25-03-2026
Retomando el hilo del escrito anterior,
relativo al cambio espiritual que está tomando la sociedad hoy en día con
respecto a la religiosidad, parece que sigue el mismo esquema, salvando las
distancias temporales, que el que ocurrió en la década de los años cuarenta del
siglo pasado, cuando el auge de la Semana Santa de Salamanca propició el
resurgir de ese otro sentimiento religioso.
Así como en aquel pasado del siglo de
oro, donde el arte se puso al servicio de la fe con fuerza, la imaginería de
los grupos escultóricos de nuestras cofradías tuvo su auge con la impronta de
la Escuela de Salamanca, con aquellos tres grandes escultores que pasaron por
nuestra ciudad.
Esos grupos, fundamentalmente de pasajes
no existentes entonces en la simbología procesional de la época, tienen grandes
personajes, desconocidos, en los que los autores reflejaron su personalidad
sobre los pasajes evangélicos. Uno de ellos llega a su máxima expresión en 1942,
cuando Francisco González Macías realiza esa composición casi divina del
Entierro de Cristo, pasaje casi olvidado en nuestras procesiones y muy poco
valorado por el pueblo.
Sin embargo, el simbólico cortejo mostrado
en el Santo Entierro permite acercarnos a elementos de la Semana Santa de otros
tiempos. Representa el entierro de Cristo con siete figuras, cuya distribución
sobre el paso ha ido cambiando a lo largo de los años desde la concepción inicial
ideada por el escultor. Las dudas en la Congregación sobre dicha composición hicieron
que durante años llegaran a prescindir de alguna figura para poder desfilar
dignamente por las calles de Salamanca. Y fue una pena entonces, porque todo en
ese grupo, todas las imágenes y posiciones, tienen su razón de ser en su concepción.
Gracias a Dios ha sido recuperada en los últimos años.
En la posición original concebida por el
autor, se puede ver que abre el grupo en primer plano María la de Cleofás, con
un ánfora de perfumes para embalsamar al cuerpo de Cristo.
El motivo central e imponente de la
escena lo forman tres figuras –sí, tres–, compuestas sin solución de
continuidad por dos discípulos clandestinos de Jesús, José de Arimatea y
Nicodemo, que portan el cuerpo de Cristo en el sudario.
La figura del anciano José de Arimatea
es fundamental en lo que podría llamarse la teología del Santo Entierro. José
de Arimatea representa a los valientes creyentes que, aún en momentos de duda y
peligro, muestran devoción y honor a Cristo. Venciendo sus innumerables temores
tomó el cuerpo, lo recibió en sus brazos y lo llevó hasta el jardín de su
propiedad para depositar la reliquia sagrada en su reposo en la tierra al que
fue su maestro.
Nicodemo, aquel tímido joven patricio de
cabellos rizados que seguía a Jesús de lejos en el correr de su vida pública, desbordó
su corazón generoso para poder brindar a su Dios el último descanso. Fue el cireneo
en el entierro. Nicodemo se había encargado de comprar, por las tiendas
renegridas de la zona a mercaderes de dudosa reputación y avaricia de monedas,
cuantas esencias fue posible encontrar: mirra, áloe y diferentes bálsamos. Más
de cien libras de ungüentos preciosos para embalsamar el cadáver del maestro.
Delicada prueba fidelidad y amor a su maestro.
El Santo Entierro tiene una base didáctica
significativa, en el contexto de la fe cristiana, que está llena de dualidades
de muerte y vida. La representación del momento en que Jesucristo, después de
su crucifixión, es colocado en el sepulcro, simboliza no solo el luto por la
muerte de Jesús, sino también la esperanza en la resurrección. Es el
pilar fundamental del cristianismo.
La colocación de Jesús en la tumba es un
recordatorio de su sacrificio y humanidad, mientras que la esperanza en la resurrección
refleja su divinidad y la salvación prometida. La colocación de los brazos
muertos y exangües de Cristo, abiertos hacia el exterior, parecen querer ya
elevarse al Padre. ¿Qué habría pensado su autor para colocarlo en dicha forma y
ligeramente inclinado, sujetado en volandas por sus discípulos? ¿Y esas miradas
de resignación que conmueven con el dolor y sufrimiento de la muerte de un ser
querido sin mostrar ninguna lágrima?
Finalmente, el tercer plano, ya en la
parte trasera, se divide en dos escenas. Originalmente aparecen detrás, a la
izquierda, el discípulo amado, san Juan, que consuela a la Virgen. Es la
continuidad de la escena vista a los pies de la cruz horas antes –Hijo, ahí
tienes a tu Madre. Madre, ahí tienes a tu hijo–. Y en el mismo plano
aparece María Magdalena, sola, en una posición extrañísima, levantando el brazo
derecho y sin ningún elemento en la mano.
Esta parece ser la composición original
del autor, con la que quiso representar el momento culmen del anticipo del
cierre del sepulcro, sellado con piedra blanca al estilo de época. El Señor
había muerto, crucificado entre dos ladrones, lo llevaron al jardín, le envolvieron
sus miembros martirizados, le cubrieron con blanco lienzo y le perfumaron para
que toda escena oliera a violetas. ¿Habría ideado también el escultor un aroma
para su grupo escultórico y que la sensación visual también fuera sensación
olfativa?
Ahí lo dejo, para quien quiera profundizar
en este grupo desconocido y, a veces, no tan apreciado tiempos atrás en la
propia congregación. En los últimos años está tomando huella propia, volviendo
a sus orígenes, para que se pueda ver y admirar, en todas las imágenes, la
profundidad de sus enseñanzas y ayude a responder a todas sus inquietudes en el
momento cumbre de la dualidad vida-muerte-resurrección.




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