¡Debieran
tener más cristos rotos, uno a la entrada de cada iglesia, que gritara siempre
con sus miembros partidos y su cara sin forma, el dolor y la tragedia de mi
segunda pasión, en mis hermanos los hombres! Por eso te lo suplico, no me
restaures, déjame roto junto a ti, aunque amargue un poco tu vida.
Ramón Cué,
S.J.
(Mi Cristo
Roto)
No creo descubrir nada nuevo a quienes leen estas líneas si
digo que en esta sociedad en la que nos está tocando vivir, nos hemos
acostumbrado a asumir con resignación la falta de respuestas y a que la pelota
ruede de unos tejados a otros sin que nadie la baje al suelo. Que los guantes
ya no se recojan cuando son lanzados y prefiramos evitar la afrenta escondiendo
la cabeza debajo del ala o culpar a los demás de nuestros propios errores. Son
cosas que vemos a diario y que, quizá por eso, hemos naturalizado equivocadamente
como parte de nuestra cotidianidad.
Cuando se produjeron los catastróficos hechos que
terminaron en riadas e inundaciones en algunos pueblos, sobre todo de la región
valenciana, nadie puso en duda que aquello se trató de un accidente, una
desgracia natural, por la que, sin embargo, al presidente de la Generalitat se
le pidieron explicaciones desde el primer momento y de la que se le hizo
responsable último –más allá de consellers o cargos intermedios– por no
haber mantenido los cauces y rieras en unas condiciones que posiblemente
hubieran evitado tantas muertes.
En el trágico accidente ferroviario de Adamuz, fue al
ministro de transportes a quien se le exigió desde el primer momento que
aceptara su responsabilidad, no por los fallecidos sino por el deficiente
mantenimiento de una vía cuya conservación y buen estado dependían de su
ministerio.
Por supuesto, ni Mazón tenía que haber limpiado los cauces
con sus propias manos, ni Puente debía haber agarrado el martillo para golpear
los raíles en busca de grietas o roturas. Pero, lamentablemente, ellos estaban
ahí ostentando el cargo en esos trágicos momento y simplemente por eso, todas
las miradas y voces que exigían algo más que explicaciones se volvieron hacia
ellos.
Aquí enlazo en bucle con el primero de mis párrafos para
justificar lo injustificable. Porque, aunque el primero de los implicados
dimitió, tras muchas presiones y más por asegurarse el futuro que por
convicción, y el segundo aún sigue remoloneando en su sillón haciendo oídos
sordos a quienes le critican, sin asumir una dimisión que le honraría, está
claro que nadie admite la responsabilidad última y todos echan balones fuera
esperando a que todo se calme con el tiempo, a que las aguas vuelvan a su cauce
–aunque la frase no sea la más adecuada en este caso– y seguir mandando como si
nada hubiera pasado.
En la Hermandad Dominicana, ¿dónde queda la
responsabilidad, si es que la hubiera, por la rotura del Cristo de la Buena
Muerte? Está claro que el hecho último, que es la desgraciada caída de la sagrada
imagen, no es sino el resultado de una conjunción de fatalidades y que nadie
tiene la culpa de un accidente (que todos, por supuesto, consideran como tal y
no como negligencia), pero, como en los casos de la DANA o del AVE, los
administrados necesitan conocer la realidad por cruda que esta sea y exigir responsabilidades
últimas por el suceso, da igual que sea por la falta de revisión de unos
enganches en mal estado, como por un descuido en el manejo o una fatal
casualidad, que son cosas que siempre están ahí, sin que nadie las quiera, pero
que hace falta aclarar.
Por supuesto que nadie buscaba lo ocurrido. Ni Mazón, ni
Puente, ni quien sea que deba asumir la responsabilidad en la Dominicana, pero
por el mero hecho de ser el gestor, por el simple hecho de estar ahí en ese
momento, alguien debería tomar las riendas y llevarlo hasta sus últimas
consecuencias. Es lo que tienen los cargos, que más allá de disfrutar de los
momentos de alegría y bonanza, que son la mayoría, a veces exigen tragarse esos
sapos que surgen cuando las cosas vienen mal dadas. Y eso, además, honra siempre
a quien sabe actuar consecuentemente.
No es cuestión de echarle los perros a quien sea que deba hacerse
cargo de esta responsabilidad, pero sí que asumir las consecuencias sea
respuesta a lo que debiera entenderse como un toque de atención para que
disminuyan la displicencia, el exceso de autoconfianza o las distracciones por
monotonía, lo que debería, además, ir acompañado de unas explicaciones públicas,
sinceras y objetivas, de cuanto sea necesario explicar, para evitar corrillos,
dimes, diretes y erróneas interpretaciones en todo momento.
Lo desgraciadamente incontestable es que el Cristo de la
Buena Muerte se hizo añicos y que tras esto nunca volverá a ser igual. Ojalá
sea más querido, aumente una devoción ya de por sí grande y sus «heridas
restañadas» sirvan para unir algo más que los pedazos de una figura que no
sería nada sin la veneración piadosa que se le profesa. Pero con respuestas
adecuadas y claras.




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