viernes, 27 de marzo de 2026

Bernardo García San José: el pilar que rescató a la Seráfica

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Ángel Benito

Bernardo García San José | Fotografía: Pablo de la Peña

27-03-2026

Hay historias que no se entienden desde lo que hoy se ve en la calle. Hay que volver atrás, a un tiempo en el que la Semana Santa no llenaba aceras ni despertaba expectativas, sino que sobrevivía como podía, sostenida por muy pocos.

A ese tiempo aludía José Manuel Ferreira en su pregón al recordar aquellos años en los que «la Semana Santa estaba abandonada a su suerte» y en los que aparecieron quienes evitaron que se perdiera. No hablaba de nombres para engrandecerlos, sino para situarlos en su lugar exacto.

Entre ellos, Bernardo García San José.

No desde el protagonismo, sino desde la presencia constante. Su historia no se construye en los momentos visibles, sino en los que apenas dejan rastro. Está en lo que recuerda de la Dolorosa de Soriano Montagut —el encargo, los rostros que sirvieron de modelo, la impresión de aquella primera salida—, pero también en lo que casi no se cuenta: el día en que hubo que serrarla para aligerar su peso y algunos no pudieron contener las lágrimas. Hay memorias que no se narran, se arrastran.

A comienzos de los setenta, la hermandad ya no era capaz de sostenerse. Faltaban manos, faltaban hermanos, faltaba todo aquello que hace posible que una cofradía exista más allá del papel. En 1973 ni siquiera pudo salir a la calle. No fue una excepción: fue un síntoma.

En ese contexto hay una escena que resume mejor que cualquier explicación lo que estaba ocurriendo: Bernardo, en Capuchinos, repartiendo billetes de 100 pesetas a cuadrillas de cargadores para que los pasos pudieran salir. No había épica en ello. Solo la necesidad de que aquello no se detuviera del todo.

Cuando asumió la dirección de la hermandad, no había margen para grandes planteamientos. Lo que vino después no fue una reconstrucción visible, sino un trabajo lento, casi silencioso. Volver a llamar a quienes ya no estaban. Recuperar el vínculo con los comerciantes. Hacer que los pasos regresaran, uno a uno, con el paso de los años. De una docena de hermanos a varios cientos. Sin estridencias.

Con el tiempo, la Seráfica volvió a reconocerse. Llegaron las estructuras, las iniciativas, una forma de sostenerse que ya no dependía solo de la inercia. Pero eso fue después.

Antes hubo otra cosa más difícil de señalar: que no desapareciera.

Y eso, a veces, no deja huella visible. Solo continuidad.



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