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| Foto: Iván Marcos |
donde el dolor se vuelve sagrado,custodias no solo un sepulcro,sino el alba que aún no ha llegado.
Realizar,
de vez en cuando, alguna visita a las maravillas que alberga en su interior
nuestra catedral, nunca está de más, pues en ella se conservan numerosas
esculturas, pinturas y enseres de extraordinario valor artístico. La
experiencia resulta aún más enriquecedora si, además, se dispone del tiempo
necesario para investigar y profundizar en su conocimiento.
Desde
hace ya algunos años, me ronda la idea de recabar información acerca de un
Cristo que suscita en mí una profunda admiración, y he considerado que esta era
la ocasión idónea para llevarlo a cabo. Muy lejos de considerarme experta en la
materia, pero movida por una sincera curiosidad y un deseo genuino de aprender,
me dispongo a iniciar esta búsqueda recurriendo a fuentes digitales, y a la
consulta de libros, enciclopediaso similares.
Al
acceder a la Santa Iglesia Basílica Catedral Nueva de Salamanca por la puerta
de Ramos, entrada habitual para turistas y visitantes de esta hermosa ciudad,
la primera capilla situada a mano izquierda es la denominada Capilla de
Santiago y Santa Teresa. También conocida como Capilla de Almansa al ser
promovida por el prebendado D. Antonio de Almansa y Vera (1625), destacado
político y empresario español. La dedicación de dicha capilla se inscribe en el
contexto de la profunda devoción teresiana que, durante siglos, ha impregnado
tanto a la Catedral salmantina como a su clero, así comoen la constante aspiración
de la Catedral por lograr el reconocimiento del patronato de España en favor de
la Santa, o sucopatronatojunto a Santiago.
El
retablo de la mencionada capilla alberga las esculturas de los dos santos
titulares, patronos de España. En su interior, se encuentran asimismo los
sepulcros de dos importantes prelados del siglo XX: el Padre Cámara y don Francisco
Frutos Valiente, quien ejerció como obispo desde diciembre de 1925 hasta su
fallecimiento en enero de 1933. Aunque únicamente desempeñó su cargo durante
ocho años, fue uno de los obispos más queridos de Salamanca, llevando a cabo
numerosas obras de apostolado y de promoción del catolicismo.Sobre el sepulcro,
se alza un Cristo que inevitablemente atrae mi atención y admiración en cada
visita a la catedral. Si se tiene la fortuna de poder acercarse lo suficiente
como para contemplar sus ojos, se percibe en su mirada un magnetismo tal, que
resulta casi imposible apartar la vista.
La
construcción del arcosolio‒arco que alberga un sepulcro abierto en el muro‒correspondiente
al enterramiento del obispo Francisco Frutos Valiente fue realizada en 1934 por
el presbítero Félix Granda Buylla, sacerdote de origen asturiano, escultor,
pintor y orfebre, fundadordel taller de arte litúrgico, que dirigió hasta su fallecimiento.
Félix Granda Buylla presentó el boceto del mausoleo en agosto del mismo año de la
muerte del obispo, culminando su obra al año siguiente.
El
monumento funerario lo componen un sarcófago de mármol de color gris bajo una
imagen de Cristo crucificado con una corona dorada adornada de joyas de estilo
bizantino. Este Cristo de tonalidad oscurecida, rompe con la imagen sentimental
y dramática que muchas veces asociamos a la iconografía crucificada. No hay
dramatismo exacerbado, pero si presenta un cuerpo hierático, con extrema
rigidez, solemnidad y estatismo. Todo en él transmite una espiritualidad
distinta: no un dolor desgarrado, sino la majestad del sacrificio asumido. Ese
estatismo no enfría la emoción, sino que, al contrario, la intensifica y obliga
al espectador a detenerse y sostener su mirada.
El
monumento funerario concebido por Félix Granda Buylla no es un simple homenaje
personal, sino una afirmación teológica y cultural. La inscripción latina«Forma
FactusGrecis» evoca un destino inevitable tejido por las Moiras, e introduce un
diálogo sorprendente entre la tradición clásica y la fe cristiana. Estas tres
diosas determinan la duración de la vida de cada ser humano y el momento de su
muerte; la hebra dorada que hilabansimbolizaba el destino individual de cada
uno, y su ruptura,el final de la vida.
El
Cristo del Sepulcro nos recuerda que el arte sacro no es un mero atractivo
turístico, es patrimonio vivo, es identidad, es silencio que habla, es
mirar con profundidad aquello que tantas veces pasamos por alto, es aprender a
detenernos, a investigar, a contemplar;porque solo quien se toma el tiempo de
mirar descubre que, incluso en la quietud de una figura hierática, late una
fuerza capaz de transformar la mirada de quien se atreve a sostenerla.




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