Titulando
este artículo me viene a la mente aquel, ya lejano en el tiempo, de quien es
más que un compañero de estas columnas. A ti, Tomás, sabiendo que llevas tu
borla amarilla prendida en el corazón, mi agradecimiento por tu cercanía
permanente. También a Almudena, por darme el empujoncito para compartir
poniendo negro sobre blanco algo que no está, pero estuvo y, por ello, estará
siempre. Esta es la parca historia de una obra de misericordia:
1948,
los sanitarios de Salamanca y la cuarta Palabra.
La
Hermandad del Amparo nace a principios de 1948 cuando, buscando su
participación conjunta en la celebración de la Semana Santa salmantina, los
gremios sanitarios se reúnen bajo la idea de unir a su fe el amparo y consuelo
a los enfermos de su vida cotidiana. Para ello, y siguiendo la organización de
las hermandades y procesiones ya existentes, se agrupan en torno a la cuarta
Palabra, que muestra a un Cristo doliente y sintiéndose desahuciado como los
pacientes que día tras día acuden a ellos. Así llegan al Santo Cristo de la
Zarza, del viejo templo de Santo Tomé y al que llamarán «del Amparo» estos
médicos. farmacéuticos, practicantes y enfermeras.
1949,
el Amparo de Cristo llega a los enfermos.
Es
Miércoles Santo, 13 de abril de 1949, los sanitarios han organizado su
procesión, este año sí, después de la falta de tiempo de la anterior Cuaresma,
con esos hábitos que les representan: las batas blancas de médico se han
convertido en túnicas y el emblema que los farmacéuticos tienen en sus
establecimientos sirve también como escudo sobre el pecho de cada hermano. Las damas
enfermeras, a su vez, adoptan como atuendo el traje de luto con mantilla, lo
que se acabará convirtiendo en una seña reconocible que se destacará en
estudios sobre indumentaria tradicional.
Han
decidido que ese día, como el resto de sus vidas, han de compartirlo con los
privados de salud, y llevarán a «su Cristo» a hombros hasta quienes reposan sus
dolencias en los hospitales. Empieza a caer la tarde, y hacia ellos se ponen en
camino, todos tras la cruz verde que han cosido a un enorme paño inmaculado,
esa cruz que llaman de San Lázaro, el patrón de los enfermos.
1949-1964,
quince años sin grandes cambios.
Así,
cada Miércoles Santo, sin falta, las tornas cambiaban por un día y eran estos
piadosos sanitarios quienes acudían al Hospital a ver a sus pacientes. Primero
en el Hospital General de la Santísima Trinidad y a continuación en el Hospital
Provincial, los enfermos allí ingresados salían a las puertas, y aquellos a los
que su enfermedad no se lo permitía se asomaban a las ventanas de sus
habitaciones para recibir al Crucificado que desde las andas alzaba la mirada a
ellos como muestra de su consuelo.
Compartiendo
mesa y oración.
Una
vez ante los hospitales, los hermanos invitaban a enfermos y devotos a unirse a
ellos en oración en un acto que, a juicio de quienes lo recordaban años
después, «era sobrecogedor y calaba en el corazón cuando la tarde se oscurecía
entre los puntos luminosos de las velas. De las ventanas salían muchas voces,
que eran una sola cuando el rezo llegaba al centro de los hermanos, donde el
Cristo descansaba en el suelo». Tras este momento de oración, los allí
presentes compartían una pequeña merienda. Tan sencilla como unas pastas y un
vaso de agua o vino, que servía de agradecimiento y de unión antes de seguir el
penitente recorrido hacia la Iglesia y hacia la noche.
1965,
tiempos difíciles.
Siendo
una hermandad en la que se hacía poco, pues ya cada uno en su vida diaria
cumplía la función que el Miércoles Santo reflejaba, las cosas habían
funcionado por la sencillez de organización y por la facilidad que otorgaba el
ambiente del nacional-catolicismo a este tipo de actos. Con los cambios
sociales de los años sesenta, la hermandad, que siempre había pasado muy de
puntillas más allá de su acto en Semana Santa, perdió su fuerza inicial y el
empuje que le había dado ser la novedad quince años atrás. Ante esto, surgió la
mano tendida de don Agustín Farizo, quien se encargó de sacar adelante la hermandad
buscando apoyos institucionales. Así, a mediados de los sesenta, empezó a
colaborar en la procesión el Cuerpo Sanitario del Ejército y se abrieron las
filas a devotos y familiares de los hermanos, además de a otros grupos activos
en la parroquia, como la Acción Católica o un grupo de piadosos ganaderos que
venía reuniéndose en ella, lo que permitió a la hermandad mantener la dignidad
en su cortejo.
Desde
1969 hasta hoy, una situación insostenible.
A
pesar del nuevo empuje, la sociedad y la dudosa interpretación del Concilio
Vaticano II dieron la espalda a esa hermandad que había promovido en la calle y
en la vida la piadosa, justa y necesaria obra de misericordia de visitar y
asistir a los enfermos. Llegado el Miércoles Santo de 1969, la previsión de
asistencia a la procesión y de sobriedad en el desfile no alcanzaba los mínimos
deseados, por lo que, reunidos los principales valedores de la hermandad,
decidieron suspender la procesión de ese año, dejando la actividad aletargada
con la esperanza de poder recuperarla al año siguiente. Aunque no se consiguió,
la hermandad se ha mantenido el último medio siglo en estado de «no extinción»,
realizando pequeños actos que, teniendo gran acogida, demuestran la devoción
que el Cristo del Amparo despierta entre los feligreses de El Carmen, pese a la
constante tensión con los actuales gestores de la parroquia.
Resumir
dos décadas (sin contar las cinco posteriores con sus pocas luces y sus muchas
sombras) en una lectura de apenas dos minutos es dejarse mucho, pero espero que
este superficial esbozo sirva para que, quien no conociera más que los dimes y
diretes surgidos, sobre todo, en los últimos quince años, se asome a esa
escondida puerta por la que yo entré allá por 2004, y que me ha dado tanto como
para querer servir siempre a Dios como él disponga, siguiendo mis propias ideas
y tiempos... o no.




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