martes, 5 de mayo de 2026

El Cristo roto

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Félix Torres



05-05-2026

 

¡Debieran tener más cristos rotos, uno a la entrada de cada iglesia, que gritara siempre con sus miembros partidos y su cara sin forma, el dolor y la tragedia de mi segunda pasión, en mis hermanos los hombres! Por eso te lo suplico, no me restaures, déjame roto junto a ti, aunque amargue un poco tu vida.

Ramón Cué, S.J.

(Mi Cristo Roto)

 

No creo descubrir nada nuevo a quienes leen estas líneas si digo que en esta sociedad en la que nos está tocando vivir, nos hemos acostumbrado a asumir con resignación la falta de respuestas y a que la pelota ruede de unos tejados a otros sin que nadie la baje al suelo. Que los guantes ya no se recojan cuando son lanzados y prefiramos evitar la afrenta escondiendo la cabeza debajo del ala o culpar a los demás de nuestros propios errores. Son cosas que vemos a diario y que, quizá por eso, hemos naturalizado equivocadamente como parte de nuestra cotidianidad.

Cuando se produjeron los catastróficos hechos que terminaron en riadas e inundaciones en algunos pueblos, sobre todo de la región valenciana, nadie puso en duda que aquello se trató de un accidente, una desgracia natural, por la que, sin embargo, al presidente de la Generalitat se le pidieron explicaciones desde el primer momento y de la que se le hizo responsable último –más allá de consellers o cargos intermedios– por no haber mantenido los cauces y rieras en unas condiciones que posiblemente hubieran evitado tantas muertes.

En el trágico accidente ferroviario de Adamuz, fue al ministro de transportes a quien se le exigió desde el primer momento que aceptara su responsabilidad, no por los fallecidos sino por el deficiente mantenimiento de una vía cuya conservación y buen estado dependían de su ministerio.

Por supuesto, ni Mazón tenía que haber limpiado los cauces con sus propias manos, ni Puente debía haber agarrado el martillo para golpear los raíles en busca de grietas o roturas. Pero, lamentablemente, ellos estaban ahí ostentando el cargo en esos trágicos momento y simplemente por eso, todas las miradas y voces que exigían algo más que explicaciones se volvieron hacia ellos.

Aquí enlazo en bucle con el primero de mis párrafos para justificar lo injustificable. Porque, aunque el primero de los implicados dimitió, tras muchas presiones y más por asegurarse el futuro que por convicción, y el segundo aún sigue remoloneando en su sillón haciendo oídos sordos a quienes le critican, sin asumir una dimisión que le honraría, está claro que nadie admite la responsabilidad última y todos echan balones fuera esperando a que todo se calme con el tiempo, a que las aguas vuelvan a su cauce –aunque la frase no sea la más adecuada en este caso– y seguir mandando como si nada hubiera pasado.

En la Hermandad Dominicana, ¿dónde queda la responsabilidad, si es que la hubiera, por la rotura del Cristo de la Buena Muerte? Está claro que el hecho último, que es la desgraciada caída de la sagrada imagen, no es sino el resultado de una conjunción de fatalidades y que nadie tiene la culpa de un accidente (que todos, por supuesto, consideran como tal y no como negligencia), pero, como en los casos de la DANA o del AVE, los administrados necesitan conocer la realidad por cruda que esta sea y exigir responsabilidades últimas por el suceso, da igual que sea por la falta de revisión de unos enganches en mal estado, como por un descuido en el manejo o una fatal casualidad, que son cosas que siempre están ahí, sin que nadie las quiera, pero que hace falta aclarar.

Por supuesto que nadie buscaba lo ocurrido. Ni Mazón, ni Puente, ni quien sea que deba asumir la responsabilidad en la Dominicana, pero por el mero hecho de ser el gestor, por el simple hecho de estar ahí en ese momento, alguien debería tomar las riendas y llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Es lo que tienen los cargos, que más allá de disfrutar de los momentos de alegría y bonanza, que son la mayoría, a veces exigen tragarse esos sapos que surgen cuando las cosas vienen mal dadas. Y eso, además, honra siempre a quien sabe actuar consecuentemente.

No es cuestión de echarle los perros a quien sea que deba hacerse cargo de esta responsabilidad, pero sí que asumir las consecuencias sea respuesta a lo que debiera entenderse como un toque de atención para que disminuyan la displicencia, el exceso de autoconfianza o las distracciones por monotonía, lo que debería, además, ir acompañado de unas explicaciones públicas, sinceras y objetivas, de cuanto sea necesario explicar, para evitar corrillos, dimes, diretes y erróneas interpretaciones en todo momento.

Lo desgraciadamente incontestable es que el Cristo de la Buena Muerte se hizo añicos y que tras esto nunca volverá a ser igual. Ojalá sea más querido, aumente una devoción ya de por sí grande y sus «heridas restañadas» sirvan para unir algo más que los pedazos de una figura que no sería nada sin la veneración piadosa que se le profesa. Pero con respuestas adecuadas y claras.



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