La vida se hace siempre de momentos
De cosas que no sueles valorar
Y luego, cuando pierdes, cuando al fin te has
dado cuenta
El tiempo no te deja regresar
Comienzo mi particular crónica de la Semana
Santa de este soleado pero fresco 2026 con un extracto de la canción «Momentos»
del artista español más importante de la historia, creo innecesario decir más.
Y es que, aunque ya hayan pasado dos viernes
desde que Jesús de la Pasión, níveo como dicta la tradición, decidiera rasgar
la noche en la calle Meléndez… ¡Solo han pasado dos viernes! Y la nostalgia
sigue inundando dos tercios de mis ventrículos y tres cuartos de mis aurículas.
Quizá
por esa melancolía anticipada, o tal vez porque la climatología ha concedido
una tregua insólita, uno se siente tentado a ejercer cierta indulgencia
crítica. No porque falten motivos —que los hay—, sino porque, en esta ocasión,
parece más honesto relegarlos a un discreto segundo plano.
Por eso prefiero olvidar y olvido esperpentos
(que me perdone don Ramón si cree que es demasiado para su género) como el
vivido en la Plaza de todos en la noche del Jueves Santo o pocas horas más
tarde (este quizás justificado por la conmoción ante una pérdida tan inesperada
como injusta). Por eso prefiero olvidar y olvido el mantenimiento de pasos
infantiles que no aportan nada a nuestras cofradías y sobre todo no enseñan a
los más pequeños que se pueden hacer otras cosas además de cargar. Por eso
prefiero olvidar y olvido el cansino ritmo de nuestras cofradías que con
escasos 150 nazarenos tardan en pasar 75 minutos, a dos nazarenos el minuto,
para delicia de fisioterapeutas y podólogos la semana de Pascua, eso sí. Por
eso prefiero olvidar y olvido algunos repertorios, que acompañados de
previsibles coreografías, provocan el fácil aplauso y el video de consumo
inmediato en redes sociales pero haciendo olvidar algunas de las más bellas
miradas de nuestra pasión.
Será por esos momentos vividos, esos instantes
que no aprecias hasta que desaparece por la puerta de la Vera Cruz el
Resucitado, por los que prefiero quedarme con lo bueno, que ha sido más de lo
esperado.
¿Cuándo dejaremos de escuchar esos mágicos
primeros compases de la marcha Mi Señor de la Oración cuando suenan las
liras de los ángeles de negro y oro y Jesús Despojado desborda de emoción la
Plaza de las Agustinas?
¿Cómo vamos a dejar de admirar el silencio ensordecedor,
denso, táctil del lunes santo o la lección magistral universitaria del martes
santo?
¿Cuándo nos va a dejar de conmover la salida de
la Virgen de las Lágrimas a los sones de la marcha que Vicente Gómez Zarzuela
compusiera a la muerte de Alberto Barrau?
¿Cómo olvidar el olor de las calas soledanas o
el color de las rosas rosarieras, si han entrado en nosotros de forma tan
extraordinaria como entró el Cristo de Nuestro Bien en la Capilla
Universitaria?
Nunca
—o, más precisamente, ya no es posible— son las respuestas a esas preguntas. Porque ya forman parte de nosotros.
Y, sin
embargo, incluso en medio de esa aparente plenitud, se impone una certeza
incómoda: todo está ya ocurriendo por última vez. Como advirtió Heráclito, nadie se baña dos veces en el mismo
río; tampoco nadie contempla dos veces el mismo momento cofrade. Aunque el
itinerario se repita, aunque la marcha vuelva a sonar, aunque la luz incida de
forma parecida sobre nuestras imágenes, nada es idéntico, porque nosotros
mismos ya no lo somos.
Ahí
radica, quizá, la verdadera naturaleza de la Semana Santa: en su condición
radicalmente efímera. Durante meses imaginamos calles y esquinas, conjeturamos
exornos florales y vestimentas, ideamos repertorios y silencios, que, cuando
finalmente se materializan, apenas se sostienen antes de desvanecerse. Y es en
esa tensión donde asoma una enseñanza que los estoicos comprendieron con
lucidez. Séneca advertía que no es que la
vida sea breve, sino que la hacemos tal al no saber habitarla. Tal vez no haya
mayor error que asistir a estos días sin asumir su carácter irrepetible.
Porque la
Semana Santa, más allá de su dimensión estética o devocional, es también una
pedagogía del instante. Nos obliga —aunque sea de forma fugaz— a detenernos, a
mirar, a sentir con una intensidad que el resto del año se nos escapa entre la
rutina y la prisa. Y, sin embargo, cuando creemos haber alcanzado ese grado de
conciencia, todo ha terminado ya; solo
quedan los ecos ya lejanos de los bombos y la cera adherida a las aceras como
última evidencia de lo vivido.
Entonces solo queda el poso, ese sedimento de imágenes, sonidos y emociones que tratamos de recomponer sin éxito del todo. Y es ahí, en ese intento inevitablemente imperfecto de retener lo vivido, donde la frase inicial cobra su verdadero sentido. Porque, al final, todo se reduce a eso: a una suma de momentos que, precisamente por su fugacidad, adquieren su verdadero valor. Y comprendemos —quizá demasiado tarde— que la Semana Santa no se mide en días ni en desfiles, sino en la intensidad con la que fuimos capaces de habitar cada uno de esos instantes.
Qué razón tenías, Julio.




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