Como las burras
en la era volviendo al trigo, así vengo yo a incidir en el tema de moda, en ese
asunto que nos tiene subyugadas las conversaciones cofrades más allá de ámbitos
tabernarios, y que, por lo que parece, es conversación de recurrencia, temerosa
en muchos casos, entre juntas de gobierno y otras instancias cofrades. Porque
resulta que lo que no es sino una simple procesión, por más que la apellidemos
«magna», se ha convertido en quebradero de cabeza para más de uno y para más de
una... cofradía.
Pero no vengo
yo a traer de nuevo la ya manida procesión extraordinaria septembrina, ahora que
se acerca escandalosamente el verano y que todo debería comenzar a relajarse.
Quiero hoy hacer hincapié en lo que parece que se da por sabido y que es el
motivo de origen para esta salida extraordinaria de pasos y cofrades, en eso
que reúne a casi media España cofrade –aunque para muchos no pase de visita
turística–, y que no es sino este trigésimo séptimo Encuentro Nacional de
Cofradías que se va a celebrar, por segunda vez, en nuestra ciudad. Y es bien
cierto que, más allá de relajos piscineros, tenemos el evento a la vuelta de
agosto y no se puede, no se debe, dejar la casa sin barrer hasta que casi empecemos
a verle los cuernos al toro.
Las cofradías
se van poniendo las pilas –tras haber aceptado la invitación a dicho Encuentro–
y evalúan sus opciones para actuar lo más dignamente posible con el menor de
los menoscabos posible. Lo que está en sus manos ya se va haciendo poco a poco.
Igualadas, ensayos, colectas, llamamiento a cofrades y devotos... Pareciera que
todo girase en torno a esa procesión y poco más. A esto, todos cuantos me
conocen, saben que me he negado y me niego, porque veo extemporáneos y carentes
de sentido estos acontecimientos procesionales. Pero una vez gastados todos mis
argumentos en contra, siempre desde dentro y en las correspondientes asambleas,
me pongo a disposición de la «autoridad» para lo que sea necesario en aras de
un bien común, de un Encuentro que debiera ir mucho más allá que una simple
procesión y en el que participaré, en este sí, como un cofrade más a pesar de
mi oposición a procesiones otoñales.
Por encima de
cualquier personalismo (léase el mío propio) y más allá de criterios que bien
pudieran ser errados a vista de otros, debe estar la defensa unitaria de los
intereses comunes y del bien general. En este caso, más allá de la
inconveniencia de una procesión que, desde mi ignorancia recalcitrante, poco
tiene de catequética y mucho de exponerse de cara a la galería, lo importante
es que la Semana Santa de Salamanca, más allá de personalismos, como digo,
organiza un Encuentro de Cofradías y los salmantinos estamos obligados
moralmente a intentar que todo salga bien en cuánto nos sea posible. Más allá
de organización y temática alejadas de lo que para algunos de nosotros supone
la religiosidad popular (siempre discutibles... y claramente discutidas) como
motor de estos encuentros, estoy seguro de que los que carecemos de profundidad
de conocimiento algo de provecho obtendremos de charlas y mesas redondas.
Además, deberá
ser un Encuentro que sirva para que los visitantes, conocedores tangenciales en
su mayoría de nuestra Semana Santa, puedan disfrutar de la apacibilidad de
nuestra vivienda por encima de procesiones y ajenos a la enjundia de ponencias
suplidas por la piedra fregadera de unos monumentos que no dejarán de visitar y
la de otras fachadas en cuyos interiores aliviarán su cansancio con unas buenas
tapas. Porque para ellos, para los de fuera, este Encuentro será una magnífica
excusa para disfrutar de Salamanca y para nosotros, los de dentro, un motivo
diferente para hacer cofradía en septiembre, más allá de los tiempos de Pasión
y cuaresma.
Seguro que los
que participemos en el Encuentro Nacional de Cofradías, más allá de haber
criticado en público y privado cuanto hayamos visto de criticable, pasaremos
por hipócritas para más de uno –a los que seguramente no les falte razón–, pero
hay ocasiones en las que la humildad debe vencer a la soberbia y, dejando a un
lado la cerrazón que algunos llaman «principios», uno debe subirse al carro
para no quedarse desde abajo mirando con cara de bobo... o de vinagre, que
sería peor.
Sea esta
actitud nuestro homenaje al santo patrón, San Juan de Sahagún –celebrado festivamente
dentro de un par de días–, recordado como pacificador de bandos y amansador de
bravos. Así que, como homenaje al santo, hagamos por pacificar, por colaborar,
por contribuir y por participar. Y, si acaso, que Lope nos recuerde aquello de
Fuenteovejuna sin necesidad de que muera ningún comendador.




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