miércoles, 6 de mayo de 2026

Nazarena de la vida

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 J. M. Ferreira Cunquero

Foto: Composición. J. Fernando Santos-jmfcunquero
 

06-05-2026

 

Hace años se propuso como candidato al galardón que otorga nuestra Tertulia a un prestigioso cofrade, tratando de valorar su entrega más que demostrada a la Semana Santa salmantina. La propuesta se pensó que serviría como reconocimiento a todos los penitentes anónimos de fila, al entender que su aportación a las cofradías es la que sostiene el fenómeno procesional, más allá de los modismos que elevan a una dimensión estratosférica a cargadores y costaleros. Quiero recordar que el galardonado con una honestidad digna de ser resaltada, rechazó tal consideración, pues según él, en los ámbitos semanasanteros otra gente debía optar al galardón por ostentar más méritos que los suyos.

Recordando a aquel cofrade me ha dado por abrir las entrañas de los recuerdos más afectivos, que sitúan a quienes nos precedieron en el pódium de las grandes virtudes por el legado que pusieron a nuestro nombre en las notarías de la dignidad y el esfuerzo. Cofrades ajenos a estos rumbos dinerarios que hoy presiden, con orlas turísticas, nuestras amadas pretensiones de alcanzar las codiciadas cimas de no sé qué campeonato.

El caso es que, recordando a aquellos personajes imborrables de la memoria, caigo en la cuenta de que, en estos tiempos, aromatizados con mediocridades que cantan por sí mismas en las balconadas que rotulan grandiosidades y apariencias, hay cofrades dignos de ocupar, gracias a sus cualidades más que contrastadas, ese lugar preferente donde la sencillez que visten debería concederles el más clamoroso y acentuado de los respetos.

Entre ese grupo de nazarenos aparece en mis cábalas, sin apenas esforzarme en abrir demasiados recordatorios, una mujer que un día tomó la decisión de convertirse en hermana de la Franciscana.

La verdad es que conocía el trabajo que Ana Iglesias había desarrollado durante años dentro de mi querida hermandad del Silencio, pero sobre todo había acaparado mi atención personal su presencia en muchos, muchísimos actos cofrades a lo largo de los años. Su participación en todo tipo de eventos, siempre se ha significado por formar parte de ese escasísimo grupo de personas que acude a todas las convocatorias cofrades, sin medir la relevancia que estas puedan tener o aportar.

Por esto, y sin que prácticamente nos conociésemos, le ofrecí formar parte de aquella entusiasta Junta Directiva que tuve el gran honor de presidir en los primeros años de la Franciscana. Tanta era mi confianza en su experiencia y disposición cofradiera, que puse en sus manos la dirección de la marcha penitencial del Cristo de la Humildad.

Desde aquel momento, Ana nos demostró que, más allá de las palabras y las buenas intenciones, afloraba en ella, de forma natural, su disposición a ofrecer su colaboración en aquellas situaciones en las que era complicado encontrar a quien se responsabilizase de representar a nuestra Hermandad en esos actos soporíferos e intragables, que a veces, por redundancia e inoportuna convocatoria, ofrecen el más efusivo de los rechazos.

Pero sobre todo Ana fue, en los últimos meses de nuestra responsabilidad como directivos, un talismán que, en silencio, fuera de protagonismos y apariencias, nos regaló el aliento necesario y preciso para llegar dignamente a las esperadas elecciones, donde el relevo pactado por los promotores de la Hermandad debería renovar la responsabilidad dirigente.

Una casual adversidad hizo que los dos máximos responsables de la Hermandad fuésemos premiados en cuestión de unos días con la pedrea coronaria que mermó ánimos y capacidades. A cuenta de esto, Ana Iglesias asumió el responsable gesto de estar a mi lado como una sombra insistente y necesaria. Ahí se afianzó en mis querencias la admiración a la personalidad que esta hermana de la Franciscana y del Silencio irradia como ejemplo cristiano y de vida.

El compromiso de Ana con la religiosidad popular es tan claro, que sería sin duda alguna digna candidata a ese galardón que reconociese el esfuerzo del numeroso grupo de cofrades, que hacen posible la búsqueda de ese Cristo de la devoción popular, que existe en el corazón cofradiero, más allá de las procesiones y de sus ricas esencias ancestrales. 

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