Fue
Ricardo Rivero, cuando era rector de la Universidad de Salamanca, el que me
dijo que le atraía la idea de que la Semana Santa era una de las pocas cosas
que han llegado a nuestro tiempo atravesando siglos y como un esfuerzo
colectivo de cada una de las sociedades que se van sucediendo.
Asombra
pensar que algo tan delicado haya podido superar tantas y tantas dificultades.
Y reconforta pensar que siempre ha habido un grupito de personas dispuestos a
tirar del carro de una manifestación que, nadie me saca esta idea de la cabeza,
en general nos hace mejores.
Lo
del esfuerzo colectivo no es cosa menor, que diría aquel, sino uno de los
puntos centrales de cualquier aproximación rigurosa a este fenómeno, siempre a
caballo entre muchas realidades. Por muchos personalismos que se diga que haya,
mucha batalla de egos (campanilismo lo llaman en Italia en una metáfora
adecuada), al final sin la presencia de un colectivo más o menos nutrido, en la
cofradía y la sociedad, en la procesión y en la calle, nada sería posible ni tendría
sentido.
Después
de años contemplando con mayor o menor entusiasmo la idea, que se iba
desarrollando cada vez en más puntos de la geografía con variados motivos, y de
meses de más intenso runrún, ya la tenemos aquí. Las cartas bocarriba y la
invitación a las hermandades de formar parte de una procesión extraordinaria en
septiembre.
Un
asunto que ha marcado completamente los corrillos cofrades durante los últimos
días con variadas visiones. Creo que el enfoque más certero del asunto me lo
dijeron el otro día en una conversación apresurada en la calle: es como cuando
un ser muy querido te invita a su boda. Igual es un gasto con el que no
contabas; a lo mejor es una fecha en la que habías pensado irte a la playa; la
última vez que te pusiste traje pesabas quince kilos menos… pero sabes que no
puedes decir que no y que al final, por mucho que refunfuñes, acabarás yendo y
gritando con la corbata anudada a la cabeza que vivan los novios.
Por
encima de todo, me parece que es Salamanca la que llama. Yo no sé si es
adecuado o no hacer una procesión extraordinaria en septiembre, pero si al
señor obispo le parece oportuno, entiendo que habrá un motivo sólido que lo
justifique. Mientras tanto, que la Salamanca cofrade se reúna en un proyecto
común con motivo de un encuentro nacional de cofradías tampoco parece mala
cosa.
Hay
que probarse el traje y ver si hay que sacar de la cintura o de la sisa, claro.
Una procesión extraordinaria, un esfuerzo extraordinario. Pero seguramente al
echar cuentas acabemos coincidiendo en que merece la pena mostrar una señal de
unidad, que vale tanto para los posibles espectadores de fuera como y, sobre
todo, para los de dentro. Para algunas cofradías muy habituadas a actos
repartidos durante todo el año, seguramente no sea costoso reunir un turno de
carga y un cortejo aparente. Para otras puede ser un dolor de cabeza movilizar
resortes que solo se activan de año en año, pero creo que salir adelante con
esto será una forma de medir hasta dónde puede llegarse con la ilusión.
La
selección de imágenes siempre será debatible (miren si no la lista de Luis de
la Fuente) pero a priori parece una buena representación de la calidad
imaginera que atesora la ciudad y de la devoción popular que lleva siendo
tantos años el motor de este invento (aunque a mí me falta Jesús de la
Redención, todo sea dicho).
Pero,
en definitiva, con independencia del membrete de la carta de invitación, creo
que quien lo pide es Salamanca y es momento de generosidad y esfuerzo
compartido en beneficio de algo que quizá vaya más allá de la propia cofradía y
hasta la propia Semana Santa. Eso que llamamos el bien de todos.




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