miércoles, 15 de abril de 2026

Teatro

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Pedro Martín

Fotografía: María Pilar Pérez

15-04-2026

Teatro, la vida es puro teatro, rezaba la conocida canción, en un afán de poner encima de la mesa las mentiras y apariencias que, a menudo, llenan buena parte de todo lo que nos rodea. Dicho término ha sido usado y se sigue usando hasta la saciedad para descalificar o desmerecer nuestros desfiles procesionales, especialmente por determinados estamentos de dentro de la propia iglesia.

No cabe duda que la representación de la pasión lleva y ha llevado una gran carga de teatralidad, en el sentido más amplio del término, con toda expresividad artística, la emotividad y hasta ese punto incompresible e incontrolable que cruza la delgada línea de lo humano y lo divino. ¿O no es eso lo que pretendemos con ello? ¿No se trata de presentar a ese Dios humano, maltratado, vejado y muerto por nuestros pecados? ¿No se trata de presentar a ese Dios que a la vez que humano comparte la divinidad del Padre?

Parece que eso que se pretende, en mayor o menor medida, se consigue. No sé muy bien cómo, pero se consigue. Y parece que cada vez más. Y eso puede molestar. Este teatro tan denostado, no solo tiene espectadores, también actores. Por algo será, quizá es cosa del Espíritu, que en estos tiempos que nos ha tocado vivir quiera soplar de otra manera.

Los niños ya no tienen experiencia alguna de Dios (ni en las familias ni en los colegios, aunque estos sean religiosos). Los jóvenes en su mayor parte tampoco. Y, sin embargo, de una u otra manera, un número importante participan del teatro. ¿Y esto no interpela a aquellos que llevan años viendo cómo se vacían sus parroquias, pero sistemáticamente señalan al mundo cofrade? ¿Se han preocupado de entablar un diálogo sincero y sin prejuicios con dicho mundo? Preguntas que dejo en el aire y que, hace años, se hicieron en Andalucía, esa tierra de la que dicen que copiamos. Ojalá también lo hiciera en cierta medida el clero. Al menos allí, parece que algún fruto ha dado.

Y me van a perdonar, pero, paradójicamente, ese teatro que se nos achaca, lo veo yo cada vez más en muchas celebraciones litúrgicas, donde la sacralidad de las mismas no aparece por ningún lado, olvidando qué se celebra y quién está presente, para dulcificar y adaptar las mismas en una suerte de teatro que acerque y desvirtúe el misterio. Craso error, en mi opinión, y a la vista está con la concurrencia que puebla los bancos.

Si no les gusta el teatro, no vengan, no lo vean, no participen. Y si participan, bienvenidos sean, hagan crítica constructiva, participen de la vida de su cofradía, intenten entender este mundo tan complejo, pero con tanta potencialidad evangelizadora, escuchen y vean, también entre tramoyas, que este bendito teatro tiene mucha vida y merece la pena.

¡Santa y feliz Pascua, hermanos!



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