viernes, 12 de junio de 2026

Pedro, costalero del Señor

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Pedro Martín

La mirada de Pedro | Fotografía: CJB

12-06-2026


Si hay una procesión por excelencia, es la del Corpus. Mucho se ha escrito y mucho se escribirá, yo mismo, en este medio, lo he hecho en múltiples ocasiones.

La solemnidad del Corpus Christi, en sí misma, encierra multitud de aspectos que tienen como centro referencial la presencia real y verdadera de Jesucristo en la Eucaristía. No otra, eso es lo fundamental, Jesús reina y vive, y se mantiene con nosotros presente en la Eucaristía.

Por eso, por Él, que nos dijo: «Esto es mi cuerpo», adoramos a Jesucristo en la Eucaristía, y desde tiempo inmemorial, la iglesia española ha cuidado muy especialmente esta festividad, no solo en las bellas procesiones, el cuidado de la liturgia o la belleza de los altares y alfombras florales para manifestar y dar lo mejor de nosotros en honor al Santísimo, como manifestación de fe que se refuerza en su presencia real y verdadera. ¡Qué menos!

Pudiera parecer a algunos que es algo rancio y trasnochado, tradiciones populares de otra época, que no tienen cabida en este tiempo que vivimos, más moderno, más social, menos litúrgico.

Y en esta decadencia, en mi opinión, resulta que llega el Santo Padre, y en su homilía de la Solemnidad del Corpus Christi en la plaza de Cibeles y nos interpela, nos hace un encargo a los cofrades y a los cristianos de nuestro país: «Que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy».

Y hablando de la procesión del Corpus, nos dejó este precioso párrafo: «Las solemnes procesiones de este día han plasmado durante siglos la piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo español y, todavía hoy, expresan y manifiestan el sentimiento espiritual de este país también a través de la belleza y la elegancia de las alfombras florales, de los altares en las calles, del cuidado de las custodias y de los expositores, de los cantos y de los ornamentos. No se trata de una manifestación exterior, de una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético: aquí se trata de la fe en la presencia del Señor Resucitado, que está vivo y sigue pasando en medio de nosotros, que se hace pan para nuestra hambre de vida y visita los rincones de nuestro corazón y de nuestra historia, también los más oscuros».

Y dicho esto, al terminar la Eucaristía, Pedro, se fajó con la capa pluvial, se puso el costal del paño de hombros y cargando con el Señor, con los ojos puestos en él y nada más que en él, hizo una «chicotá» larguísima, sin descanso, de más de media hora. Todos los que allí estaban, que pudiera parecer que iban a ver al Papa, iban a ver al Señor, en presencia real y verdadera en la Eucaristía, portado por Pedro.

«¡Viva Jesús Sacramentado! ¡Viva y de todos sea amado!»


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