Partiendo de que hablamos siempre en
términos generales —porque, lógicamente y afortunadamente, existen maravillosas
excepciones—, es evidente que la vida de muchas cofradías ha ido mermando con
el paso del tiempo. En no pocos casos, la participación de muchos hermanos se
limita únicamente al día de la procesión, y a veces ni siquiera a eso.
Es cierto que en los últimos años se ha
incrementado en cierta medida la actividad cofrade, aunque esta suele centrarse
casi exclusivamente en el ámbito cultural durante el tiempo de Cuaresma. Sin
embargo, quizá todavía queda pendiente recuperar otros espacios de convivencia
y hermandad a lo largo del año.
En pleno mes de mayo, con la
proliferación de romerías y celebraciones en torno a Pentecostés, y con el
Corpus Christi y las fiestas sacramentales ya cercanas, convendría volver la
mirada hacia esas hermandades y devociones de gloria que tantas veces pasan
desapercibidas.
Muchas de estas pequeñas corporaciones
conviven en un mismo barrio, e incluso en un mismo templo, con grandes
cofradías penitenciales, aunque con una presencia infinitamente más discreta.
Aun así, comparten la misma esencia de hacer comunidad, vivir la fe y mantener
viva una devoción. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchas de ellas han ido
perdiendo fuerza y actividad, hasta el punto de desaparecer por completo en
algunos lugares, llevándose consigo tradiciones que, en mayor o menor medida,
formaban parte de la identidad de barrios y pueblos.
Por ello, quizá sería interesante que
las hermandades más consolidadas ayudaran, de alguna manera, a recuperar o
sostener estas devociones; ya fuera mediante colaboraciones, integraciones o,
sencillamente, apoyando sus cultos y actividades. Por supuesto, la idea no pasa
necesariamente por volver a organizar grandes procesiones ni por reproducir el
modelo de la Semana Santa, sino por algo mucho más sencillo y esencial, el que
los hermanos puedan volver a encontrarse antes de que transcurra un año entero.
Además, no sería algo nuevo. Esto ya
ocurrió en el pasado, cuando muchas cofradías incorporaron o acogieron otras
devociones, enriqueciéndose así en numerosos aspectos. ¿Por qué no volver a
intentarlo hoy?
Recuperar, aunque solo sea en parte, la
misa del santo titular de la parroquia, la procesión sacramental del barrio o
la devoción a aquella imagen mariana venerada durante décadas en la capilla
colindante a la de una hermandad penitencial, puede ofrecer a muchos cofrades
un espacio distinto de encuentro y convivencia más allá de la Cuaresma y la
Semana Santa, al tiempo que contribuye a mantener vivas tradiciones y
devociones que forman parte de nuestras parroquias, barrios y pueblos.



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