lunes, 27 de abril de 2026

La inflación de lo extraordinario

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Rafael López Borrego

Salida Extraordinaria Gran Poder 2016


27-04-2026


Puede que estemos empujados por la situación que se vive en nuestra sociedad, donde el espectáculo se ha convertido en norma y al mismo tiempo un antídoto para calmar el aburrimiento, auténtica enfermedad que nos aterra. Caminamos hacia una Semana Santa —y una post-Semana Santa— donde lo «extraordinario» ha dejado de ser la excepción para pasar a convertirse en la norma, en un bucle de efemérides que amenaza con desvirtuar la esencia de lo que celebramos.

En los últimos tiempos, parece que si una hermandad no celebra el centenario de la talla, el cincuentenario de la refundación, la restauración de una corona o el aniversario de la primera vez que un capataz se calzó las sandalias, algo está faltando. Nuestro sistema nos impulsa hacia la dictadura de la novedad. Pero seamos claros en este asunto: los aniversarios son necesarios. Marcan la pauta del camino recorrido y son seña de quienes mantuvieron la llama encendida cuando la Semana Santa de Salamanca era un ejercicio de resistencia más que un fenómeno cultural de masas. El centenario de la Seráfica Hermandad del Cristo de la Agonía este 2026, por ejemplo, es un acto de justicia histórica, un recordatorio de esa estética tan nuestra que mezcla el rigor con la elegancia del silencio.

Sin embargo, el problema surge cuando la «salida extraordinaria» o el «acto magno» se utiliza como un parche para llenar vacíos de contenido o para alimentar un ego corporativo que necesita verse en la calle fuera de su ciclo natural. Lo extraordinario, por definición, debería dejarnos sin aliento por su escasez. Si cada año tenemos dos o tres procesiones fuera de fecha, el calendario litúrgico empieza a parecerse peligrosamente a una programación de eventos destinados a los turistas, perdiendo ese carácter de rito cíclico que nos conecta con nuestras tradiciones.

¿Qué buscamos realmente con estos aniversarios? A menudo, el esfuerzo se vuelca en la estética: la mejor banda, el estreno de una túnica, el recorrido más fotogénico. Pero la crítica necesaria aquí es si ese despliegue deja algún poso en la ciudad o si, por el contrario, se esfuma en cuanto se recoge el paso. Salamanca no es Sevilla, por mucho que algunos se empeñen en importar tics que aquí chirrían como un eje sin engrasar. Nuestra sobriedad es nuestro mayor activo, y lo extraordinario debería ser un refuerzo de esa identidad, no un intento de imitación foránea.

Los aniversarios deben servir para mirar hacia dentro, para restaurar el patrimonio humano —que es el que más sufre— y no solo el de madera policromada. De nada sirve una procesión de aniversario si la hermandad vive el resto del año en un letargo asistencial o formativo.

Salamanca merece una Semana Santa que sepa celebrar sus hitos con la altura de miras que su historia exige. Que los aniversarios sean hitos de verdad, momentos en los que la ciudad se detenga porque algo realmente importante está ocurriendo, y no simplemente porque una junta de gobierno haya decidido que este año «toca» salir. Cuidemos lo extraordinario para que siga siéndolo. De lo contrario, acabaremos convirtiendo nuestra pasión en un simple espectáculo de variedades, y para eso, sinceramente, ya tenemos otros escenarios.


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