«Porque
donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mateo 18, 20)
En el reciente congreso diocesano
de vocaciones, los organizadores me invitaron a impartir un taller sobre
comunicación. Se suponía que debía hablar de cómo había decidido dedicarme
profesionalmente al periodismo y el desarrollo de mi carrera. Dado lo variado
del auditorio y el clima familiar, decidí saltarme el guion y preguntar
directamente a los asistentes qué era lo que ellos esperaban del taller para, ya
que había poco tiempo, intentar enfocarnos en eso. Evidentemente, les
interesaban las grandes preguntas sobre manipulación, polarización, algoritmos
e inteligencia artificial que laten en cualquier ciudadano inquieto. Poco dado
a los consejos, solo me permití una recomendación: desconfiad cuando ante
problemas complejos de la sociedad alguien aparezca con una presunta solución
sencilla.
Estas últimas semanas ha habido
varias convulsiones de personas del ámbito cristiano que se han sentido
atacadas. Quizá entre lo más llamativo, las palabras de la actriz Silvia Abril «negándose»
a que muchos jóvenes decidieran buscar un sentido a su vida abrazando la fe en
Jesús y zanjando que «menudo chiringuito tiene montando» la iglesia católica.
Lo dicho, respuesta sencillona (no particularmente inspirada ni brillante) ante
problemas complejos.
Nada que haya que tomarse demasiado
en serio y, aún menos, responder con crispación. No obstante, hay que reconocer
que en determinados sectores echar odio sobre la iglesia está bien visto,
siempre que sea la católica. Fenómeno que no es nuevo, aunque siempre observo
con curiosidad en su cíclico reverdecimiento.
Mucha tinta ha hecho correr David
Uclés con su negativa a participar en un debate sobre la Guerra Civil tras el
éxito enorme (300.000 libros vendidos) de su novela La península de las
casas vacías, que se ambienta desde el realismo mágico en la sangrienta
contienda. Su postura maximalista y su oportuno premio Nadal le han valido una
lluvia de críticas, muchas tampoco excesivamente fundadas ni razonadas, que el
escritor ha acogido hiperventilando.
Yo he hecho el ejercicio de leer
las 600 páginas en cuestión y constatar, sin tampoco demasiada sorpresa, que
hay sectarismos que están muy bien vistos por según quien. Uclés ofrece este
profundo análisis de los crímenes de religiosos: «En general, los curas no
apoyaban a la izquierda, a excepción de los clérigos éuscaros y algarveños, y
no ocultaban sus posiciones políticas simpatizantes con el fascismo.
Precisamente por eso morirían alrededor de seis mil curas en el conflicto».
Arreglado. Al cura de la aldea le reserva una muerte particularmente cruenta
que, si bien no parece celebrar, justifica porque siempre estaba del lado del
poderoso.
Pero si algo me ha llamado la
atención ha sido la fijación de este autor con santa Teresa de Jesús. De hecho,
la hace «responsable» de la masacre de la carretera de Málaga a Almería, la desbandá,
porque «el motivo principal» de la toma de Málaga por los golpistas «fue
recuperar una reliquia que los republicanos habían desvalijado previamente del
convento de las carmelitas descalzas de Ronda».
Esa sí que no la vimos venir.
Tampoco se ha molestado mucho el escritor de la boina en saber demasiado sobre
la «mano» de la Santa que confunde con el «brazo», ni tampoco dónde está su
sepulcro, y eso que dice que estuvo quince años documentándose. Para él, Teresa
de Jesús está enterrada en Ávila: «les propusieron que huyeran a la amurallada
Ávila, donde las tapias románicas y los restos de santa Teresa de Jesús los
protegerían», ¿dónde si no? Porque en Alba, según él, solo están «un brazo y el
corazón».
No habría que tomarse muy en serio estas «licencias», pero sí hay un pasaje que me ha molestado mucho. Dice Uclés sobre santa Teresa: «os dejaré una de sus frases, consideradas palabra de Dios, que la hacen, probablemente, la primera mujer feminista de la historia: “Tengo experiencia de lo que son muchas mujeres juntas. ¡Dios nos libre!”».
Lo que se llama coger el rábano
por las hojas. Podría haberse molestado en conocer el contexto de esa frase, el
multitudinario convento de la Encarnación en Ávila, saturado de religiosas, no
siempre con vocación, y por tanto, lleno de costumbres sorprendentes
(existencia de criadas, etc.) ante lo que Teresa se propone fundar comunidades
pequeñas para una vida sencilla y una fe sincera en su valiente reforma
descalza.
Por lo que sea, Uclés no apuntó
esta frase: «la gran merced que Dios les ha hecho en escogerlas para sí, y
librarlas de estar sujetas a un hombre, que muchas veces les acaba la vida». O
como en el capítulo de la fundación de Alba, la Santa asegura que es «cosa cierto
mucho para llorar, que sin entender los mortales lo que les está mejor, como
los que del todo ignoran los juicios de Dios, no sabiendo los grandes bienes
que pueden venir de las hijas ni los grandes males de los hijos», para lamentar
que hubiera padres que quisieran a toda costa hijos varones hasta el punto de
despreciar a sus niñas.
No le ha dado tiempo en década y
media a buscar estas frases que quizá le destartalasen su fundamentalismo,
pero, ahora que estamos a las puertas de Semana Santa, pese a todo, hay que
insistir en que vamos a ver a un número significativo de personas salir a la
calle a participar en un rito ancestral que tiene su espina dorsal en ser una
manifestación pública de fe. Por lo tanto, debe hacerse de forma ejemplar y
sincera. Ante los del chiringuito del odio, simplemente otra cita ya célebre,
la de Los domingos: «rezaré por ti».




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