lunes, 16 de marzo de 2026

El chiringuito del odio

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Paco Gómez

Santa Teresa de Jesús, por José de Ribera

16-03-2026
 

«Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mateo 18, 20)


En el reciente congreso diocesano de vocaciones, los organizadores me invitaron a impartir un taller sobre comunicación. Se suponía que debía hablar de cómo había decidido dedicarme profesionalmente al periodismo y el desarrollo de mi carrera. Dado lo variado del auditorio y el clima familiar, decidí saltarme el guion y preguntar directamente a los asistentes qué era lo que ellos esperaban del taller para, ya que había poco tiempo, intentar enfocarnos en eso. Evidentemente, les interesaban las grandes preguntas sobre manipulación, polarización, algoritmos e inteligencia artificial que laten en cualquier ciudadano inquieto. Poco dado a los consejos, solo me permití una recomendación: desconfiad cuando ante problemas complejos de la sociedad alguien aparezca con una presunta solución sencilla.

Estas últimas semanas ha habido varias convulsiones de personas del ámbito cristiano que se han sentido atacadas. Quizá entre lo más llamativo, las palabras de la actriz Silvia Abril «negándose» a que muchos jóvenes decidieran buscar un sentido a su vida abrazando la fe en Jesús y zanjando que «menudo chiringuito tiene montando» la iglesia católica. Lo dicho, respuesta sencillona (no particularmente inspirada ni brillante) ante problemas complejos.

Nada que haya que tomarse demasiado en serio y, aún menos, responder con crispación. No obstante, hay que reconocer que en determinados sectores echar odio sobre la iglesia está bien visto, siempre que sea la católica. Fenómeno que no es nuevo, aunque siempre observo con curiosidad en su cíclico reverdecimiento.

Mucha tinta ha hecho correr David Uclés con su negativa a participar en un debate sobre la Guerra Civil tras el éxito enorme (300.000 libros vendidos) de su novela La península de las casas vacías, que se ambienta desde el realismo mágico en la sangrienta contienda. Su postura maximalista y su oportuno premio Nadal le han valido una lluvia de críticas, muchas tampoco excesivamente fundadas ni razonadas, que el escritor ha acogido hiperventilando.

Yo he hecho el ejercicio de leer las 600 páginas en cuestión y constatar, sin tampoco demasiada sorpresa, que hay sectarismos que están muy bien vistos por según quien. Uclés ofrece este profundo análisis de los crímenes de religiosos: «En general, los curas no apoyaban a la izquierda, a excepción de los clérigos éuscaros y algarveños, y no ocultaban sus posiciones políticas simpatizantes con el fascismo. Precisamente por eso morirían alrededor de seis mil curas en el conflicto». Arreglado. Al cura de la aldea le reserva una muerte particularmente cruenta que, si bien no parece celebrar, justifica porque siempre estaba del lado del poderoso.

Pero si algo me ha llamado la atención ha sido la fijación de este autor con santa Teresa de Jesús. De hecho, la hace «responsable» de la masacre de la carretera de Málaga a Almería, la desbandá, porque «el motivo principal» de la toma de Málaga por los golpistas «fue recuperar una reliquia que los republicanos habían desvalijado previamente del convento de las carmelitas descalzas de Ronda».

Esa sí que no la vimos venir. Tampoco se ha molestado mucho el escritor de la boina en saber demasiado sobre la «mano» de la Santa que confunde con el «brazo», ni tampoco dónde está su sepulcro, y eso que dice que estuvo quince años documentándose. Para él, Teresa de Jesús está enterrada en Ávila: «les propusieron que huyeran a la amurallada Ávila, donde las tapias románicas y los restos de santa Teresa de Jesús los protegerían», ¿dónde si no? Porque en Alba, según él, solo están «un brazo y el corazón».

No habría que tomarse muy en serio estas «licencias», pero sí hay un pasaje que me ha molestado mucho. Dice Uclés sobre santa Teresa: «os dejaré una de sus frases, consideradas palabra de Dios, que la hacen, probablemente, la primera mujer feminista de la historia: “Tengo experiencia de lo que son muchas mujeres juntas. ¡Dios nos libre!”».

Lo que se llama coger el rábano por las hojas. Podría haberse molestado en conocer el contexto de esa frase, el multitudinario convento de la Encarnación en Ávila, saturado de religiosas, no siempre con vocación, y por tanto, lleno de costumbres sorprendentes (existencia de criadas, etc.) ante lo que Teresa se propone fundar comunidades pequeñas para una vida sencilla y una fe sincera en su valiente reforma descalza.

Por lo que sea, Uclés no apuntó esta frase: «la gran merced que Dios les ha hecho en escogerlas para sí, y librarlas de estar sujetas a un hombre, que muchas veces les acaba la vida». O como en el capítulo de la fundación de Alba, la Santa asegura que es «cosa cierto mucho para llorar, que sin entender los mortales lo que les está mejor, como los que del todo ignoran los juicios de Dios, no sabiendo los grandes bienes que pueden venir de las hijas ni los grandes males de los hijos», para lamentar que hubiera padres que quisieran a toda costa hijos varones hasta el punto de despreciar a sus niñas.

No le ha dado tiempo en década y media a buscar estas frases que quizá le destartalasen su fundamentalismo, pero, ahora que estamos a las puertas de Semana Santa, pese a todo, hay que insistir en que vamos a ver a un número significativo de personas salir a la calle a participar en un rito ancestral que tiene su espina dorsal en ser una manifestación pública de fe. Por lo tanto, debe hacerse de forma ejemplar y sincera. Ante los del chiringuito del odio, simplemente otra cita ya célebre, la de Los domingos: «rezaré por ti».



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