12-06-2026
Si hay una
procesión por excelencia, es la del Corpus. Mucho se ha escrito y mucho se
escribirá, yo mismo, en este medio, lo he hecho en múltiples ocasiones.
La solemnidad
del Corpus Christi, en sí misma, encierra multitud de aspectos que tienen como
centro referencial la presencia real y verdadera de Jesucristo en la
Eucaristía. No otra, eso es lo fundamental, Jesús reina y vive, y se mantiene
con nosotros presente en la Eucaristía.
Por eso, por
Él, que nos dijo: «Esto es mi cuerpo», adoramos a Jesucristo
en la Eucaristía, y desde tiempo inmemorial, la iglesia española ha cuidado muy
especialmente esta festividad, no solo en las bellas procesiones, el cuidado de
la liturgia o la belleza de los altares y alfombras florales para manifestar y
dar lo mejor de nosotros en honor al Santísimo, como manifestación de fe que se
refuerza en su presencia real y verdadera. ¡Qué menos!
Pudiera parecer a algunos que es algo rancio y trasnochado,
tradiciones populares de otra época, que no tienen cabida en este tiempo que
vivimos, más moderno, más social, menos litúrgico.
Y en esta decadencia, en mi opinión, resulta que llega el Santo Padre,
y en su homilía de la Solemnidad del Corpus Christi en la plaza de Cibeles y
nos interpela, nos hace un encargo a los cofrades y a los cristianos de nuestro
país: «Que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea
un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también
hoy».
Y hablando de la procesión del Corpus, nos dejó este precioso párrafo:
«Las solemnes procesiones de este día han plasmado durante siglos la
piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo español y,
todavía hoy, expresan y manifiestan el sentimiento espiritual de este país
también a través de la belleza y la elegancia de las alfombras florales, de los
altares en las calles, del cuidado de las custodias y de los expositores, de
los cantos y de los ornamentos. No se trata de una manifestación exterior, de
una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético: aquí se trata de
la fe en la presencia del Señor Resucitado, que está vivo y sigue pasando en
medio de nosotros, que se hace pan para nuestra hambre de vida y visita los
rincones de nuestro corazón y de nuestra historia, también los más oscuros».
Y dicho esto, al terminar la Eucaristía, Pedro, se fajó con la capa pluvial, se puso el costal del paño de hombros y cargando con el Señor, con los ojos puestos en él y nada más que en él, hizo una «chicotá» larguísima, sin descanso, de más de media hora. Todos los que allí estaban, que pudiera parecer que iban a ver al Papa, iban a ver al Señor, en presencia real y verdadera en la Eucaristía, portado por Pedro.
«¡Viva Jesús Sacramentado! ¡Viva y de todos sea amado!»




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