La
libertad, mi amo y señor, es incompatible con la grandeza por muchas aptitudes
que uno tenga. Pero al librarte de la obligación de ser grande ya no serás
importante.
(Francisco Casavella, Lo que sé de los vampiros)
En
la Facultad de Periodismo circulaba un viejo axioma como ejemplo de lo que no debía
hacerse a la hora de ejercer: no dejes que la realidad te estropee un buen
titular. Lo debatíamos quizá después de haber visto The front page, de
Billy Wilder, y como a mí no me daban ni vocabulario ni gramática para hacerlo
en inglés, tenía que hacerlo en español. Defendía que aquel viejo periodismo de
la exclusiva planetaria y el todo vale estaba muy lejos ya de nuestra sociedad.
Pero ya se ve cómo está el patio.
Y
no solo en la comunicación, porque, quizá, algo no muy alejado de eso pudo
pensarse a la hora de diseñar la Madrugada de la Dominicana. No dejes que nada,
ni tradición, ni costumbre, ni gesto humano, te estropee lo que tú sueñas como
una gran procesión (a tu modo o manera). Así que, en uso legítimo pero triste
de la libertad de la cofradía, se le dijo a la gente de Proyecto Hombre que muy
bien, pero que de eso de ir, como desde hace casi veinte años, junto a la
Esperanza, nada de nada.
Fue
un regalo amargo para una institución que está a punto de recibir el Premio
Castilla y León a los Valores Humanos a través del nunca suficientemente
ponderado Manuel Muiños, cabeza de un conjunto de colectivos desgraciadamente
muy necesarios en la lucha contra las adicciones, que siguen sin dar cuartel.
La
amargura de la carta enviada por el bueno de Manolo a la hermandad, declinando
su participación ante las condiciones exigidas en este Viernes Santo, me ha
parecido una de las cosas más tristes que le han pasado a la Semana Santa.
Porque
la ausencia del Santísimo Cristo de la Buena Muerte no deja de ser un accidente
muy desgraciado, que hay que tomar como llega y tratar de levantarse como se
pueda, como con todos los accidentes. Luego hay cuestiones debatibles, de barra
cofrade. Como si gusta o no el paso de Jesús de la Pasión –que irá a ser sin
duda muy bonito, como lo son los cientos en los que ahora se afanan los
talleres especializados, pero nunca tendrá la personalidad del anterior–, si
hay que asumir que una de las mejores aportaciones de la imaginería barroca,
Nuestra Señora de los Dolores, haya que verla esquivando faroles, o si,
siguiendo esta misma y particular doctrina de esconder lo bueno, era mejor o
peor salir con las luces de San Esteban apagadas (anda que Sevilla apaga la
Catedral cuando pasan por la carrera oficial las hermandades…).
Cosas
sobre las que cada uno podrá pensar lo que quiera y todo el mundo tendrá sus
razones, pero que no dejan de ser circunstancias menores, anécdotas. Luego está
lo esencial, lo humano.
La
Esperanza es una de las advocaciones que nos apuntan directamente al corazón.
¿Quién no necesita un átomo de esperanza para levantarse, seguir, salir de un
mal paso? ¿Quién es tan necio para pensar que no lo va a necesitar?
Por
eso, aunque como en Madre no hay más que muchas (la obra de teatro que
fui a ver el otro día a reírme con la gran actuación de mi amiga Nuria Virginia
Martín), hay advocaciones marianas para casi todo en la vida, la de la
Esperanza lleva un torrente verde tras de sí que aclara el negro que nos
envuelve cuando empezamos a pensar que todo está perdido.
Un
torrente en el que este año han faltado las luces de aquellos a los que la vida
les ha puesto en un brete, pero no han querido dejarse vencer. Los que dieron
un paso para romper la tiranía de una sustancia, el juego o el móvil.
Si
la esperanza tuviera una cara, seguramente sería la suya. Imagínate pensar que a
ver si te estropean un tramo y buscarles un sitio donde no molesten.




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