27-04-2026
Puede que estemos
empujados por la situación que se vive en nuestra sociedad, donde el
espectáculo se ha convertido en norma y al mismo tiempo un antídoto para calmar
el aburrimiento, auténtica enfermedad que nos aterra. Caminamos hacia una
Semana Santa —y una post-Semana Santa— donde lo «extraordinario» ha dejado de
ser la excepción para pasar a convertirse en la norma, en un bucle de
efemérides que amenaza con desvirtuar la esencia de lo que celebramos.
En los últimos
tiempos, parece que si una hermandad no celebra el centenario de la talla, el
cincuentenario de la refundación, la restauración de una corona o el
aniversario de la primera vez que un capataz se calzó las sandalias, algo está
faltando. Nuestro sistema nos impulsa hacia la dictadura de la novedad. Pero
seamos claros en este asunto: los aniversarios son necesarios. Marcan la pauta
del camino recorrido y son seña de quienes mantuvieron la llama encendida
cuando la Semana Santa de Salamanca era un ejercicio de resistencia más que un
fenómeno cultural de masas. El centenario de la Seráfica Hermandad del Cristo
de la Agonía este 2026, por ejemplo, es un acto de justicia histórica, un
recordatorio de esa estética tan nuestra que mezcla el rigor con la elegancia
del silencio.
Sin embargo, el
problema surge cuando la «salida extraordinaria» o el «acto magno» se utiliza
como un parche para llenar vacíos de contenido o para alimentar un ego
corporativo que necesita verse en la calle fuera de su ciclo natural. Lo
extraordinario, por definición, debería dejarnos sin aliento por su escasez. Si
cada año tenemos dos o tres procesiones fuera de fecha, el calendario litúrgico
empieza a parecerse peligrosamente a una programación de eventos destinados a
los turistas, perdiendo ese carácter de rito cíclico que nos conecta con
nuestras tradiciones.
¿Qué buscamos
realmente con estos aniversarios? A menudo, el esfuerzo se vuelca en la
estética: la mejor banda, el estreno de una túnica, el recorrido más
fotogénico. Pero la crítica necesaria aquí es si ese despliegue deja algún poso
en la ciudad o si, por el contrario, se esfuma en cuanto se recoge el paso.
Salamanca no es Sevilla, por mucho que algunos se empeñen en importar tics que
aquí chirrían como un eje sin engrasar. Nuestra sobriedad es nuestro mayor
activo, y lo extraordinario debería ser un refuerzo de esa identidad, no un
intento de imitación foránea.
Los aniversarios deben
servir para mirar hacia dentro, para restaurar el patrimonio humano —que es el
que más sufre— y no solo el de madera policromada. De nada sirve una procesión
de aniversario si la hermandad vive el resto del año en un letargo asistencial
o formativo.
Salamanca merece una
Semana Santa que sepa celebrar sus hitos con la altura de miras que su historia
exige. Que los aniversarios sean hitos de verdad, momentos en los que la ciudad
se detenga porque algo realmente importante está ocurriendo, y no simplemente
porque una junta de gobierno haya decidido que este año «toca» salir. Cuidemos
lo extraordinario para que siga siéndolo. De lo contrario, acabaremos
convirtiendo nuestra pasión en un simple espectáculo de variedades, y para eso,
sinceramente, ya tenemos otros escenarios.




0 comments: