Si un tema ha suscitado abundante filmografía en la historia
del cine, lo es sin duda la Pasión de Cristo. Directores afamados ―y no tanto―
lo han abordado desde todos los puntos de vista, con mayor o menor acierto,
generando auténticas obras de arte en unos casos y resultados más cuestionables
en otros.
Sin ánimo de ser exhaustivo, destacaré algunas que gozan de
merecida fama y general aceptación, según la crítica ―utilizaré su título
original―, como The Passion of the Christ (Mel Gibson), la que con mayor
crudeza y realismo representa el dolor físico de Jesús, hasta el extremo de
llegar a generar rechazo en el espectador más sensible o eclipsar aspectos más
contemplativos; The Gospel According to St. Matthew (P. Paolo Pasolini),
considerada por muchos críticos como la versión más artísticamente pura del
Evangelio, y que desde el estilo neorrealista muestra una considerable
fidelidad textual al Evangelio de San Mateo, aunque menos emocional que la
anterior; Jesus of Nazareth (miniserie de Franco Zeffeirelli) que
muestra el equilibrio entre humanidad, divinidad y narrativa bíblica, con un
ritmo más pausado; King of Kings (Nicholas Ray), que con una magnífica
fotografía y puesta en escena se erige en referente del cine bíblico
tradicional; The Last Temptation of Christ (M. Scorsese), centrada en el
conflicto interior de Cristo con enorme complejidad; Ben-Hur (William
Wyler), obra maestra del cine épico que, si bien no se centra exclusivamente en
la Pasión, culmina en la Crucifixión y pone de relieve el simbolismo cristiano.
Dicho todo lo anterior, La Pasión de Cristo, de Mel
Gibson, es sin duda mi preferida, por el impacto emocional que me produce y
porque no deja de sorprenderme. Recuerdo cómo, la primera vez que la vi, el
hecho de escuchar a los personajes hablando en la lengua original en que
históricamente se manifestaron cuando sucedieron los hechos (esto es, en
arameo, latín y hebreo) me introdujo en una atmósfera de auténtica vivencia
religiosa. Supe más tarde, por ejemplo, que Mel Gibson buscó la colaboración en
Roma para crear los diálogos en latín entre Jesús, Pilato y los soldados
romanos.
Es verdad que la potencia visual de las escenas y el manejo
de los efectos sonoros han generado el rechazo de muchos espectadores, por la
que consideran excesiva crudeza ―probablemente la tradición de las
representaciones plásticas de la Pasión y la Crucifixión han generado una
visión muy diferente a lo que realmente contemplaron los ojos contemporáneos
del Cristo histórico―. Pero, en realidad y sorprendentemente, la película se
queda corta en este aspecto, porque la ciencia actual afirma que el sufrimiento
soportado por Cristo fue mucho más intenso.
Philip Koutsaftis, un prestigioso forense que se ha acercado
desde el rigor científico al proceso, nos muestra que la Pasión tuvo «un
intenso carácter psicosomático» que se inició ya en Getsemaní, donde el
evangelio refleja esa tensión experimentada como «sudor de sangre», una
condición que la ciencia describe como el estado en que los capilares se rompen
y la sangre se mezcla con el sudor. Esto indica que su agonía comienza mucho
antes de que se iniciase la tortura. Después, Jesús sería sometido a seis
interrogatorios incansables, humillantes y dolorosos, a los que se sumó la
flagelación(1). Más tarde, atado y arrastrado durante unos seis
kilómetros, sediento y hambriento, vestido y desnudado repetidamente, azotado y
coronado por una corona de espinas ―ya expuse en otro artículo que, en
realidad, era una especie de casco que cubría toda la cabeza, provocando
heridas, dolor y sangrados constantes―. Luego cargó con la cruz, muy pesada y
áspera, sobre su malherida espalda. Totalmente agotado, con la sangre y el
oxígeno reducidos, se desplomó varias veces camino del Calvario.
Finalmente, la crucifixión: las manos y los pies clavados,
traspasados los nervios por esas cuñas terribles que provocaron un dolor
indescriptible; la hipotensión postural de su cuerpo, la inmovilidad y la
dificultad para respirar y exhalar, la deshidratación... En fin, la muerte
multifactorial, según explica Philip Koutsaftis, cuyas principales causas serían
la asfixia y el fallo circulatorio. La Pasión de Cristo constituye de este modo
una forma extrema de tortura que supera los límites humanos y nos permite
intuir, si no reconocer, su divinidad.
Mel Gibson no lo dudó y trató de mostrarlo en su magnífica
película. Pero fue mucho más allá, de ahí el reconocimiento que ostenta y que
esté muy cerca el estreno de la continuación. Seguiremos descubriendo más
curiosidades.
(1) El azote rasgó su piel y su carne, causando profundas heridas y una gran pérdida de sangre. Durante el rodaje de la flagelación Jim Caviezel (el actor que interpreta a Jesús) tenía delante un espejo para saber cuándo impactaba el golpe y quejarse, y en su espalda disponía de una protección de madera. Pero el flagelo se desvió una vez y le pegó en el costado. El alarido fue espeluznante, ¡por un solo golpe! Tuvieron que parar la filmación y esperar dos o tres días, si bien tomaron la herida como modelo para el maquillaje.




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