viernes, 8 de mayo de 2026

Han pasado diez años

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F. Javier Blázquez

Fotografía: Pablo de la Peña

08-05-2026

Fue un 15 de mayo, de 2016. Domingo de Pentecostés. Hace ahora diez años. José Fernando Santos ejercía de anfitrión y convocados por José Manuel Ferreira nos reunimos ocho personas, los dos mencionados, Pepe Román, Luis Felipe Delgado, Esteban Prado, Roberto Domínguez, Vicente Velasco y quien suscribe. Sabíamos qué se iba a hacer porque desde la semana de Pascua, que ese año iba adelantada, Manolo Ferreira nos había ido comiendo la oreja con la idea de fundar una cofradía penitencial.

Todos conocíamos bien la Semana Santa procesional. Forjados en mil batallas, ejerciendo responsabilidades, con quehaceres, alegrías y desengaños de lo más variado. Pocos secretos tenía este mundo y por ello éramos muy conscientes de las dificultades y esfuerzos que conlleva una empresa de este tipo. Pero el reto tenía un atractivo enorme. La procesión, o marcha penitencial, que así se decidió constase en los textos oficiales, no era lo importante. El objetivo, y ese fue el argumento esgrimido por Ferreira para seducirnos, era ayudar a los cristianos de Tierra Santa.

Iluminados por el Espíritu, que soplaba con fuerza en su día, de esa reunión salió lo principal. La titulación, objetivos, funcionamiento, bosquejo de la marcha penitencial, estructura de los Estatutos… y el acta fundacional. Cinco meses después llegó la ratificación episcopal. Todo fue muy rápido, fundamentalmente porque el padre Francesco Patton, custodio de Tierra Santa, había sido informado del proyecto y lo avaló personalmente ante el obispado, dando fe de que todo iba muy en serio. La Hermandad Franciscana del Santísimo Cristo de la Humildad era ya una realidad.

Entre el 15 de mayo de la fundación y el 14 de octubre que se firmó el decreto de erección canónica, pasaron evidentemente muchas cosas. Y en ese tiempo, junto a los fundadores, hubo otras personas que desempeñaron un papel fundamental. Sin ellas todo hubiera ido más lento, o quizás ni hubiera ido. El primero fray Enrique Bermejo, fraile de la Custodia en Jerusalén. Se contacta con él a través del recientemente fallecido José Manuel Hernández, entonces párroco de la Purísima. El padre Bermejo es de Cantalapiedra e intuyó al momento el potencial de una cofradía vinculada a Tierra Santa. Y se erigió en mentor ante la orden franciscana y su Custodia. Surgió el vinculo que con el tiempo se ha fortalecido.

En la parte administrativa, el presidente de la Junta de Semana Santa, José Adrián Cornejo, también fue clave. A veces sus exigencias desesperaban, pero el tiempo acabó dándole la razón para conseguir ante el obispado la erección canónica en tan poco tiempo. También es obligatorio reconocer la acogida de la madre María Sonia, abadesa del monasterio de la Purísima Concepción, que admitió junto a la comunidad de clarisas a la hermandad. Había sede canónica. Otro sacerdote, que también nos ha dejado hace muy poco, abrió las puertas de San Martín como templo de salida y de exposición al culto de un Cristo de la Humildad que aún no existía. Y los párrocos de San Francisco y Santa Clara, Tomás Gil y Juan Andrés Martín, que aceptaron ser los capellanes.

Por último, sería injusto olvidar a los artistas, con los que se fue contactando a expensas de la aprobación. Andrés Alén hizo los diseños del emblema y la cruz pectoral, mientras que con Fernando Mayoral, Paloma Pájaro y Ricardo Flecha se ajustaron las tres obras de arte con las que cuenta la hermandad, los Cristos de la Humildad, San Damián y la Fraternidad Franciscana. Su generosidad permitió dar, a lo largo ya de 2017, ese toque de calidad y seriedad que caracteriza a la marcha penitencial.

El 15 de mayo se cumplen los diez años de la fundación y los objetivos fundacionales siguen vigentes. La ayuda a Tierra Santa determina permanentemente el actuar de la hermandad. En Salamanca se asocia ya a la Hermandad Franciscana con Tierra Santa y cada vez son más los particulares e instituciones que confían en ella para hacer llegar sus donativos. Poco a poco se va avanzando y el sueño de José Manuel Ferreira, inspirado póstumamente por su primo fray Romualdo Fernández, está consolidando.


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