Hay historias que no se entienden desde
lo que hoy se ve en la calle. Hay que volver atrás, a un tiempo en el que la
Semana Santa no llenaba aceras ni despertaba expectativas, sino que sobrevivía
como podía, sostenida por muy pocos.
A ese tiempo aludía José Manuel Ferreira
en su pregón al recordar aquellos años en los que «la Semana Santa estaba
abandonada a su suerte» y en los que aparecieron quienes evitaron que se
perdiera. No hablaba de nombres para engrandecerlos, sino para situarlos en su
lugar exacto.
Entre ellos, Bernardo García San José.
No desde el protagonismo, sino desde la
presencia constante. Su historia no se construye en los momentos visibles, sino
en los que apenas dejan rastro. Está en lo que recuerda de la Dolorosa de
Soriano Montagut —el encargo, los rostros que sirvieron de modelo, la impresión
de aquella primera salida—, pero también en lo que casi no se cuenta: el día en
que hubo que serrarla para aligerar su peso y algunos no pudieron contener las
lágrimas. Hay memorias que no se narran, se arrastran.
A comienzos de los setenta, la hermandad
ya no era capaz de sostenerse. Faltaban manos, faltaban hermanos, faltaba todo
aquello que hace posible que una cofradía exista más allá del papel. En 1973 ni
siquiera pudo salir a la calle. No fue una excepción: fue un síntoma.
En ese contexto hay una escena que
resume mejor que cualquier explicación lo que estaba ocurriendo: Bernardo, en
Capuchinos, repartiendo billetes de 100 pesetas a cuadrillas de cargadores para
que los pasos pudieran salir. No había épica en ello. Solo la necesidad de que
aquello no se detuviera del todo.
Cuando asumió la dirección de la
hermandad, no había margen para grandes planteamientos. Lo que vino después no
fue una reconstrucción visible, sino un trabajo lento, casi silencioso. Volver
a llamar a quienes ya no estaban. Recuperar el vínculo con los comerciantes.
Hacer que los pasos regresaran, uno a uno, con el paso de los años. De una
docena de hermanos a varios cientos. Sin estridencias.
Con el tiempo, la Seráfica volvió a
reconocerse. Llegaron las estructuras, las iniciativas, una forma de sostenerse
que ya no dependía solo de la inercia. Pero eso fue después.
Antes hubo otra cosa más difícil de
señalar: que no desapareciera.
Y eso, a veces, no deja huella visible.
Solo continuidad.




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