencia de una pasión ya perdida entre lunas llenas de primavera que trocó en fiestas florales sureñas.

No busquéis en Valero un Benidorm de la Semana Santa ni ferias abrileñas. Buscad el resort en Salamanca entre el costal, la morcilla, la zapatilla, el martillo y la piedra.



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