Helena, Constantini mater, Jerosolymam
venit ut crucem Domini inveniret.
Lo canta la Iglesia de Jerusalén, en una antífona
procesional de la basílica del Santo Sepulcro, para hacer memoria y dar gracias
por la llegada a la ciudad de la anciana madre del emperador, hace justo
diecisiete siglos. El hallazgo de la Vera Cruz por santa Elena se tradujo,
después, en la institución de una fiesta dedicada a este acontecimiento, cuando
fue llevada a Roma una reliquia del felizmente encontrado árbol de la vida y
consagrada para su custodia la basílica de la Santa Cruz. Dicha fiesta se
estableció el 3 de mayo, quedando así asociada al tiempo de la Pascua, en que
contemplamos el misterio de la Cruz florecida, explicado a la luz del triunfo
de Jesús Resucitado.
Después de haber celebrado ayer los quinientos veinte años
de la salmantina Cofradía de la Vera Cruz, fundada precisamente el 3 de mayo de
1506, y de haber venerado de modo singular la reliquia del Lignum Crucis, no
está de más recordar la necesidad de seguir buscando la cruz, en la que Cristo
extiende sus brazos para abrazarnos. Lo expresaba con claridad el santo de
Fontiveros, Juan, el que tomó el nombre «de la Cruz» para el camino reformador
del Carmelo: «Quien no busca la cruz de Cristo, no busca la gloria de Cristo».
En la misma línea, pero en el siglo anterior, Tomás de Kempis: «Quien busca a
Jesús sin la cruz, encontrará la cruz sin Jesús».
Son citas breves pero profundas que nos ayudan
a adecuar la búsqueda en la vida, tantas veces dispersa, distraída,
descentrada. Beben de la enseñanza de Pablo: «Dios me libre de gloriarme si no es en
la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para
mí, y yo para el mundo» (Gál 6,14); que se nutre de la enseñanza de Cristo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se
niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera
salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará» (Lc
9,23-24).
Por el camino, seguro, buscaremos la mejor procesión posible, la marcha
más idónea para tal o cual paso o calle, la puntualidad más exacta para el
itinerario más escogido, el imaginero más solicitado, el exorno floral más vistoso,
el hábito más cuidado, el encuentro nacional de cofradías más brillante... y
quizá encontremos el imprevisto de solución más compleja, el conflicto más
enquistado, la respuesta más escasa, la soledad, el cansancio, la falta de
fruto. Ahí estará la verdadera cruz, porque vio Dios que era bueno, y
misteriosamente nos la mostró como a la gran Elena.
Buscar a Cristo, dejarnos encontrar por él en cada encrucijada, es besar
la Vera Cruz cada 3 de mayo y aceptar la cruz cada 4, y cada 5, y cada 6...
Pues, ¿de qué nos sirve ganar el mundo si nos perdemos a nosotros mismos?
¿Acaso podríamos cargar con nuestra cruz sin reconocer en la Santa Cruz al que
fue a ella y la sigue llevando por nosotros?




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