Hace
unas semanas, en las postrimerías de la Semana Santa, me pasó un amigo un
artículo que versaba sobre una revisión de la Semana Santa cofrade vivida. Me
hizo pensar, no tanto por la originalidad en sí de lo que allí se expresaba,
sino porque repetía, cual letanía, la denuncia consabida de una vaciedad de
exterioridad vana en toda la Semana Santa cofradiera y procesional. Nihil
novum sub solem. A día de hoy, me sigue siendo, por lo pronto, muy llamativa
—por no decir temeraria— la soltura con la que en cierto pensamiento
inquisitivo se adentra en el terreno de las conciencias ajenas, diagnosticando
ausencias de «corazón y mente» en todo un mundo cofrade. Sorprende esa especie
de omnisciencia espiritual aplicada con tanta ligereza, como si fuera posible
medir desde fuera la autenticidad interior de miles de personas. Y más aún
cuando la propia tradición eclesial ha sido siempre cauta en este punto,
recordando —con ese saludable realismo latino— que de internis nemo judicat, neque Ecclesia: de lo
profundo, de lo íntimo del alma, no juzga nadie… ni siquiera la Iglesia, solus
Deus, esto es, solo Dios.
Yo,
sin embargo, sin pontificar, puedo confesar que, por el contrario, a mí me
punzan mil rostros, incluso con sus lágrimas, que veo al paso de la procesión
externa, así como me estremecen, en muchas ocasiones, esas manos temblorosas,
cual fenicia del evangelio, que se atreven a tocar el manto... Y ¿si solo es
una persona? ¿No salvó y perdonó Dios a Nínive por diez justos? (Gn 18). Aun
así, aunque todas las comparaciones son odiosas, sin embargo, hay que hacerlas,
pues me choca que muchos de los que blanden la espada para podar y depurar la
religiosidad popular, multitudinaria, de esa tentación de exterioridad vana,
sin embargo, —ya se lo contaré— no aplican la misma vara de medir con las
multitudinarias y exitosas aglomeraciones de JMJ's y de visitas papales. Solo
como apunte cariñoso. Pues las varas de medir, en el fondo, miden al medidor.
Es
cierto que leía problemas universales que ya encontramos en las denuncias del
profeta Isaías, entre otros —el predominio de lo estructural, «lo estético y la
teatralización»—, pero estas denuncias proféticas, tan manidas, al final, no terminan
de articular criterios claros ni conclusiones firmes. Cada crítica, de las
muchas de este género, queda amortiguada por una cautela excesiva, de modo que no
logran establecer una línea argumental sólida, sino que se disuelve todo en una
sucesión de impresiones que no terminan de consolidarse en un juicio coherente.
Una crítica, en realidad, sin propuesta de salida o de soluciones.
La
cuestión, sin embargo, que más me preocupa y que comparto y me atrevo a reflexionar
es la del trasfondo ideológico que explica esta repetitiva crítica a las
formas. Se percibe una desconfianza de raíz hacia las formas tradicionales
recibidas, como si toda expresión externa de la fe estuviera bajo sospecha de
inautenticidad. It's the question! No es casual que se contraponga
constantemente lo exterior y lo interior, afirmando por ejemplo que el éxito en
lo estructural y en lo formal —refiriéndose a la pasada Semana Santa
procesional— en lo estético y en la teatralización han sido espectaculares,
mientras se deja en el aire la sospecha de que todo ello carece de verdadero
valor. Este recelo, tan característico de ciertos planteamientos progresistas,
tiende a deslizarse hacia una suerte de iconoclasia blanda: no se destruyen las
formas, pero se vacían de sentido, se relativizan o se consideran meros
envoltorios prescindibles frente a una pretendida pureza interior.
Pero
esto no se queda aquí. A este problema —al menos a los que lo percibimos como
problema— se suma, y va de la mano, otro no menos inquietante y más hondo que
se observa en ciertos sectores del mundo católico, que afecta, por lógica
interna, incluso ya directamente a la misma comprensión de la mismísima liturgia,
porque afecta a la comprensión del rito y a la ritualidad en sí. Se advierte
una tendencia, en algunos lugares dominante, a desplazar el centro de gravedad
del acto litúrgico desde la celebración hacia la explicación, como si el
misterio hubiera de ser continuamente traducido, desmenuzado y justificado para
poder ser recibido. Bajo el prurito de una supuesta «maduración» espiritual, se
desliza una forma de espiritualismo sin cuerpo, una especie de neo-gnosis
eclesial que, desconfiando de la mediación sensible del rito, termina por
considerar lo sacramental como mero soporte pedagógico. La liturgia, así, deja
de ser acontecimiento que acontece —ex opere operato— para convertirse
en una catequesis ambulante, en un discurso sobre lo sagrado más que en la
actualización efectiva del misterio. Se explica lo que debería celebrarse, se
comenta lo que debería adorarse, se racionaliza lo que debería ser acogido en
el silencio y en la forma ritual. Y en ese tránsito sutil, pero decisivo, la
acción sagrada pierde densidad simbólica y espesor encarnado, quedando reducida
a un dispositivo didáctico que informa, pero no transforma, que ilustra, pero
no introduce en el misterio. De este modo, la sospecha sobre las formas
sensibles, que es a donde vamos, no solo afecta a la piedad popular, sino que
termina erosionando el mismo núcleo sacramental de la fe, sustituyendo la
lógica de la presencia por la del concepto, y la del acontecimiento por la de
la explicación permanente.
El
problema, según intuyo, es que ese interiorismo, presentado como depuración
acaba muchas veces en un subjetivismo de difícil sostén. La fe deja de apoyarse
en mediaciones concretas —ritos, símbolos, tradiciones vividas— para quedar
reducida a una experiencia íntima. No es casual que se termine apelando en
estos discursos de denuncia profética a la propia responsabilidad individual, trasladando
así el peso del problema al individuo sin ofrecer un marco objetivo que lo
oriente.
Y aquí
aparece el riesgo que esta corriente parece no querer reconocer: el de una
purificación que termina en vaciamiento. Como en el símil de ir quitando capas
a una cebolla en busca de su esencia, se corre el peligro de eliminar una tras
otra las expresiones concretas de la fe —por considerarlas accesorias o
imperfectas— hasta descubrir que, al final, no queda nada sólido que sostenga
la experiencia creyente. Este pensamiento, sin advertirlo, apunta en esa
dirección cuando se termina optando por dos Semana Santas paralelas, los de la
pretendida procesión por dentro y los que solo procesionan por fuera, introduciendo
una separación —he aquí la clave de fondo— que rompe la unidad tradicional
entre forma y fondo.
De
hecho, esta dinámica no es meramente teórica. Cuando las formas tradicionales
se sustituyen sin criterio claro por otras supuestamente más «puras», a menudo
lo que emerge no es una mayor profundidad, sino una estética desdibujada, sin
fuerza simbólica ni capacidad de arraigo. Se pasa de una riqueza expresiva
acumulada durante siglos a formulaciones débiles, de corto recorrido, incapaces
de sostener una vivencia comunitaria robusta. Sin embargo, despreciar o
relativizar esas formas en nombre de una interioridad más «auténtica» no eleva
la fe, sino que la priva de los cauces que históricamente la han hecho vivible.
Por decirlo en Román paladino, no creo yo que la modernización y la salvación
de la fe, en la apostasía generalizada que vivimos, —y a las pruebas me remito—
lo vaya a solucionar el hecho de sustituir las procesiones clásicas por modernas
dinámicas oracionales de ritos de zapatillas, velas, letreritos y otras
hierbas, con todos mis respetos, de persistentes y tenaces modas de los años 70
y 80 del siglo pasado que han traído, según mis cálculos, la nada y el vacío.
Con perdón.
La
cuestión es que estos discursos y pensamientos, en definitiva, parecen moverse
en una tensión no resuelta: se quiere depurar sin destruir, pero se desconfía
de aquello mismo que debería conservar; se quiere profundizar, pero socava los
fundamentos que permiten esa profundidad. Y así, en su intento de afinar la
vivencia religiosa, se corre el riesgo de dejarla sin cuerpo, sin lenguaje y
sin memoria.
En fin, ante estas críticas queda uno ante una paradoja inquietante, pues en nombre de una mayor autenticidad, se propone un camino que, llevado a sus últimas consecuencias, puede desembocar precisamente en lo contrario, esto es, en una fe diluida, sin contornos claros, incapaz de sostenerse más allá de la impresión momentánea de cada cual. Total, un capítulo más del mar de confusión del que todos participamos.




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