Cada año, el lunes después
de Pentecostés, la Iglesia celebra una fiesta relativamente reciente en el
calendario universal: la memoria de la bienaventurada Virgen María, Madre de la
Iglesia. Fue instituida por el papa Francisco en 2018, aunque su origen se
encuentra realmente en el Concilio Vaticano II, cuando san Pablo VI proclamó
solemnemente a María con este título el 21 de noviembre de 1964.
Quizá para muchos cofrades
esta advocación pueda sonar nueva. Sin embargo, en realidad expresa algo
profundamente antiguo y esencial de la fe cristiana: María no es solo la madre
de Jesús, sino también madre de todos los discípulos de Cristo, madre del
pueblo creyente, madre de la Iglesia. Esta verdad aparece maravillosamente
representada en la gran pintura sobre tabla realizada en marzo de 2008 por el
pintor salmantino Luis de Horna para la Casa de la Iglesia de la
Diócesis de Salamanca. Situada a la entrada de la capilla de la residencia, la
obra recibe al visitante como una gran catequesis visual sobre el Pueblo de
Dios reunido bajo el amparo de la que es Madre de la Iglesia.
La imagen impresiona por
la cantidad de símbolos que contiene. En el centro aparece María con los brazos
abiertos y el gran manto extendido acogiendo bajo él a todo el Pueblo de Dios.
Pero lo más importante es que en el corazón mismo de María aparece Cristo.
Porque María nunca se anuncia a sí misma: siempre conduce hacia Jesús. Ella
protege, acompaña y reúne a la Iglesia precisamente porque lleva en su interior
a Cristo vivo. Ahí está el verdadero significado de esta advocación. María es
Madre de la Iglesia porque dio al mundo a Cristo y porque permaneció unida a él
hasta la cruz. El decreto del papa Francisco de 2018 recuerda precisamente que,
al pie de la cruz, Jesús entregó a María como madre al discípulo amado y, en
él, a todos los cristianos. Desde ese momento, María acompaña
maternalmente el nacimiento de la Iglesia.
La pintura de Luis de
Horna recoge perfectamente esta idea. Bajo el manto aparecen obispos,
sacerdotes, religiosos, familias, ancianos, niños y laicos. Está representada
toda la Iglesia con sus distintos carismas y vocaciones. También aparece el
obispo de Salamanca ofreciendo una iglesia, símbolo de la diócesis y de la
comunidad cristiana concreta que María protege y acompaña. Pero la obra va aún
más lejos. María aparece rodeada de estrellas, con la luna bajo sus pies y
envuelta en una atmósfera casi apocalíptica. Es la mujer gloriosa del
Apocalipsis, signo de esperanza para el pueblo creyente. El arco iris habla de
la alianza de Dios con la humanidad; la paloma recuerda al Espíritu Santo; las
manos que emergen de las nubes evocan la presencia providente del Padre; y la
naturaleza florida que rodea toda la escena expresa la fecundidad de la vida
nueva y la nueva creación nacida en Cristo. Todo en esta pintura habla de una
Iglesia viva que peregrina en medio de las dificultades de la historia,
representadas por esa tormenta que se vislumbra en el extremo superior
izquierdo, pero sostenida por la protección materna de María.
Los textos litúrgicos
dedicados a esta advocación explican precisamente cuatro momentos fundamentales
de esa maternidad de María sobre la Iglesia: la Encarnación, cuando al aceptar
la Palabra «preparó el nacimiento de la Iglesia»; la Cruz, donde recibió como
hijos a todos los hombres; Pentecostés, cuando oró junto a los discípulos
esperando el Espíritu Santo; y su Asunción, desde donde «acompaña con amor
materno a la Iglesia peregrina». Por eso el papa Francisco quiso colocar esta
memoria litúrgica justamente después de Pentecostés. Porque no puede entenderse
la Iglesia sin María ni puede entenderse Pentecostés sin aquella mujer que
estaba orando en el Cenáculo junto a los apóstoles.
Además, esta fiesta tiene
mucho que decir al mundo cofrade. Las hermandades viven una profunda
experiencia de maternidad eclesial en torno a María. Bajo las distintas
advocaciones dolorosas y gloriosas, el pueblo cristiano descubre en la Virgen
una presencia cercana que acompaña el sufrimiento humano, sostiene la fe y
conduce hacia Cristo. Sin embargo, esta fiesta recuerda algo muy importante:
María no ocupa el centro, el centro es Cristo. Ella es madre precisamente
porque nos lleva hacia él. Como aparece en la pintura de Luis de Horna, la
Iglesia solo encuentra su unidad y su misión cuando permanece reunida en torno
a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, es decir, en la Eucaristía. En
tiempos de división, cansancio y desorientación, contemplar a María como Madre
de la Iglesia es volver a descubrir que la Iglesia no es únicamente una
estructura o una organización humana, sino el misterio de una familia reunida
por Dios, acompañada maternalmente por María y llamada a caminar hacia Cristo.
Quizá por eso esta
advocación resulta hoy tan actual. Porque la Iglesia necesita volver a aprender
de María a escuchar la Palabra, guardar silencio, orar unida, entregar la vida,
esperar al Espíritu y sostener la esperanza en medio de un mundo herido que avanza
en la historia. Como dicen los textos litúrgicos, María es «Virgen oyente», «Virgen
orante», «Virgen oferente» y «Virgen vigilante». Y precisamente así sigue
caminando hoy la Iglesia: bajo el manto de María, Madre de la Iglesia, y con
Cristo en el centro.




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