En
un debate largo como la vida, y bastante estéril, se sigue discutiendo cuál es
la esencia de la Semana Santa de Salamanca, ahora que han enraizado formas y
maneras surgidas en otras latitudes que han encontrado aquí un, quizá
inesperado, ecosistema para vivir y desarrollarse. Nunca se había llevado el
paso de tal o cual forma, nunca se habían hecho así los hábitos, nunca el jefe
de paso había sido capataz y todas las otras cosas que ya ustedes se saben de
memoria.
A
mí me aburren soberanamente los debates identitarios, los cofrades y los otros,
así que nunca he parado demasiado en este tipo de disquisiciones, destacando
que tal vez la mezcla de estilos, como espejo de una Salamanca que no ha sido
otra cosa a lo largo de los siglos que cruce de caminos, pueda ser un pilar de
esa identidad.
Pensaba
en ello el otro día cuando asistía a una procesión verdaderamente histórica por
las calles de la ciudad. Más de doscientos doctores revestidos partían
solemnemente de Escuelas Mayores para rendir tributo en San Esteban a Francisco
de Vitoria en la antesala de su investidura a título póstumo como doctor
Honoris Causa por la universidad desde cuyas aulas sus ideas empezaron a
cambiar el mundo.
La
Semana Santa de Salamanca nunca pudo ser universitaria. Desde el siglo XVI hay
constancia de desacuerdos entre la Vera Cruz y distintas órdenes, agustinos y
dominicos principalmente, por la organización de procesiones con la comunidad
académica como protagonista.
Según
las crónicas, los estudiantes se fueron encauzando en procesiones de
disciplina, cuya participación fue a menudo problemática, mientras que, con el
tiempo, la Universidad se refugió en una Semana Santa propia, lleno de
solemnidades y ritos cargados de significación, pero de puertas para adentro.
Se
pidió a la Vera Cruz que pasara con sus procesiones por el claustro
universitario y con el correr del tiempo esta tradición ha ido teniendo sus
altibajos, aunque más o menos ha llegado hasta hoy fosilizada en la recuperada
entrada del Santo Sepulcro en la capilla de San Jerónimo.
Así
las cosas, se ha ido desarrollando una Semana Santa con universitarios
repartidos aquí y allá, pero no una Semana Santa de universitarios. Ni siquiera
la fundación a mediados del siglo pasado de la Hermandad Universitaria puede
considerarse un cambio sustancial en esta tendencia, ya que sus características
de recogimiento y sobriedad hacen que, aunque hoy goce de un buen momento, no
pase de ser una pequeña participación en el conjunto de la Semana.
Cuesta
pensar que a lo largo de los siglos y especialmente en este momento en el que
el mundo cofrade vive, en general, un momento de expansión, no se haya sido
capaz de conectar con el amplio mundo académico, al que sería maravilloso
convencer de que tiene una puerta de entrada a la Semana Santa, aunque fuera
solo por sus cuatro o cinco años como estudiante.
Y
qué decir de los profesores. Si en lugar de una digna pero reducida
representación de doctores se lograra en una procesión sacar varios cientos de
revestidos con el traje académico, la Semana Santa de Salamanca quizá
encontrara otra dimensión que hasta ahora no digo que no exista, pero quizá
nunca se ha explorado con la profundidad que podría.
Desde
luego, el Honoris de Vitoria fue, sin duda, toda una lección.




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