lunes, 15 de junio de 2026

La lección de Vitoria

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Paco Gómez

Fotografía: Raquel J. Santos / USAL

15-06-2026

En un debate largo como la vida, y bastante estéril, se sigue discutiendo cuál es la esencia de la Semana Santa de Salamanca, ahora que han enraizado formas y maneras surgidas en otras latitudes que han encontrado aquí un, quizá inesperado, ecosistema para vivir y desarrollarse. Nunca se había llevado el paso de tal o cual forma, nunca se habían hecho así los hábitos, nunca el jefe de paso había sido capataz y todas las otras cosas que ya ustedes se saben de memoria.

A mí me aburren soberanamente los debates identitarios, los cofrades y los otros, así que nunca he parado demasiado en este tipo de disquisiciones, destacando que tal vez la mezcla de estilos, como espejo de una Salamanca que no ha sido otra cosa a lo largo de los siglos que cruce de caminos, pueda ser un pilar de esa identidad.

Pensaba en ello el otro día cuando asistía a una procesión verdaderamente histórica por las calles de la ciudad. Más de doscientos doctores revestidos partían solemnemente de Escuelas Mayores para rendir tributo en San Esteban a Francisco de Vitoria en la antesala de su investidura a título póstumo como doctor Honoris Causa por la universidad desde cuyas aulas sus ideas empezaron a cambiar el mundo.

La Semana Santa de Salamanca nunca pudo ser universitaria. Desde el siglo XVI hay constancia de desacuerdos entre la Vera Cruz y distintas órdenes, agustinos y dominicos principalmente, por la organización de procesiones con la comunidad académica como protagonista.

Según las crónicas, los estudiantes se fueron encauzando en procesiones de disciplina, cuya participación fue a menudo problemática, mientras que, con el tiempo, la Universidad se refugió en una Semana Santa propia, lleno de solemnidades y ritos cargados de significación, pero de puertas para adentro.

Se pidió a la Vera Cruz que pasara con sus procesiones por el claustro universitario y con el correr del tiempo esta tradición ha ido teniendo sus altibajos, aunque más o menos ha llegado hasta hoy fosilizada en la recuperada entrada del Santo Sepulcro en la capilla de San Jerónimo.

Así las cosas, se ha ido desarrollando una Semana Santa con universitarios repartidos aquí y allá, pero no una Semana Santa de universitarios. Ni siquiera la fundación a mediados del siglo pasado de la Hermandad Universitaria puede considerarse un cambio sustancial en esta tendencia, ya que sus características de recogimiento y sobriedad hacen que, aunque hoy goce de un buen momento, no pase de ser una pequeña participación en el conjunto de la Semana.

Cuesta pensar que a lo largo de los siglos y especialmente en este momento en el que el mundo cofrade vive, en general, un momento de expansión, no se haya sido capaz de conectar con el amplio mundo académico, al que sería maravilloso convencer de que tiene una puerta de entrada a la Semana Santa, aunque fuera solo por sus cuatro o cinco años como estudiante.

Y qué decir de los profesores. Si en lugar de una digna pero reducida representación de doctores se lograra en una procesión sacar varios cientos de revestidos con el traje académico, la Semana Santa de Salamanca quizá encontrara otra dimensión que hasta ahora no digo que no exista, pero quizá nunca se ha explorado con la profundidad que podría.

Desde luego, el Honoris de Vitoria fue, sin duda, toda una lección.


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