Hay que tener ganas para ir en
invierno a un pueblo. Los que hemos vivido en pueblos sabemos realmente lo que
la realidad rural esconde. Vamos a enumerar vivencias de lo rural y de la
llamada España Vaciada, más bien España despoblada.
En un pueblo, por regla general
si es pequeño, se acumulan los odios cainitas hasta la saciedad. Familias
enfrentadas desde los siglos de partidas de bautismo teñidas de la tinta del
odio y la venganza hasta la actualidad.
En un pueblo la propiedad privada
es la excusa perfecta para acabar con la vida de alguien. Envenenar mascotas y
animales de compañía, incluso sacar la escopeta y atravesar la vida de alguien
con la excusa de haber atravesado una linde escasos milímetros.
En un pueblo no hay nada como la
paz y la tranquilidad. Eso sí. Tienes, además del berrido de los gallos al
temprano amanecer del estío, campanas aparte, las obras sin licencia que el
vecino de al lado lleva a cabo con maquinaria del tres al cuarto, cuyo liviano
sonido trastocado en ruido infernal te despierta de cualquier letargo
celestial.
Qué decir de mosquitos, avispas,
avispones, moscas, garrapatas, moscardones, tábanos, cínifes… que amplían su
ámbito de jodienda justo cuando se confunden comidas, almuerzos y cenas. Ya es
casualidad que la avispa asiática prolifere cuando se pretende etiquetar bien
la miel autóctona.
Y sí. Vas a un pueblo y tienes
que aguantar, día sí, día también que los cuatro que viven todo el año en la
comarca te restriegan que apenas pagan impuestos, pero que quieren servicios de
primera, las conversaciones recurrentes del bar (si lo hubiere) que giran en
torno al tedioso fútbol, los coches (a ver quién la tiene más grande) y todo lo
que gire en torno a la DGT (Guardia Civil de Tráfico, multas, velocidades…). En
esas estamos.
Claro que lo mejor del pueblo es
disfrutar de la gastronomía local. No hay nada como productos que son de
cercanía, dicen. Y sí. Son del supermercado más cercano a veinte o treinta
kilómetros que te cobran la cinta de lomo a precio de solomillo de ternera. Que
se hace imposible reservar en un restaurante porque está copado y tardan la
intemerata en servirte. Y que, en dicha fonda con encanto rural (encanto dícese
del estiércol hecho plato tradicional de denominación de origen), todo se tapa
con vinagre de Módena, típico charro donde se precie. A ver cuándo inventan el
vinagre de Tiriñuelo, que seguro
tiene más éxito.
Ya no digo ir en invierno, donde
el frío y la humedad hacen florecer las escarolas y el lumbago junto con los
procesos catarrales habituales que hacen que cuando vuelves al ajetreo de la
ciudad estás a punto de visitar como inquilino el cementerio de Tejares.
Finalmente, sí. Toda la
tranquilidad del pueblo se resume en trabajar, trabajar, trabajar y trabajar.
En los pueblos, el lema nobiliario del agro es… «Hay que…».
Hay que subir la leña, hay que reunirse para preparar las fiestas, hay que
poner la calefacción dos lustros antes, hay que arreglar el tejado, hay que
preparar el huerto, hay que regar, hay que limpiar las malas hierbas, hay que
poner los relojes en hora… El caso es finiquitar cualquier atisbo de ilusión de
descanso, desconexión y placer de holganza.
En todo hay algo que salva al
pueblo. Pensemos en la Sierra. Pensemos en Valero. Sierra pura, panales,
abejas… y sí, toros. Toros con mayúscula. Porque Valero es el prolegómeno de lo
que debe ser la tauromaquia. Un festival popular con un figura o asíntota de
figura que torea para al son de la gaita y el tamboril, posiblemente de El
Mariquelo, se enfrenta bajo el frío del invierno más duro a dos morlacos en un
reducido laberinto de Minotauro rural.
En Valero los trajes de luces se
tornan en tarde campera de chaquetas gruesas que protegen más del frío que del
miedo, en un festejo más cercano a los Sanjuanes caurienses o a lo popular del
futuro ya cercano Carnaval del Toro de Miróbriga, que a grandes ferias como la
próxima primaveral de Fallas en Valencia o la Magdalena de Castellón.
En Valero, se huele a esencia. A
brasa de leña de encina y quejigo. Al abrigo del frío hecho estameña. Al toro
que viene a morir directo desde la dehesa sin alharacas. A toreo del puro. A
lleno en plaza pequeña de vacío existencial orteguiano.
Valero es lo que es a la Semana
Santa la apuesta de algunas hermandades por hacer lo contrario a lo que otras
han cogido la delantera.
Valero es Franciscana Humildad de
vuelta a San Martín. Es Liberación en soledad de madrugada en las cercanías de
una calle Compañía ausente de sombras y penitentes. Valero son los banzos ya
vacíos de pasos entre arrabales y Trento. Valero es un sábado de Silencio en la
penumbra de Pizarrales. Valero es el raseo de los pies que llevan a un
Doctrinos desde Sorias hasta los silencios de las «Abuelas de Dios».
Valero es una Dolorosa de Felipe del Corral transitando por una ancha henchida
de agónicas meretrices. Valero es el grito silencioso de Munch ante la
injusticia hecha presente en el patíbulo de una Agonía Redentora catedralicia.
Valero es la tosquedad de los surcos de madera de Malmierca hecha Trinidad por
San Bernardo. Valero es Gaudeamus ante batracios. Valero es manto rojo muleta
recogida tras la cornada de una flagelación infame en Clerecía. Valero es
Dolorosa de Montagut gritando a un cielo que no escucha. Valero es urna vacía y
mortaja llena cualquier tarde de Viernes Santo o mañana de Resurrección. Valero
es sacristía dominica de Promesa cumplida. Valero es Huerto jerosolimitano de
fotosíntesis de luna. Valero es esencia. Es lo que siempre se dio en esta
tierra: austeridad, sobriedad, interioridad y espiritualidad ceñida de
carámbano y espiga.
No busquéis bullicio ni algarada
ni tormenta a pesar de la fiesta, que en Valero cualquier enero un torero se la
juega.
No pidáis costal y os travistáis
de penitencia, que se anuncia muerte de Dios entre cantos y piedras.
No implores al turismo; que cada
euro de subvención llena las arcas de las treinta monedas de Judas derramadas
en atrio infame de soga y traición.
Implora a Valero que siendo
pueblo es del pueblo, porque siempre será popular lo que se gesta en dehesa,
siendo el único sitio donde el frío se hace toro y el serano se hace torero
entre quejigos, charcas y encinas en una gélida tarde de enero.
Áspero albero a finales de enero.
Eso es Valero. Es la esencia de una pasión ya perdida entre lunas llenas de
primavera que trocó en fiestas florales sureñas.
No busquéis en Valero un Benidorm
de la Semana Santa ni ferias abrileñas. Buscad el resort en Salamanca entre el costal, la morcilla, la zapatilla, el
martillo y la piedra.




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