Teatro,
la vida es puro teatro, rezaba la conocida canción, en un afán de poner encima
de la mesa las mentiras y apariencias que, a menudo, llenan buena parte de todo
lo que nos rodea. Dicho término ha sido usado y se sigue usando hasta la
saciedad para descalificar o desmerecer nuestros desfiles procesionales,
especialmente por determinados estamentos de dentro de la propia iglesia.
No
cabe duda que la representación de la pasión lleva y ha llevado una gran carga
de teatralidad, en el sentido más amplio del término, con toda expresividad
artística, la emotividad y hasta ese punto incompresible e incontrolable que
cruza la delgada línea de lo humano y lo divino. ¿O no es eso lo que
pretendemos con ello? ¿No se trata de presentar a ese Dios humano, maltratado,
vejado y muerto por nuestros pecados? ¿No se trata de presentar a ese Dios que
a la vez que humano comparte la divinidad del Padre?
Parece
que eso que se pretende, en mayor o menor medida, se consigue. No sé muy bien
cómo, pero se consigue. Y parece que cada vez más. Y eso puede molestar. Este
teatro tan denostado, no solo tiene espectadores, también actores. Por algo
será, quizá es cosa del Espíritu, que en estos tiempos que nos ha tocado vivir
quiera soplar de otra manera.
Los
niños ya no tienen experiencia alguna de Dios (ni en las familias ni en los
colegios, aunque estos sean religiosos). Los jóvenes en su mayor parte tampoco.
Y, sin embargo, de una u otra manera, un número importante participan del
teatro. ¿Y esto no interpela a aquellos que llevan años viendo cómo se vacían
sus parroquias, pero sistemáticamente señalan al mundo cofrade? ¿Se han
preocupado de entablar un diálogo sincero y sin prejuicios con dicho mundo?
Preguntas que dejo en el aire y que, hace años, se hicieron en Andalucía, esa
tierra de la que dicen que copiamos. Ojalá también lo hiciera en cierta medida
el clero. Al menos allí, parece que algún fruto ha dado.
Y
me van a perdonar, pero, paradójicamente, ese teatro que se nos achaca, lo veo
yo cada vez más en muchas celebraciones litúrgicas, donde la sacralidad de las
mismas no aparece por ningún lado, olvidando qué se celebra y quién está
presente, para dulcificar y adaptar las mismas en una suerte de teatro que
acerque y desvirtúe el misterio. Craso error, en mi opinión, y a la vista está
con la concurrencia que puebla los bancos.
Si
no les gusta el teatro, no vengan, no lo vean, no participen. Y si participan,
bienvenidos sean, hagan crítica constructiva, participen de la vida de su
cofradía, intenten entender este mundo tan complejo, pero con tanta
potencialidad evangelizadora, escuchen y vean, también entre tramoyas, que este
bendito teatro tiene mucha vida y merece la pena.
¡Santa
y feliz Pascua, hermanos!




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