viernes, 24 de abril de 2026

Cristo del sepulcro: El silencio que habla

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 Almudena Salvador Atienza


Foto: Iván Marcos
                               
24-04-2026



Y en ese umbral de tierra y cielo,
donde el dolor se vuelve sagrado,
custodias no solo un sepulcro,
sino el alba que aún no ha llegado.


Realizar, de vez en cuando, alguna visita a las maravillas que alberga en su interior nuestra catedral, nunca está de más, pues en ella se conservan numerosas esculturas, pinturas y enseres de extraordinario valor artístico. La experiencia resulta aún más enriquecedora si, además, se dispone del tiempo necesario para investigar y profundizar en su conocimiento.

Desde hace ya algunos años, me ronda la idea de recabar información acerca de un Cristo que suscita en mí una profunda admiración, y he considerado que esta era la ocasión idónea para llevarlo a cabo. Muy lejos de considerarme experta en la materia, pero movida por una sincera curiosidad y un deseo genuino de aprender, me dispongo a iniciar esta búsqueda recurriendo a fuentes digitales, y a la consulta de libros, enciclopediaso similares.

Al acceder a la Santa Iglesia Basílica Catedral Nueva de Salamanca por la puerta de Ramos, entrada habitual para turistas y visitantes de esta hermosa ciudad, la primera capilla situada a mano izquierda es la denominada Capilla de Santiago y Santa Teresa. También conocida como Capilla de Almansa al ser promovida por el prebendado D. Antonio de Almansa y Vera (1625), destacado político y empresario español. La dedicación de dicha capilla se inscribe en el contexto de la profunda devoción teresiana que, durante siglos, ha impregnado tanto a la Catedral salmantina como a su clero, así comoen la constante aspiración de la Catedral por lograr el reconocimiento del patronato de España en favor de la Santa, o sucopatronatojunto a Santiago.

El retablo de la mencionada capilla alberga las esculturas de los dos santos titulares, patronos de España. En su interior, se encuentran asimismo los sepulcros de dos importantes prelados del siglo XX: el Padre Cámara y don Francisco Frutos Valiente, quien ejerció como obispo desde diciembre de 1925 hasta su fallecimiento en enero de 1933. Aunque únicamente desempeñó su cargo durante ocho años, fue uno de los obispos más queridos de Salamanca, llevando a cabo numerosas obras de apostolado y de promoción del catolicismo.Sobre el sepulcro, se alza un Cristo que inevitablemente atrae mi atención y admiración en cada visita a la catedral. Si se tiene la fortuna de poder acercarse lo suficiente como para contemplar sus ojos, se percibe en su mirada un magnetismo tal, que resulta casi imposible apartar la vista.

La construcción del arcosolio‒arco que alberga un sepulcro abierto en el muro‒correspondiente al enterramiento del obispo Francisco Frutos Valiente fue realizada en 1934 por el presbítero Félix Granda Buylla, sacerdote de origen asturiano, escultor, pintor y orfebre, fundadordel taller de arte litúrgico, que dirigió hasta su fallecimiento. Félix Granda Buylla presentó el boceto del mausoleo en agosto del mismo año de la muerte del obispo, culminando su obra al año siguiente.

El monumento funerario lo componen un sarcófago de mármol de color gris bajo una imagen de Cristo crucificado con una corona dorada adornada de joyas de estilo bizantino. Este Cristo de tonalidad oscurecida, rompe con la imagen sentimental y dramática que muchas veces asociamos a la iconografía crucificada. No hay dramatismo exacerbado, pero si presenta un cuerpo hierático, con extrema rigidez, solemnidad y estatismo. Todo en él transmite una espiritualidad distinta: no un dolor desgarrado, sino la majestad del sacrificio asumido. Ese estatismo no enfría la emoción, sino que, al contrario, la intensifica y obliga al espectador a detenerse y sostener su mirada.

El monumento funerario concebido por Félix Granda Buylla no es un simple homenaje personal, sino una afirmación teológica y cultural. La inscripción latina«Forma FactusGrecis» evoca un destino inevitable tejido por las Moiras, e introduce un diálogo sorprendente entre la tradición clásica y la fe cristiana. Estas tres diosas determinan la duración de la vida de cada ser humano y el momento de su muerte; la hebra dorada que hilabansimbolizaba el destino individual de cada uno, y su ruptura,el final de la vida.

El Cristo del Sepulcro nos recuerda que el arte sacro no es un mero atractivo turístico, es patrimonio vivo, es identidad, es silencio que habla, es mirar con profundidad aquello que tantas veces pasamos por alto, es aprender a detenernos, a investigar, a contemplar;porque solo quien se toma el tiempo de mirar descubre que, incluso en la quietud de una figura hierática, late una fuerza capaz de transformar la mirada de quien se atreve a sostenerla.


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