miércoles, 25 de marzo de 2026

Imágenes desconocidas

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Roberto Haro

Detalle del grupo escultórico El Santo Entierro, de la Congregación de Jesús Nazareno | Fotografía: RHP


25-03-2026


Retomando el hilo del escrito anterior, relativo al cambio espiritual que está tomando la sociedad hoy en día con respecto a la religiosidad, parece que sigue el mismo esquema, salvando las distancias temporales, que el que ocurrió en la década de los años cuarenta del siglo pasado, cuando el auge de la Semana Santa de Salamanca propició el resurgir de ese otro sentimiento religioso.

Así como en aquel pasado del siglo de oro, donde el arte se puso al servicio de la fe con fuerza, la imaginería de los grupos escultóricos de nuestras cofradías tuvo su auge con la impronta de la Escuela de Salamanca, con aquellos tres grandes escultores que pasaron por nuestra ciudad.

Esos grupos, fundamentalmente de pasajes no existentes entonces en la simbología procesional de la época, tienen grandes personajes, desconocidos, en los que los autores reflejaron su personalidad sobre los pasajes evangélicos. Uno de ellos llega a su máxima expresión en 1942, cuando Francisco González Macías realiza esa composición casi divina del Entierro de Cristo, pasaje casi olvidado en nuestras procesiones y muy poco valorado por el pueblo.

Sin embargo, el simbólico cortejo mostrado en el Santo Entierro permite acercarnos a elementos de la Semana Santa de otros tiempos. Representa el entierro de Cristo con siete figuras, cuya distribución sobre el paso ha ido cambiando a lo largo de los años desde la concepción inicial ideada por el escultor. Las dudas en la Congregación sobre dicha composición hicieron que durante años llegaran a prescindir de alguna figura para poder desfilar dignamente por las calles de Salamanca. Y fue una pena entonces, porque todo en ese grupo, todas las imágenes y posiciones, tienen su razón de ser en su concepción. Gracias a Dios ha sido recuperada en los últimos años.

En la posición original concebida por el autor, se puede ver que abre el grupo en primer plano María la de Cleofás, con un ánfora de perfumes para embalsamar al cuerpo de Cristo.

El motivo central e imponente de la escena lo forman tres figuras –sí, tres–, compuestas sin solución de continuidad por dos discípulos clandestinos de Jesús, José de Arimatea y Nicodemo, que portan el cuerpo de Cristo en el sudario.

La figura del anciano José de Arimatea es fundamental en lo que podría llamarse la teología del Santo Entierro. José de Arimatea representa a los valientes creyentes que, aún en momentos de duda y peligro, muestran devoción y honor a Cristo. Venciendo sus innumerables temores tomó el cuerpo, lo recibió en sus brazos y lo llevó hasta el jardín de su propiedad para depositar la reliquia sagrada en su reposo en la tierra al que fue su maestro.  

Nicodemo, aquel tímido joven patricio de cabellos rizados que seguía a Jesús de lejos en el correr de su vida pública, desbordó su corazón generoso para poder brindar a su Dios el último descanso. Fue el cireneo en el entierro. Nicodemo se había encargado de comprar, por las tiendas renegridas de la zona a mercaderes de dudosa reputación y avaricia de monedas, cuantas esencias fue posible encontrar: mirra, áloe y diferentes bálsamos. Más de cien libras de ungüentos preciosos para embalsamar el cadáver del maestro. Delicada prueba fidelidad y amor a su maestro.

El Santo Entierro tiene una base didáctica significativa, en el contexto de la fe cristiana, que está llena de dualidades de muerte y vida. La representación del momento en que Jesucristo, después de su crucifixión, es colocado en el sepulcro, simboliza no solo el luto por la muerte de Jesús, sino también la esperanza en la resurrección. Es el pilar fundamental del cristianismo.

La colocación de Jesús en la tumba es un recordatorio de su sacrificio y humanidad, mientras que la esperanza en la resurrección refleja su divinidad y la salvación prometida. La colocación de los brazos muertos y exangües de Cristo, abiertos hacia el exterior, parecen querer ya elevarse al Padre. ¿Qué habría pensado su autor para colocarlo en dicha forma y ligeramente inclinado, sujetado en volandas por sus discípulos? ¿Y esas miradas de resignación que conmueven con el dolor y sufrimiento de la muerte de un ser querido sin mostrar ninguna lágrima?

Finalmente, el tercer plano, ya en la parte trasera, se divide en dos escenas. Originalmente aparecen detrás, a la izquierda, el discípulo amado, san Juan, que consuela a la Virgen. Es la continuidad de la escena vista a los pies de la cruz horas antes –Hijo, ahí tienes a tu Madre. Madre, ahí tienes a tu hijo–. Y en el mismo plano aparece María Magdalena, sola, en una posición extrañísima, levantando el brazo derecho y sin ningún elemento en la mano.

Esta parece ser la composición original del autor, con la que quiso representar el momento culmen del anticipo del cierre del sepulcro, sellado con piedra blanca al estilo de época. El Señor había muerto, crucificado entre dos ladrones, lo llevaron al jardín, le envolvieron sus miembros martirizados, le cubrieron con blanco lienzo y le perfumaron para que toda escena oliera a violetas. ¿Habría ideado también el escultor un aroma para su grupo escultórico y que la sensación visual también fuera sensación olfativa?

Ahí lo dejo, para quien quiera profundizar en este grupo desconocido y, a veces, no tan apreciado tiempos atrás en la propia congregación. En los últimos años está tomando huella propia, volviendo a sus orígenes, para que se pueda ver y admirar, en todas las imágenes, la profundidad de sus enseñanzas y ayude a responder a todas sus inquietudes en el momento cumbre de la dualidad vida-muerte-resurrección.


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