La Iglesia, la vida de la
Iglesia, desde sus inicios, ha vivido entre tensiones. Conocidas y
archiestudiadas son, por ejemplo, las disputas cristológicas, iconoclastas, etc.
Una forma directa de superación de estas cuestiones ha sido la tríada de la
Tradición, Magisterio y Escritura.
Si nos fijamos ahora en otros
problemas teológicos de amplio calado, que han tenido mucho recorrido
histórico, como son por ejemplo los dogmas marianos, la máxima lex credendi,
lex orandi, ha supuesto un acicate fundamental para su solución e incluso
para la formulación y fijación de dogmas.
El cuerpo doctrinal, la vida
de fe, la definición de los sacramentos, etc. ha tenido una historia larga
hasta llegar a nosotros, pero muy clara en cuanto a su proceso. Gracias a esto
que hemos referido, hay ciertos principios fundamentales que debemos tener
claros como fieles católicos. Y si no los tenemos claros, hemos de formarnos,
que a nuestro alcance hay medios.
Ahora bien, hay ciertos
elementos en la vida de fe del cristiano que también son más adaptables y que,
en su definición, así queda también claro. Hablamos por ejemplo de los
sacramentales, que, hablando de ellos en el Catecismo de 1992, tiene un párrafo
especial dedicado a la religiosidad popular (nº 1674 CIC). Esta debe ser
cuidada de manera especial por la Iglesia como manifestaciones particulares,
locales. Es decir, que no son ejercicios de arqueología etnográfica, no son
exposiciones museísticas, etc.
Sirva lo dicho hasta aquí para
apuntar una línea de reflexión acerca de nuestros ejercicios de piedad propios
y especialmente significados por diferentes motivos, como son nuestras imágenes
de culto y aquellos actos que nos ayudan a llevar adelante en nuestra vida de
fe.
Si la primavera se abre para
nosotros con el gran e inagotable acontecimiento de los misterios de la Pasión
de Nuestro Señor, y que año tras año los volvemos a recordar porque no se
agotan, sino que son referencia constante de nuestra vida de creyentes, los
demás momentos del año, con la Pasión como referencia, tienen su propia
significación. Y tiene sentido que el momento de la celebración de los
misterios de la Pasión estén concentrados en un solo momento, y que ese momento
recoja de modo particular las manifestaciones, tan sublimes, de piedad popular
como son las procesiones donde públicamente manifestamos nuestra fe, donde se
hace una perfecta catequesis visual.
¿Tiene sentido en otros
momentos? La pregunta es pertinente, la pregunta es grave, y la pregunta es
poliédrica en cuanto a su abordamiento reflexivo, así como a sus respuestas. Es
una pregunta a plantearse necesariamente en diferentes ámbitos. Es una pregunta
de respuesta compleja. Está claro esto, pero ante todo y sobre todo hay un
principio general a tener en cuenta: son estos ejercicios de fe privilegiados
porque están en un marco litúrgico único. Forzar este acto en un tiempo ajeno a
su privilegiado contexto litúrgico, más allá de hacer una manifestación
esteticista, no supone más que un claro riesgo de pérdida de sentido con
respecto a la propia naturaleza de estos sacramentales concretos, así como de
los actos de culto propios de estas imágenes.




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