27-05-2026
Como preámbulo a este artículo,
quiero dejar claro mi apoyo al que será uno de esos días llamados a quedar
grabados con sangre de toro en las paredes de la memoria del colectivo cofrade
salmantino. Pocas veces nuestras calles habrán contemplado semejante
concentración de patrimonio, devoción y esfuerzo humano. Y precisamente por
eso, porque el acontecimiento merece y mucho la pena, conviene señalar también
sus errores, contradicciones y algunas decisiones difícilmente justificables.
Porque una cosa es apoyar la
celebración de la gran procesión extraordinaria del próximo 26 de septiembre y
otra, muy distinta, asumir que todo lo que la rodea sea perfecto por decreto.
Hablemos, en primer lugar, de la
bien llamada magna, aunque a algunos les incomode el término. La procesión que
vivirá Salamanca no es una simple extraordinaria más. Es, la mayor
concentración procesional que hayan visto jamás las calles de nuestra ciudad. Y,
por tanto, la palabra «magna», procedente del latín magnus —grande,
extraordinario, notable— resulta no solo correcta, sino perfectamente ajustada
a la realidad.
Curiosamente, el latinajo parece
molestar únicamente cuando lo utiliza el pueblo. Porque mientras se evita
cuidadosamente hablar de «magna», el proyecto se presenta bajo el solemne y
doctoral nombre de «Vía Aurea», que al parecer sí posee la suficiente unción
filológica como para encabezar cartelería, dosieres y discursos oficiales. Debe
ser que en Salamanca el latín solo incomoda cuando resulta demasiado popular.
Y no cabe duda de que grande será.
Dieciséis pasos, que iban a ser diecinueve. Traslados previos. Exposición
catedralicia durante varios días. Carrera oficial. Autoridades civiles,
eclesiásticas y militares. Acreditaciones. Horarios milimetrados. Todo
organizado eso sí, magnis itineribus, nunca mejor dicho, ya que en cuatro
meses (contando con los caniculosos julio y agosto) todo habrá pasado y aún
quedan asuntos por concretar.
Porque basta leer el dossier
organizativo para comprender que Salamanca se prepara para algo de enormes
dimensiones. Otra cuestión distinta es si semejante magnitud se ha gestionado
con verdadero criterio o simplemente con la obsesión de que nadie se quede
fuera de la fotografía.
Y ahí entramos ya en el segundo
capítulo de esta historia: la manga.
Porque si algo desprende la
selección de imágenes es una generosa, amplísima y casi enternecedora manga
ancha. La organización parece haber optado por la solución más cómoda: un paso
por hermandad y café para todos. Más que una selección rigurosa de las grandes
devociones, conjuntos históricos y obras capitales de nuestra Semana Santa, da
la impresión de haberse confeccionado un delicado reparto corporativo donde el
criterio principal no era elegir lo mejor, sino evitar agravios.
El resultado es una procesión que
por momentos amenaza con confundirse más con un censo ilustrado de cofradías
que con una verdadera magna concebida bajo criterios patrimoniales,
devocionales o artísticos de máxima exigencia.
Porque conviene decirlo con
claridad: no todo posee el mismo valor histórico, ni artístico, ni devocional.
Nunca lo tuvo. Y no pasa absolutamente nada por reconocerlo. Salamanca cuenta
con imágenes verdaderamente excepcionales, conjuntos únicos y devociones
centenarias que forman parte de la memoria sentimental de la ciudad. Sin
embargo, algunas de ellas quedarán fuera mientras otras presencias parecen
justificarse más por equilibrio institucional que por verdadera necesidad
dentro del discurso procesional.
El propio dossier acaba delatando
involuntariamente esa sensación. En algunos casos, las escenas evangélicas
parecen adaptarse sobre la marcha para poder encajar determinadas imágenes
dentro del relato catequético previsto. Primero se decide quién sale; después
ya veremos exactamente qué representa. Y así aparecen fórmulas tan llamativas
como justificar reinterpretaciones iconográficas «para evitar duplicidades»,
reconociendo de manera implícita que dichas duplicidades existen.
Todo ello envuelto, además, en una
retórica grandilocuente donde absolutamente cada imagen pasa a convertirse en «fundamental»,
«singular», «catequética», «de extraordinario valor patrimonial» o «pieza clave
del discurso teológico». Leyendo algunas páginas del documento, uno termina con
la sensación de que Salamanca posee no veinte obras maestras, sino doscientas.
Y quizá ahí radique precisamente el
problema: cuando todo pretende ser excepcional, nada termina siéndolo
realmente. Da la impresión de que ha faltado valentía. Valentía para dejar
fuera determinadas propuestas. Valentía para construir una magna verdaderamente
selectiva. Valentía para asumir que una gran procesión histórica no tiene por
qué funcionar como una representación proporcional del mapa cofrade local. Porque
las magnas que permanecen en la memoria no son las que más pasos acumulan, sino
las que mejor resumen el alma de una ciudad.
Y llegamos finalmente al mangazo. No
penal, tranquilícese el lector. Simplemente moral. Porque existe algo
profundamente curioso en toda esta «Vía Aurea»: las hermandades han sido
invitadas a una fiesta que, en buena medida, tendrán que costear ellas mismas.
Mientras el Encuentro Nacional
proyectará la imagen de Salamanca por toda España, atraerá turismo, llenará
hoteles, generará impacto económico y servirá de escaparate institucional y
cultural, serán las propias cofradías quienes deban asumir gran parte del
esfuerzo extraordinario. Flores, acompañamientos musicales, montaje de pasos,
logística y gastos derivados correrán directamente por cuenta de las
hermandades participantes.
Y aquí surge una pregunta
inevitable. Si las administraciones públicas han incrementado precisamente este
año las aportaciones económicas a la Junta de Cofradías, vinculadas al
Encuentro Nacional y a la organización de esta magna procesión, ¿Dónde está ese
dinero? ¿Y por qué el gasto extraordinario continúa recayendo sobre las
corporaciones?
Resulta llamativo comprobar cómo las
cofradías aportan patrimonio, trabajo humano, imágenes, organización y además
financiación, mientras otros se reservan la fotografía institucional, el palco
y el discurso solemne. Dicho de otra forma: Salamanca parece haber descubierto
la fórmula perfecta para organizar una gran procesión extraordinaria invitando
a cenar a las hermandades… y entregándoles después la cuenta.
Y pese
a todo, el próximo 26 de septiembre Salamanca volverá a echarse a la calle.
Porque las cofradías salmantinas poseen una virtud que ni los dosieres
interminables, ni los equilibrios corporativos, ni las improvisaciones
organizativas han conseguido destruir: la capacidad de convertir incluso los
errores en emoción y fe verdadera.
Porque
cuando se apaguen los discursos y las fotografías oficiales, serán ellas —como
siempre— quienes sostengan el peso real de la jornada: el patrimonio, el
esfuerzo, la devoción y también la factura. La magna será seguramente un éxito,
precisamente pese a sus contradicciones y ausencias. Pero quizá por eso mismo
merecía más criterio, menos miedo y una organización verdaderamente a la altura
de aquello que pretende celebrar. Porque, como escribió Antoine de Saint-Exupéry, la perfección no se
alcanza cuando no queda nada por añadir, sino cuando no queda nada por quitar.




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