Con motivo del quinto centenario del Cristo de la Agonía Redentora, la
Cofradía del Yacente de Salamanca organizó unas jornadas históricas que
constituyeron, sin exageración, una de las iniciativas culturales y
patrimoniales más serias y ambiciosas que se han llevado a cabo en la ciudad en
los últimos años en torno a la Semana Santa. Tuve la oportunidad de participar
en ellas como ponente hablando sobre el patetismo y lo patético en el arte y
pulsar el ambiente de alguna otra conferencia. La experiencia fue, desde un
punto de vista intelectual y humano, profundamente satisfactoria.
Las jornadas reunieron a ponentes de primer nivel, procedentes de distintos
puntos de España, especialistas en historia del arte, teología, escultura,
iconografía y estética, que abordaron la obra desde perspectivas
complementarias. El Cristo de la Agonía Redentora fue analizado no solo como
una imagen devocional, sino como una escultura excepcional dentro del panorama
artístico salmantino y español, atendiendo a su contexto histórico, su carga
simbólica, su patetismo y su capacidad de interpelación estética y espiritual.
Todo ello evidenció un trabajo riguroso por parte de la cofradía organizadora,
tanto en la selección de los temas como en la calidad de las intervenciones.
Sin embargo, junto a esta valoración claramente positiva, resulta
inevitable señalar una ausencia que llamó poderosamente la atención: la escasa
afluencia de público a las conferencias. El contraste entre el nivel de los
ponentes y el número de asistentes fue evidente. Y no se trata de una crítica
dirigida a personas concretas, sino de una reflexión que interpela al conjunto
del mundo cofrade y, en un sentido más amplio, a la propia ciudad.
Es frecuente reivindicar una mayor implicación institucional y social con
la Semana Santa de Salamanca, reclamar reconocimiento, apoyo y proyección. Pero
esa reivindicación pierde fuerza si, cuando se organizan actos de profundidad,
investigación y verdadero amor por el patrimonio, la respuesta es limitada. La
Semana Santa no se sostiene únicamente en las procesiones —por muy importantes
que estas sean—, sino también en la reflexión, el estudio y la comprensión de
las imágenes que salen a la calle, de su historia y de su sentido.
Salamanca no es Sevilla, ni necesita serlo. Su identidad cofrade es
distinta y valiosa precisamente por su sobriedad, su tradición universitaria y
su vínculo con el pensamiento y la cultura. Por eso mismo, iniciativas como
estas jornadas deberían encontrar un respaldo mayor, especialmente entre
quienes afirman querer lo mejor para su Semana Santa. Apoyar estos actos es, en
el fondo, tomarse en serio aquello que se defiende.
El esfuerzo realizado por la Cofradía del Yacente merece reconocimiento y
acompañamiento. No solo por la calidad del evento, sino porque marca un camino:
el de una Semana Santa que no renuncia a la devoción, pero que tampoco renuncia
al conocimiento, al rigor y a la reflexión crítica. Si no somos capaces de
respaldar estos espacios cuando se nos ofrecen, quizá convenga preguntarnos,
con honestidad, qué tipo de implicación estamos dispuestos a asumir como
comunidad.




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